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TransiciologíaColette Capriles - El Nacional - VenezuelaJueves, 4 de marzo de 2010
A sí como los matemáticos usan el método de reductio ad absurdum , mediante el cual prueban una proposición mostrando que su negación lleva a resultados inadmisibles, es bastante frecuente, en política, oír argumentaciones "contrafácticas" , como se suelen llamar, que desarrollan el estado de cosas que habría en el presente si un evento previo no hubiera ocurrido. No me refiero a "cientistas políticos" (con perdón de la expresión) sino a la gente común, con su sentido práctico normal. Por ejemplo, los 11 millones de cubanos deben pensar, cada vez que tropiezan con su libreta de racionamiento en el bolsillo, qué es lo que tendrían allí, en dicho bolsillo, si Hugo Chávez no hubiera ganado las elecciones en 1998. Las largas colas, los interminables periodos de inmóvil espera, son como dispositivos evocadores de la imaginación y seguramente permiten escribir mentalmente la historia paralela. Hay quienes se dedican profesionalmente a eso, a examinar cómo y por qué cambian los regímenes políticos. O por qué permanecen congelados como mamuts. Hacen "transiciologí a", como leí en estos días, aunque el término en realidad se aplica restringidamente a quienes se han empeñado en comprender las vicisitudes de los países que han mutado de un régimen autoritario a una democracia. En las discusiones ocupa un lugar muy importante la constatación de que transitar hacia la democracia no significa en absoluto vivir en democracia, puesto que muchos de los regímenes que provienen de la antigua órbita soviética o de autocracias desvergonzadas forman parte de lo que algunos llaman "regímenes híbridos", democracias defectuosas, autocracias electorales, etc. No alcanzan a conformar una democracia plena, puesto que la sola puesta en escena de las reglas electorales no satisface el criterio correspondiente. Las discusiones acerca de cuáles son los criterios para identificar una democracia íntegra, por así decirlo, giran alrededor de cómo estimar el componente liberal sin el cual es inconcebible la democracia moderna. Sin esa dimensión, precisamente, el juego electoral se convierte en un instrumento para la concentración del poder. Para 2006, The Economist Intelligence Unit, con su índice de democratizació n, estimaba que 50,3% de los 167 países considerados tenían regímenes "híbridos". En otras palabras, la mayoría del mundo padece gobiernos que dicen ser democráticos sin serlo. A muchos de ellos, es verdad, se les puede conceder que dicen ser democráticos sin serlo aún. Pero la experiencia venezolana es como una pesadilla contrafáctica, porque es una transición desde la democracia hacia la autocracia, y pone de manifiesto que el planeta corre el riesgo de ver reproducirse las democracias fallidas como un modelo dominante. Justamente, el vocabulario está cambiando y hay quienes insisten en que el antiguo beneficio de la duda que calificaba estos regímenes híbridos como democracias imperfectas sea reemplazado por una descripción menos benevolente, llamándolos como lo que son: autocracias competitivas o electorales, no democracias, cuya capacidad para intervenir en las condiciones de realización de los procesos electorales les permite disminuir los riesgos de ser reemplazados por la oposición. El criterio de una democracia mínima está siendo reemplazado por otros más complejos y más exigentes, por así decirlo. Y esto está afectando la cualificación del Gobierno venezolano: no sólo se percibe que está dispuesto a recorrer las rutas más tenebrosas del pasado totalitario, sino que los gobiernos y organizaciones internacionales tienen baremos más realistas y mejor definidos para evaluarlo y definir sus políticas hacia aquel. Pero esto ocurre en la medida en que se ha vuelto a introducir en la discusión académica la dimensión profunda de la democracia como un orden de cosas que quiere realizar los valores modernos: libertad, justicia, igualdad. Pero después del periodo de relativa desideologizació n que siguió a la disolución de la Unión Soviética, lo que se perfila en el siglo XXI es una logomaquia planetaria, una vuelta a la disputa por concepciones del mundo, muy diferente a las dicotomías ideológicas de la Guerra Fría. Las convicciones religiosas y la multiplicidad de ethos aparecen como los lugares de la identidad y de asentamiento de esos valores modernos, transformándolos a su vez, erosionándolos o remodelándolos, y dejando incertidumbre. Y por ello mismo, las reacciones antimodernas se han hecho más poderosas, ya sea por la vía del fundamentalismo religioso, el resurgimiento de exclusivismos étnicos o culturales, o la resucitación forzosa, por trasvase de petróleo, del marxismo-leninismo. colettecapriles@ hotmail.com |
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