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Carta a Padrino

Más de una vez, tanto en su etapa formativa como ya después de graduado, usted escuchó aquello de: “Nunca dé una orden que no sea capaz de hacer cumplir”.  Pero como que se le olvidó el consejo.  Se adornó con prosopopeya cuando dijo que no quería ver más atrocidades cometidas por miembros de las FAN (me niego a ponerle la “B”).  Y al mismo día siguiente, de consuno, Reverol y Benavides, como puestos de acuerdo, lo hicieron quedar mal.  Esa jornada, y las posteriores, han estado jalonadas por desmán tras desmán.  Parece que quienes comandan las operaciones materiales compiten en quién puede ser más patán.  Actúan idénticamente en todas las ciudades del país.  ¡Como orquestados, pues!  En fin, que la suya fue una doble metida de pata; primero, porque unos subalternos suyos no le pararon ni medio centímetro y, segundo, porque lo que dijo llegó con casi dos meses de retardo.

Y como si quisiera añadir ludibrio a la obscenidad, sale usted a los pocos días a hacerle propaganda a una fulana constituyente (minúscula ex profeso) que — usted lo sabe bien en lo profundo de su corazón— no llena los mínimos requisitos en lo legal, lo moral, lo formal ni lo sensato.  Usted sabe que eso es un parapeto inventado por unos rábulas, no para lo que debe ser una Constituyente: procurar la optimización de la república, sino para asegurarle a su jefe la continuación en el mando aun cuando no tiene (no creo que nunca lo haya tenido) el favor de la mayoría.

Por culpa suya, en el estamento militar, y contrariando la letra y el espíritu constitucionales, ha surgido la deliberación partidista.  Hasta en lo que debiera ser el sector más puro, más idealista, de la institución: en los cuerpos de cadetes, por órdenes superiores, se recitan mantras politiqueros.  Todos hemos mirado con horror los videos en los cuales los alféreces comandantes de la guardia de prevención los pronuncian en la ocasión de alguna visita del ilegítimo a esa instalación.

Por culpa suya, un cuerpo que no está previsto en la Constitución, y que de hecho no es sino el brazo armado del partido de gobierno, ha tomado fuerza y ahora se ha convertido en el enemigo a cuidar dentro de la misma organización armada.  Por culpa suya, las unidades regulares están sin todos los efectivos que disponen las tablas de organización, porque con las raciones —para los legos que leen esto, el dinero que se le paga a la tropa alistada— que sisan de ellas, pagan los sueldos de los milicianos.

Por culpa suya, ya no se ve gente uniformada por las calles.  Y hasta radiogramas hemos leído en los cuales se prohíbe salir de paseo uniformados.  La única vez que se los ve con uniforme es cuando, de campaña, van a masacrar a personas que solo quieren ejercer un derecho; cuando, sin haber causa legal, sin que exista un decreto de suspensión de garantías, de hecho y con una sevicia increíble, destrozan las puertas de las viviendas y penetran para seguir cometiendo las atrocidades que usted dijo que no quería ver más.  Qué tiempos aquellos en los cuales se veía en el centro de la ciudad, en los eventos sociales, a oficiales, cadetes y tropa cumpliendo aquello de “culto en su trato, aseado en su traje, marcial en su porte (…) e irreprochable en su conducta”.  Ahora no; ahora esconden lo que en otros tiempos fue motivo de orgullo.

Por culpa suya, se ha bastardeado más, si se puede, a la justicia militar para poner a sus jueces y fiscales a procesar a individuos que no han cometido delito alguno y mandarlos sin derecho a la defensa, sin haberles probado evidentemente su culpabilidad, a prisiones de alta peligrosidad.  Disparan sentencias por dizque “ultraje al centinela” cuando saben muy bien que esa figura legal no cabe cuando los militares son destacados fuera de sus acantonamientos para apoyar organizaciones civiles, aunque sea en acciones de orden público; porque las leyes en esos casos son las del mundo civil.  Lo hacen a sabiendas, pero porque se los exige “el escalón superior”.  Quienes actúan así, sin verticalidad en sus procesos, son gente que tiene una bisagra bien aceitada en la región lumbar para prosternarse bovinamente ante unos haberes monetarios que ven en su futuro.

Por culpa suya, en fin, ya hay opinadores que sugieren que al terminar esta tiranía —porque habrá de terminar, Dios mediante— se debe eliminar a las Fuerzas Armadas.  Claro que lo dicen sin tener todo el retrato completo.  Pero está surgiendo esa idea.  Y puede coger cuerpo… Cuando mínimo preveo —y no sabe cuánto me duele pronosticarlo porque toda mi vida he sido guardia— la desaparición o, cuando menos, el redimensionamiento de la Guardia Nacional, redistribuyendo, entre otras organizaciones que habrá que crear, las muchas funciones institucionales que tiene —y que han descuidado por estar meramente de fuerzas de choque al servicio de una tiranía.  Por culpa suya, eso tan comunista de “el enemigo interno” se ha puesto de moda en el estamento militar.  Que le quede claro, todos queremos igual a Venezuela.  Nadie es más patriota que el otro.  Que pensemos distinto acerca de qué es mejor para la nación y la república es otra cosa.  Pero eso no nos hace “enemigos”; cuando mucho, “adversarios”, “antagonistas”, “opositores”.  Lo cual no constituye pecado; delito, mucho menos.

No importa cuánto se haya adornado, poniendo cara ceñuda, ante los uniformados que lo escuchaban y los ciudadanos que lo veíamos; la verdad es que usted avala, por acción y omisión, las barbaridades que cometen tanto los tinterillos revestidos de jueces como los integrantes de unidades devenidas en soldadesca.  ¡Qué vergüenza, general!

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