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Ni galgos, ni podencos

“Gobernar es pactar; pactar no es ceder”

Gustavo Le Bon

Sociólogo y físico francés

La Constitución española ha cumplido ya 38 años. Se acerca a la cuarentena, esa edad en la que si algo o alguien no se ha estabilizado, es que algo no marcha bien.

La Constitución es el hogar que los españoles elegimos libremente, el que nos cobija y nos protege. Sin duda es un hogar confortable porque en él, hemos protagonizado un crecimiento económico, que ha sido el asombro de propios y extraños. La transformación de España en estas últimas cuatro décadas, realizada en paz y armonía, no encuentra precedentes en nuestra historia, por más que algunos manifiesten —con ocultas intenciones— que no lo reconocen y quieren cambiarlo porque ellos no lo eligieron y les parece un corsé que les oprime y les asfixia.

Dios me libre de aquellos que prometen el paraíso, porque seguro es, que el que  promete todo, nada hará, y si hace, puede que sea todo lo contrario de lo que prometió.

La Transición, ese experimento político casi mágico que hoy recordamos con nostalgia y que para muchos no es más que una época de reformas legales que les queda lejos, algo casi tan distante como la guerra civil o los cuarenta años de la dictadura franquista.

Los que lucen una camiseta con la leyenda de que ellos no la votaron, ignoran intencionadamente que fue un proceso político dificilísimo y lleno de riesgos que consistió en dejar atrás una dictadura y entrar de lleno en una democracia en el plazo increíble de veinte meses hasta las primeras elecciones libres.

Con ser muy importante lo que se hizo en la Transición, quizás no fue suficiente el haber creado unos partidos, unas Cortes y una Constitución. Probablemente habría que haber profundizado en la sociedad. El desarrollo económico nunca es suficiente si paralelamente no se produce un impulso político, social y cultural.

En este sentido aún sufrimos un grave déficit porque si hacemos un análisis riguroso, observaremos que en España, sea cual sea la actividad que se desarrolle, sigue mandando la misma clase social de siempre, incluso las mismas familias en sus sucesivas generaciones, con independencia del régimen político que impere, ya sea república, dictadura o democracia. Es una clase que se cree con derechos de autor.

Hay generaciones de jóvenes excelentemente preparadas y sin embargo ¿Cuánto les cuesta llegar —si es que lo logran— a los altos puestos de responsabilidad donde se toman las grandes decisiones que repercuten en la sociedad?

Cuatro décadas constituyen un periodo lo suficientemente amplio como para detectar aquellos aspectos, que bien por defecto o por efecto de la evolución social, han de revisarse en algo tan importante como son las leyes orgánicas por las que hemos de regirnos todos los españoles. Y es notorio, que entre otras cosas que serán necesarias modificar, uno de los aspectos que mayor rechazo produce en la sociedad española, es la Ley electoral y de la misma, las listas cerradas.

En la República las listas no eran bloqueadas. Si así se hizo en la Transición, es evidente que era porque no interesaba, porque así todo seguía igual y mandaban los mismos de siempre. Es evidente que en otras democracias también se puede llegar a una situación de estancamiento. Pero es que en España ha sido rapidísimo. Cuando aún habían transcurrido pocos años de democracia comenzó la erosión de las malas prácticas. Es preciso que nuestros políticos profundicen seriamente en la vida civil. Se ha avanzado, y mucho, en el desarrollo económico. El deseo de ganar dinero y de triunfar es generalizado. ¿Y qué? Un pueblo con dinero y sin cultura no es nada.

A la vista de lo que esta sucediendo en los últimos años, sería estar ciegos no reconocer que el déficit democrático no ha hecho sino acrecentarse desde que comenzó a instalarse a los pocos años de aquella Transición.

El hogar común de todos los españoles, que es nuestra Constitución, lo hemos deteriorado entre todos prematuramente. Un deterioro en el que han tomado parte la Corona, los partidos políticos, los sindicatos, las empresas, los medios de comunicación y nosotros mismos. Políticamente, España se encuentra como un cascarón en medio de una tormenta permanente, en un mar nocturno y sin brújula. ¿Hacia dónde vamos entonces?

Los líderes políticos, tanto en España como en Europa, se están dando cuenta que los viejos métodos de gobernar se han quedado anticuados, y son precisamente los viejos sistemas los que están dando lugar, peligrosamente, a que aparezcan partidos radicales populistas en Europa.

La solución, está en nosotros mismos, en los ciudadanos. Sobre todo, en los jóvenes españoles, que han de aprender del pasado para no cometer los mismos errores que sus mayores.

No existe realidad alguna en el mundo, que antes no haya sido el sueño de algún visionario. El mensaje de nuestros políticos, de izquierdas o de derechas, está ya demasiado repetido y sabe a tocino rancio. Las izquierdas y las derechas fingen mantener una guerra sin cuartel y el engañado ciudadano se debate entre dos fuegos que son el mismo: la lucha `por el poder.

Necesitamos desesperadamente personajes que sean capaces de salirse del contexto de los pobres y los ricos, los buenos y los malos, los listos y los torpes.

Necesitamos una España unida, que mire de nuevo al futuro con esperanza en la que no sigan mandando las mismas familias de siempre, las que mandaron en la república, en la dictadura, en la transición y ahora en la democracia.

Necesitamos una nueva aurora en la que cada ciudadano tenga la capacidad de pensar por sí mismo, desarrolle sus iniciativas y tenga el arrojo de adentrarse en el mar y en él, abrir nuevos caminos, ciudadanos con vitalidad y talento para aportar algo más sólido o constructivo a la sociedad que la dócil e inútil sumisión a las ideas viejas y fracasadas. Si buscamos resultados diferentes a los obtenidos hasta ahora, no podemos seguir cometiendo los mismos errores del pasado.

Necesitamos abandonar la cómoda idea de conquistar la anhelada plaza de funcionario que nos asegure de por vida la confortabilidad burguesa de la telenovela o el partido de futbol frente al televisor con su cerveza.

Esperamos una vida cómoda y fácil, en la que el papá Estado, soluciones todos nuestros problemas, cuando de ordinario, el camino es tremendamente complicado, olvidando que en todo momento nos es obligado hacer lo que en realidad creemos que debemos hacer y ser fieles a nosotros mismos con sinceridad y coherencia.

Necesitamos hacer un alto en el camino en nuestra loca carrera hacia ninguna parte, reflexionar seriamente sobre nuestros problemas y ahora que es tiempo de diálogo y de pactos, dejarnos de si son galgos o podencos si no queremos que al final, los extremos derriben lo que tantos siglos no ha costado construir.

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