Las madres de Venezuela, sin importar el nivel socioeconómico, la religión o las preferencias políticas vivimos con el corazón arrugado cada vez que nuestros hijos salen de la casa. Y es que la violencia que estamos viviendo no tiene color político, raza, o religión, nos acecha a todas por igual. En La Vega o en El Cafetal en este instante hay una madre que llora a su niño muerto, un niño de 50 años o de dos.
Pedir por condiciones de seguridad no es una postura oposicionista, no es politizar el temor ni el dolor, es pedir respeto por nuestro Derecho Humano a la vida, es abogar por los principios mínimos de subsistencia en un país donde la vida no vale nada, donde pareciera no importarle a nadie los hijos de las madres venezolanas.
Esta violencia que nos ahoga esta en los hospitales cuando una madre acude con su hijo y se le va en sus brazos porque no hay insumos, cuando una madre ve a su hijo masacrado por un chuzo en la cárcel, cuando ve a su hijo fallecer en un accidente de tránsito por unas carreteras en mal estado, y peor aún cuando lo ve morir dormido por una bala fría. Los gritos de las madres son un murmullo en el país, un murmullo que esta creciendo diciendo: Basta! Basta!!.
Por eso la protesta sostenida de nuestros jóvenes en las últimas semanas, yo la asumo como un gesto de solidaridad, nos están acompañando en nuestros temores, en nuestras angustias, protestar por la vida es defendernos de ese dolor, de la pena de un hijo muerto porque otro lo decidió.
Hoy son los muchachos los que protestan, mañana debemos ser nosotras las madres y pasado mañana ellos y nosotras, porque esta pelea por la vida no se acaba sino hasta que hayamos logrado erradicar la violencia gratuita que nos esta mermando, nos esta minimizando nuestros afectos, nuestros amores, nuestra razón de vivir y de levantarnos cada mañana: Nuestros hijos.
No lo vamos a permitir, las madres venezolanas volvemos a gritar: Con mis hijos no te metas…..