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Los testigos ocultos de Inés Quintero
Carmen Victoria Méndez - TalCual - Venezuela

Sábado, 29 de marzo de 2008

Para Inés Quintero, la historia no sólo la escriben los vencedores sino la gente común y corriente. Ese fue su punto de partida cuando comenzó a trabajar en el manuscrito de La palabra ignorada, un libro que devela el papel de testigos ocultos que tuvieron las mujeres en los procesos históricos el país durante los siglos XVIII y XIX.

La obra fue presentada ayer en la Casa de Estudio de la Historia "Lorenzo A. Mendoza Quintero", con el favor de la Fundación Polar. Durante el acto, la autora explicó y reconstruyó la vida de cuatro mujeres de distintas clases sociales que vienen a representar un igual número de períodos históricos.

Así, el grupo principal de los personajes de la primera parte del libro lo forman las esclavas que en el siglo XVIII compraban su libertad y una parda libre que llevó a su marido a tribunales porque la maltrataba físicamente. Los dos últimos capítulos abordan la historia de Dominga Ortiz, la esposa legítima de José Antonio Páez y de Ana Teresa Ibarra, la mujer de Antonio Guzmán Blanco.

Quintero pasó dos años "literalmente enterrada" entre expedientes, peticiones, exigencias, reclamos y otro tipo de documentos que las mujeres de la época tramitaron ante las autoridades. Ya ha terminado de recoger los rezagos de la investigación que quedan en su apartamento, y se apresta a conversar –cómoda, en su sofá– sobre los valiosos testimonios femeninos que pasaron casi tres siglos archivados en distintos centros de documentación, sin que nadie reparara en lo mucho que tenían que decir.

–Su libro tiene esclavas, esposas maltratadas y primeras damas, ¿no faltará alguna barragana? –Bueno, el tema no es la condición de esposa o barragana de una mujer, sino la manera en que se relaciona con el poder. Parto de la idea de que la relación de la mujer con la historia no pasa por el hombre sino por ella misma. Uno puede ver a sus hombres desde ellas y no al revés. Así, en la! primera parte del libro abordo el tema de la esclavitud desde el punto de vista de las propias mujeres esclavas, que a su vez tenían el rol de reproductoras de esclavos. Luego me meto con la violencia doméstica con el caso de la parda; y termino con las esposas de Páez y Guzmán Blanco, mujeres que jugaron un rol político y que tenían privilegios.

–¿Qué aportaban las esposas de los líderes de la independencia y los presidentes a la vida pública? –Ana Teresa Ibarra era una mujer que entendía el momento político que le tocó vivir, el guzmancismo, mejor que nadie. Y era consejera e informante de su marido, pero también le escribía una cartas acidísimas en las que le reclamaba sus infidelidades, dejando de lado que se trataba del hombre que mató a Matías Salazar. Lo mismo la mujer de Páez, que tenía que lidiar con los enemigos políticos de El Centauro aunque éste ya la hubiera abandonado. Fue una mujer que tuvo que hacerle frente al día a día y a la crianza de sus hijos sola, lo que derrumba el mito de que durante la Colonia y la Independencia las mujeres eran adornos.

–¿La historiografía venezolana ha pecado de machista? –El problema de la historiografía no es el machismo, sino su concepción, método y orientación. El tema de la historia de la mujer se empieza a atender en la segunda mitad del siglo XX, a nivel mundial. Creo que ahora podemos darnos el lujo de meternos con temas ajenos al poder y a lo político –que dominaban a las escuelas tradicionales– porque hay un ejercicio profesional de la historia, que amplía las miradas sobre el pasado.

–¿Está de moda abordar los procesos históricos desde lo biográfico, cotidiano, testimonial? –No es cuestión de moda. Estoy empeñada en que la historia recupere su condición narrativa. La gente que ha leído mi obra anterior (como La criolla principal que tiene 10 mil ejemplares vendidos) agradece la dimensión humana de este trabajo, así como el hecho de poder acerca! rse a pr ocesos tan importantes sin saturarse de batallas, fechas patrias y muertos.

–Pero el ejercicio narrativo puede ser peligroso a la hora de tratar el tema histórico –Trato de construir relatos con un fundamento absolutamente documental. Nada de lo que dicen estas mujeres es inventado por mí.

–Para contar hay que meterse en la piel de los personajes, ¿lo logró? –Eso es verdad, pero uno no puede meterse mucho en el pellejo de los personajes históricos porque termina siendo parte de ellos, y así no se puede estudiar la historia.Tengo un doble juego con estas mujeres, que va de la sinergia a la distancia. Si me involucraba demasiado iba a terminar compadeciéndolas o identificándome, y escribiendo un texto reivindicativo. Eso está en otro orden. Yo siento una enorme afinidad por la historia de estas mujeres, así como compromiso, respeto y entusiasmo por poder hacer esta investigación, pero no me podía volver loca porque el libro hubiera perdido el sentido original.

–¿Cuál es ese sentido original? –La idea es que cualquier lector pueda acercarse a la vida de ellas de la manera en que yo lo hice, y saque sus propias conclusiones. No quise hacer un juicio de valor sobre sus vidas ni sobre su momento histórico.

–¿Por qué le interesan tanto las mujeres? –Porque estaban ahí y nadie las había descubierto. Quise usar sus vivencias para entender no solo a la mujer sino a la sociedad venezolana. Hay temas como la esclavitud, la violencia domestica, la vida en pareja, que no atañen exclusivamente a un género sino a toda una sociedad porque la reflejan y la comprometen en sus fundamentos.

–Pero muchas mujeres que han escrito sobre otras han terminado estigmatizadas –Siempre corres en riesgo de que te digan que es un género secundario o que es tu trabajo es ideológico y feminista. Pero me pareció que si respetaba los hechos que marcaron la vida de estas mu! jeres, s in imponer anacrónicamente significados ni contenidos, el resultado sería bueno. Si yo hubiera pintado a María Antonia Bolívar como una feminista, La criolla principal no hubiera tenido éxito. La clave es que la gente sienta que la obra es genuina.

 
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