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Damas de poder

Carolina Mantegari - Editora del AsísCultural - Argentina

Lunes, 1 de junio de 2009

Las damas del poder distan -para Consultora Oximoron- de necesitar la cláusula del cupo para que se las reconozca. Se imponen en las veredas respectivas. La pregonada “cuestión de género”, pierde -en tanto pretexto- la legitimidad.

En la vereda oficial, la Presidente, señora Cristina Fernández. A pesar de la marcada acotación conyugal, del límite apreciablemente público, La Elegida ostenta los atributos de una fuerte personalidad que la torna distante. Con la altivez que irrita, espanta o encanta.

Nunca, a través del género, genera indiferencia.

En la vereda de la contestación, es otra dama la que contiene la expresividad más contundente. Encarnada por la arquitectura intelectual de la señora Carrió.

La Lideresa -Carrió- convive con crecientes dificultades para destacarse en la triste campaña de referencia. Porque vive -La Lideresa- en permanente estado de campaña electoral. Modelo diseñado para Dick Morris. Por acumulación, las presentaciones televisivas, cotidianamente estelares, a Carrió le disminuye la posibilidad potencial del impacto. Especialmente porque ya no está “sola en la causa contra el kirchnerismo”. Debe compartir el escenario ante el sensible electorado de la capital, superpoblado de adictos al consumo político que conocen de memoria hasta sus pausas. O las vacilaciones de la mirada errante que busca tácitas aprobaciones.

Trátase -Buenos Aires- de la entrenada metrópoli de los altibajos. Donde logró seducir el magnetismo ideado para académicos que propone la señora Gabriela Michetti. Una dama de poder que ofrece el componente explícito de la vulnerabilidad física, pero que pronto deriva en emblema de fortaleza. En paradigma de integridad.

En densa calidad de discurso, Carrió, invariablemente, supera a Michetti.

Sin embargo Michetti, además, conmueve. Por la sobriedad de la inteligencia que debe ser rastreada entre el cúmulo prescindible de palabras que sobran. Y pasan -por el efecto de la conmoción- a un costado. Significa que la presencia de Michetti resulta más gravitante que las ambigüedades del discurso que emite.

Ambas damas de poder, Carrió y Michetti, son complementadas, en la metrópoli y en un plano remoto, por las competencias desconocidas de la señora Norma Rial. Pertenece -la doctora Rial- a la transitoria escudería que se precipita coyunturalmente detrás de la banca del camarada Heller. Pero Rial carece, hasta aquí, de imagen. Como la señora Alcira Argumedo, la navegante de Solanas, alias El Pino. Es Solanas el postulante preferido del peronismo alternativo que explicablemente se resiste a la resignación de sufragar por el camarada Heller. Y Argumedo es, aparte, una socióloga de inexplotada riqueza argumental, autora de ensayos memorablemente discutibles.

Simbología de Provincia
Nacha y Claudia
.

El género -sin cuestión-, en la provincia de Buenos Aires presenta el dilema que nutre el análisis. Dos mujeres emergen, aquí, para Consultora Oximoron, como prisioneras inevitables de la simbología. La señora Nacha Guevara y la señora Claudia Rucci. Persiste una tercera, la señora Margarita Stolbizer, que celebra, a través de la frugalidad de su presencia, la militancia distrital.

Nacha Guevara irrumpe como la estrella de colección del kirchner-sciolismo.

Claudia Rucci es, hasta hoy, la exclusiva revelación del calificado Properonismo.

Ambas damas remiten al imaginario que las completa.

Evita, o la presumible persistencia del amor popular, en el caso de Nacha.

José Ignacio, o la brutalidad del crimen ideológicamente insostenible, en el caso de Claudia.

En el estricto sentido del término, el gasto lo hicieron Kirchner y Scioli. Con la invención de Nacha como producto electoral. Pero quien se lleva los méritos consagratorios del resultado es el gremialista Venegas, al que llaman -grotescamente- El Momo. Por ser el impulsor del producto Claudia, que es natural y no requiere esmeros en detalles de terminación. Emerge Claudia como pilar del voluntarismo publicitario, que encabeza -con insuficiente inserción distrital- Francisco de Narváez.

