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Morir en la Cota Mil Lolita Vera - Tal Cual - Venezuela Lunes, 21 de abril de 2008
P ara el momento en que escribo este artículo, Juancho se debate entre
la vida y la muerte tras la que pudiera ser la última puerta que haya
cruzado en este mundo. Me decido a contar su caso, sin la autorización
de su familia que todavía confía si no en la salvación de Juancho, en
la actitud vindicadora de alguna autoridad competente que un día cruce
la puerta de esa clínica y les diga: "Aquí estoy yo, para hacerme
cargo de mis errores; cuenten conmigo". Estoy segura de que a quienes
quieren a un ser que está a punto de irse de esa manera, poco le
sirven gestos que no provengan del respirador y el monitor cardíaco;
pero sé que a la familia de Juancho le vendría bien que los
responsables de tan abrupta partida se hicieran cargo.
Si narro esta historia, aun recurriendo al artilugio de un nombre ficticio, es porque el caso de Juancho podría pasarle a cualquiera en Caracas. Es tan patéticamente inusitado, como potencialmente repetible. El domingo 13 de abril, a eso de las 6 de la tarde, Juancho y su esposa, a bordo de un neón, subían a la Cota Mil por La Castellana. Viven en San Bernardino, y por lo tanto, la placidez que suele ofrecer esa ruta con el tránsito despejado del fin de semana, la convertía en la vía perfecta a esa hora de la tarde. Todo absolutamente normal a bordo del vehículo. Cuando de pronto, al tomar el acceso en el sentido en el que iban, una barra de hierro inmensamente grande y rojiza se les vino encima, sin tiempo para otra maniobra que no fuera la instintiva reacción de agacharse para esquivar el golpe. Vano intento en el caso de Juancho, pese a haberse desplazado como pudo hasta el puesto del copiloto, donde su esposa, sólo atinaba a gritar y abrirle paso al hombre de su vida. En la mañana, como todos los domingos, la Cota Mil había estado abierta a los trotadores y alguien había dejado sin amarras la barra que cierra el tránsito vehicular cada semana por esa subida. Una guillotina de desidia que destruyó el carro y la vida de Juancho en La Castellana. No sé qué consuelo puede encontrar uno en semejante circunstancia, pero los amigos de la familia hemos ido de acceso en acceso y de barra en barra por la Cota Mil, verificando remaches. Ahora sabemos, a ciencia cierta, que las barras de casi todos los accesos de la vía suelen ser "aseguradas" con frágiles cintas plásticas del tipo CSI. Una referencia que llega hasta allí porque lo patético de esta semana ha sido, precisamente, la ausencia de investigación responsable. Pero como les he dicho, los parientes de Juancho no quieren ser presa de la rapiña política que los lleve a pantalla a decir lo innegable. Por eso esperaron tres días por la autoridad responsable y, sólo cuando la gravedad de Juancho se comió el seguro, se decidieron a ir a la Alcaldía del caso. Todavía confían en la iniciativa de ese alcalde. lolitavera@gmail. com |
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