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Los "canjeables" Beatriz De Majo - El Nacional - Venezuela Martes, 22 de abril de 2008
A quienes observamos con atención el fenómeno colombiano, nos ha llenado
siempre de estupor que dentro del universo de secuestrados que existen bajo
el cielo del país vecino –700, 2.000 o más de 3.000, ya que las cifras
cambian de acuerdo con el informante– haya algo menos de 50 que se
consideran "canjeables" por guerrilleros presos.
Hasta ahora no he conseguido explicación alguna que sea razonable acerca de esta horrorosa clasificación que hace que la libertad de unos sea mejor producto que un trueque criminal, que la de otros. Pero el examen de las características de los beneficiados con esta política calificada de "humanitaria" nos deja entrever algo acerca de la inspiración que pudo haber tenido quien tuvo por oficio el poner de un lado de la talanquera a los que tendrían el derecho de caminar de nuevo en las calles, y poner del otro a los que debían seguir a merced de la tortura guerrillera. Se trata de políticos o de militares. Todas personas de bien, sin duda, pero con nombres reconocibles y con un historial apetecible a la hora de una reseña de prensa que dé cuenta de su liberación De hecho, nos resulta fácil de recordar al público observador el nombre de Ingrid Betancourt, nos parece lamentable que haya 3 americanos secuestrados y que los otros casi 40 que restan hayan ocupado alguna posición en las Fuerzas Armadas o en la vida política colombiana. No es difícil imaginar, tampoco, las razones por los que a los "canjeables" se les ha dotado de esa condición de moneda de intercambio para el lado agresivo de la ecuación, que es el guerrillero. Pero resulta inconcebible que cualquier gobierno se encuentre inclinado, compelido o amenazado, si se quiere, de forma tal que sea capaz de considerar como justo el cruel intercambio que supone la excarcelación de criminales contra apenas una fracción de los retenidos por la guerrilla. Pero es que el anonimato es la condición que caracteriza a los restantes. No podemos admitir que en la cabeza o en el corazón de alguien sensato se pueda hacer distinción entre el dolor de una madre y otra, una esposa o un hijo y otro, en función de la notoriedad del familiar secuestrado. Ni me puedo imaginar en atención a cuál consideración el derecho a la libertad que se les cercena a los retenidos, se escriba con mayúsculas en unos casos y en otros no. No sé ni siquiera a quién cargar con la culpa de una barbarie tan colosal. Pero lo que sí sé es que hay injusticias que, una vez que el público consigue digerirlas, dejan de tener esa condición de inaceptabilidad, de aberración, de monstruosidad que las caracteriza. Por eso es que hay "canjeables" y otros "no tan canjeables". Bdemajo@cantv.net |
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