Mientras a Nacha le cuesta, hasta el cierre del despacho, encontrar la justa tonalidad que pueda enriquecer la tesitura de su campaña, Claudia asume, la propia simbología, puesta a punto, y con la dignidad del silencio. Sin detenerse en la sobreactuación trágica del parentesco. Salvo que se lo saque a relucir el inoportunismo del momentáneo adversario (a propósito, Aníbal Fernández, El Fighter, debió ser el candidato, y es sujeto de elaboración de otro informe que prepara Consultora Oximoron).

Claudia aporta credibilidad y emoción. Datos superiores para los estudiosos que toman aún con seriedad la superstición del fenómeno peronista. Y dispone de un discurso “gentista”, menos que elemental. Casi precario.

La luminosidad física de Nacha no alcanza, aún, a conmover los espejos. La simbología mantiene, en prospectiva, el riesgo inalterable de la decepción.

Diana y Dulce.

En la misma lista -previamente enlatada- del kirchner-sciolismo, figuran otras dos damas de poder que sostienen culturas que sistemáticamente confrontan. La señora Diana Conti y la señora Dulce Granados. Ambas se unifican a través de la improvisación devastadora del bartolerismo electoral.

A partir de cierta dureza artificialmente incómoda, la señora Diana Conti representa las frustraciones de alguna izquierda que debió naufragar irremediablemente en las costas barrosas del progresismo. Para finalizar en la complejidad del peronismo relativo que sigue a Kirchner, el verdadero adquirente de los saldos de verano de la “alianza residual”.

Conti asume el rol de inspectora irreductible en el Consejo de la Magistratura. En sociedad, a su pesar, con el subcomisario Carlos Kunkel. Con quien -recíprocamente- cultivan el “yuyito” verde del desprecio.

Más abajo aún de la sábana, se encuentra el enigma cautivante de Dulce Granados. Sometida, por ser “portadora de apellido”, al riesgo despectivo de la descalificación. Es esposa de Granados, el minigobernador de Ezeiza. Pero Dulce, en el distrito, es ostensiblemente más popular que el cónyuge minigobernador. Un experto -Granados- en la acrobacia de sobrevivir, al menos a la totalidad de las máscaras perentorias del peronismo, la ideología de poder que persiste en estado de superstición.

Milanesas de peceto.

La señora Margarita Stolbizer se distancia, por su parte, de la simbología. Representa los atributos de la militante de base. Cultura suplantada por las emisiones televisivas del cable.

Aunque Stolbizer supo participar de la carnicería subpolítica que masacrara al derrocado minigobernador Rousselot, en Morón, hoy prefiere presentarse como una correcta señora de barrio. Una Margarita de su casa que merece lo mejor. Militante que se jacta de fritar milanesas de peceto y que activa para hacer el bien a la humanidad. Son limitaciones de la propuesta de Stolbizer, la dama de poder que se presenta sin ampararse en la frivolidad del encanto. Y del sentido -minuciosamente instintivo- de la coquetería. De los cuidados femeninos que alcanzan grados de paroxismo con la señora Presidente. Y en los esteticismos que también explota, a su manera, Carrió, con los foulards de coloridos estremecedores que penden de su hombro. Como si se escapara del folletín de Juan Moreira. Con la suavidad del maquillaje que parece obsequiado por su contemporáneo Cobos.

Final con Vilma.

Otra dama en búsqueda de poder que brinda abundante material para las discusiones del género es la señora Vilma Ripoll. Una “zurdita” que suele comportarse con la dramaticidad del trotskismo que no asume, pero sin apelar -infortunadamente- al inexplorado sentido del humor que supieron festejar las colegas enfermeras que la acompañaron en las guardias, como cierto médico. Sin embargo Ripoll prefiere insistir en el error de presentarse como una “mujer de acero”. De aquellas que describía Nikolay Ostrovsky, escapada de las novelas psicobolches del realismo socialista que consolidaron la formación adolescente de Heller. O como si Ripoll insistiera en emular a “La Madre”, de Máximo Gorki. Si Vilma decidiera distenderse un poco, si dejara de pelearse por televisión con las venas inflamadas en el cuello, y de sumergirse en la alucinación de la “vida entendida como lucha”, podría conseguir -para el sectarismo de su congregación-, resultados menos desalentadores.


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