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Las banderas blancas y el debate público Instinto político y retórica en la región andina Fernando Estrada Gallego Miércoles, 3 de septiembre de 2008
Los pronunciamientos del vicepresidente colombiano, Francisco Santos, a favor de enarbolar banderas blancas para calmar las agitadas relaciones del presidente Uribe con sus adversarios, y la respuesta de éste, enfatizando la importancia del debate en la esfera pública, no reproducen una situación carente de importancia. Estamos frente a dos perspectivas que pueden caracterizar la vida pública en Colombia como en el resto de la región. Siendo más precisos, escoger entre las banderas blancas o el debate político, significa tomar opciones entre el pacifismo o el instinto político. Lo menos complejo sería decir que el pacifismo no excluye el debate político, pero esta salida debilita la naturaleza del dilema.
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A nivel de la región andina pueden hallarse diferencias graduales para resolver conflictos de poder político. Chávez coronaría un extremo, mientras Lula da Silva, la cara opuesta. La retórica de Chávez trivializa toda forma razonable para ponderar posiciones en conflicto. Una expresividad arrítmica le resta fuerza a sus argumentos, y su chocante forma de jugar con las palabras, termina arruinando la confiabilidad de su auditorio. La fuerza del animal político queda reducida cada que abre su boca, Chávez refleja una retórica cargada con expresiones sin poder de convicción. Lula de Silva es menos beligerante y ha demostrado una capacidad para poner razones por encima de sus estados de ánimo. La forma de hacer política en América Latina se extiende sobre este tenso arco de Chávez y Lula da Silva. Aunque la excepción, sin duda, es la práctica política y la retórica del presidente colombiano. Una perspectiva oficial en Colombia, encuentra inconveniente que el presidente Uribe confronte abiertamente a la rama judicial porque deteriora la base institucional de la democracia o porque las declaraciones del primer mandatario sobre medidas de la Junta Monetaria chocan contra un sentido económico refinado. Ambas posiciones se esmeran por cuidar las distancias entre los poderes, pero pasan por alto la bestia política que Uribe lleva por dentro. Una bestia política que ha marcado un cambio significativo en nuestra apaciguada vida republicana. Con todo el peso negativo que pueda llevar su intempestiva cólera, el carácter de Uribe es fuertemente deliberativo. Uribe no espera adaptarse a su auditorio, como lo haría Correa, Ortega o Chávez. Su estrategia retórica consiste en sorprender con argumentos. No halaga cuando resulta innecesario. Salta como una fiera y se defiende, pone cara dura ante sus rivales, asiste en su propia defensa cuando la situación lo amerita. Tiene graves defectos de personalidad, pero no es cobarde ni timorato. En su contra, gravita el silencio que comporta como gobernante ante la violencia contra sus opositores. Pero en la estricta arena política, Uribe es un animal obstinadamente elocuente. Quienes proponen banderas blancas para calmar los estados de ánimo, sugieren una manera de hacer política con un manual de civismo, pero Uribe resulta ocasionalmente hablando como el vulgo. El dilema que proponen sus allegados puede explicarse también por su aspecto amable. Enarbolar banderas blancas ha hecho parte de nuestro pacifismo colombiano. Las banderas blancas enarboladas por Francisco Santos contra el secuestro, y que orientaron su carrera de periodista a vicepresidente, sirvieron más para su causa política que para reducir los índices del secuestro y la actuación de las organizaciones criminales. Las banderas blancas de las marchas en contra de las Farc, las banderas blancas en los estadios de fútbol o las banderas blancas que han acompañado el rechazo a la violencia contra sindicalistas o dirigentes de la izquierda, no han persuadido a los criminales, ni a los asesinos. ¿Y por qué las banderas blancas no logran desarmar los espíritus? Las razones parecen hallarse por debajo de la identidad cultural, en zonas que nos vinculan firmemente al mundo animal. Las banderas blancas hacen parte del simbolismo. Una bandera blanca significa un gesto de buena voluntad y la mejor intención para reducir los ánimos beligerantes. Pero nada más. Desde el punto de vista estratégico, observar que el adversario enarbola banderas blancas, significa encontrarle dispuesto a rendirse. Una política de banderas blancas atiende la voluntad de someter la agresividad a los mínimos de expresión racional. No es este el caso en Colombia. El caso puede tener diferencias a nivel de América Latina. Imaginemos banderas blancas para convencer a Chávez de sus errores políticos? Banderas blancas en las calles de Caracas, no son lo suficiente. Si lo que pone en evidencia la realidad venezolana, es su incapacidad de reaccionar con disciplina y perseverancia política. No se trata de encontrar una encarnación personal contra la retórica altisonante de Chávez, se trata de que su realidad condicione el surgimiento de un animal político que se le oponga. Pero debería poseer la agresividad verbal que sobrepase en claridad a la oscura noche que viven los venezolanos. Las reacciones violentas han demostrado su fracaso para consolidar las democracias, pero los cambios dependen de súbitas cascadas de opinión colectiva. Existen evidentes diferencias entre el estilo de Chávez y Uribe. ¿Por qué debemos encontrar las razones de esta diferencia? Porque en la esfera política de Uribe nos movemos en un terreno instintivamente racional. Porque son los instintos los que determinan las razones en el debate político. Neurobiólogos y psicólogos cognitivos han comprobado en variados casos cómo operan a favor de las razones alegadas frente a una determinada decisión los genes egoístas. Estos genes egoístas, dentro de una extensa zona de la experiencia humana colectiva pueden mostrarse decisivos para lograr cambios. Son los instintos de orden moral y político los encargados de propiciar condiciones para transformar también la esfera pública. Esto significa que el dilema entre enarbolar las banderas blancas o defender el debate político, puede plantearse de manera diferente. Las banderas blancas de Francisco Santos ofrecen un llamado al pacifismo. Un tipo de comportamiento que hemos ensayado en Colombia, sin resultados a la vista. Uribe profesa un instinto político desbordado. Con todo, se trata de una forma de orientación que puede comunicarse en el debate. El debate que se practica en la esfera pública no debería confundirse con la deliberación pacifista. El debate político contiene toda la fuerza instintiva del animal racional, que no es menos racional porque se promueva instintivamente. De modo que entre las banderas blancas y el instinto político, lo mejor es profesar aquello a que nos inclina la biología. En el resto de América Latina, las prácticas del poder político no parecen poseer las dinámicas retóricas que hallamos en Colombia. No al menos en su animalidad racional. Capaz de situar los temas de una semana en la agenda diaria de cada hogar. De situar a los contrarios en escenarios políticamente comunes. El instinto político puede exponer caminos divergentes en la fuerza de los argumentos. Algo que sin duda es mejor a la violencia suicida. Para ver todos los artículos debe suscribirse haciendo clic aquí |
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