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Romper el silencio
Magaldy Téllez* - El Nacional - Venezuela

Jueves, 15 de mayo de 2008

H ay que plantearse sin miedo que no cabe esperar de la universidad construida sobre una gran mentira consensuada y como una gran mentira, parafraseando a Nietzsche, sino la permanente innovación de los dispositivos que hacen posible su permanencia como una muralla donde se detiene el fluir de los acontecimientos.

Esto podría tener validez para cualquier universidad en cualquier país, pero, sin duda, la tiene en el caso de la universidad venezolana en la actualidad.

Quizás esta a f irmación suene demasiado lapidaria, pero sin valoraciones de este tono no seremos capaces de imaginar la radicalidad de los cambios que se reclaman de nuestras universidades.

Entre otras razones, porque en ellas ha venido cobrando cuerpo un tejido de condiciones culturales en el cual los "no-lugares", como advierte Marc Augé, se han tornado "medida de la época". No lugares o espacios sin diálogo ni memoria, sin discurso que los sostenga, sin lenguaje que los distinga, sin la pregunta “¿con vistas a qué?”, en el que muchos ruidos nos dicen de su enorme e infecunda quietud.

Porque la radicalidad de los cambios que han de conmover la universidad como espacio de poder-saber, es inseparable de formas de pensar, decir, hacer y sentir que agrieten esa enorme quietud.

Porque la complejidad de los problemas y de los retos que se imponen ya no admiten las grandes seguridades de otros tiempos y plantean el gesto vital de romper los silencios de la universidad sobre sí misma situándose en los cambios sociales, políticos, culturales y epistemológicos que la dislocan y descolocan. Porque una de las condiciones fundamentales para reinventar la universidad es la de su autocrítica comprendiendo el complejo escenario de transformaciones que redefinen el suyo conjugando el adentro y el afuera.

Porque mientras las transformaciones acontecen, nuestras universidades tradicionales siguen empeñadas en perpetuarse a sí mismas, perpetuando el racionalismo –su lógica de sentido– en sus prácticas de investigación y enseñanza, en su estructura organizacional, en su organización curricular disciplinaria y profesionalizante, en la toma de todas sus decisiones.

Una lógica que fabrica una especie de ceguera: la de aquellos “animales escleroftálmicos” de los que habla Derrida, “de ojos duros y de mirada seca”.

Lo que, a mi juicio, torna vital la ruptura de dicha lóg ica porque el la se torna en una eficaz arma cont ra el pensamiento mismo, especia lmente hoy cuando la universidad se ha convertido en una máquina sedentaria y de sedentarización intelectual ajena a los acontecimientos que estremecen al mundo en la actualidad; al tipo de pensamiento que da qué pensar, const ructora de ceguera e indiferencia hacia lo que acontece en las bases populares; y, sobre todo, de negación y desprecio hacia los ciudadanos excluidos que han devenido sujetos pol í t icos porque han aparecido en el espacio público introduciendo el l it igio fundamental por el que hay política y hay democracia en un país: el litigio por la parte y la voz de los sin parte y sin voz.

Tal vez, sea éste el fondo de una paradoja: las universidades autónomas que luchaban por la democratización del acceso a los estudios a nivel superior, hoy se resisten a poner en práctica mecanismos que propicien esta democratización puertas adentro, aunque sabemos que la democratización de la universidad va más allá del acceso a ella.

Y, quizás, también el fondo de una práct ica nefasta que viene predominando sin cuest ionamiento en buena parte de los mismos universitarios: en la elección de autoridades la credencial de mayor peso que juega en su decisión de voto al f inal, frente a las urnas de votación, ha pasado a ser el “ant ichavismo” de candidatos o candidatas: ¿un botón de muestra de la derechización de la otrora universidad combativa que tuvimos en el pasado en Venezuela?

*Alcaldía Mayor

rlanz@cipost.org.ve

 
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