La figura constitucional de los Consejos de Planificación Pública donde el venezolano común tiene la potestad de intervenir directamente en el ordenamiento de su vida colectiva, es el aspecto más justipreciado de todas las gestiones por transformar un antiguo sistema de representación desgastado y caduco por un enfoque moderno de la corresponsabilidad compartida.
Las mujeres han visto en ellos la oportunidad de salir de su invisibilidad para convertirse en actrices estratégicas de los nuevos cambios. Atrás quedó la hegemonía gubernamental de decidir “aislado” lo que es bueno para la comunidad. La esperanza de acabar con la autocracia municipal cuando de manera inconsulta se decide reconstruir por enésima vez la plaza en lugar de las escalinatas por donde bajan las madres con los cinco muchachos al hombro es lo efectivamente revolucionario. Esa es la expectativa que le ha dado empuje a miles de mujeres sobre todo en los sectores populares para salirle al encuentro y apoyar la nueva consigna de la democracia participativa.
Esas esferas participativas han sido conquistadas por legítimas líderes locales desde hace dos años y pico, quienes con mucho esfuerzo diseñan sus propuestas y proyectos, para luego, con realzada dignidad y protagonismo proponerlas en un plenario municipal.
No emociona a las masas femeninas, los billones a repartir en 50.000 comunidades, pues se reparte dinero pero no se comparte poder, es la ilusión de planificar en un binomio alcaldía y pueblo de una manera conjunta y ordenada su bienestar social, su futuro, programar la solución de sus necesidades, consolidar la autentica inclusión social lo que las moviliza cerro arriba
La nueva Ley Especial de los Consejos Comunales no encenderá los debilitados fueros revolucionarios, por el contrario, este cambio de la norma trae consigo la misma percepción cuartarepublicana: unos vivos arremolinados donde hay real pero bien lejanos del desarrollo, el progreso y la prosperidad de las comunidades.
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