Los peligros evidentes del calentamiento global Roberto Palmitesta D.
Miércoles, 22 de marzo de 2000
Imagen satelital de "El Niño"
Los recientes desastres naturales ocurridos en varias partes del mundo, -inclusive en Venezuela- mueven a la reflexión y deberían inducirnos a la acción, pues se observa una tendencia clara hacia el calentamiento global, fenómeno que está afectando negativamente el clima en diversas partes del planeta, con todas las consecuencias que ello implica. Y habiendo sufrido en carne propia las inundaciones y aludes en Vargas y otras regiones -que nos ha afectado a todos de una u otra forma- ya no podemos pensar que el cambio climático mundial es un problema de otras latitudes, pues en el pasado hemos tendido a pensar –quizás por ser un país con un clima benigno- que éramos inmunes a los efectos del calentamiento global, obviamente la causa subyacente de las fuertes lluvias que nos han azotado últimamente, producto de la alta nubosidad creada por la mayor evaporación de las aguas marinasy terrestres..
También se han presentado fuertes inundaciones en Europa, Norte y Suramérica, India y China, entre otras, pero las más severas han sido en Mozambique, el emprobrecido país del Africa meridional que apenas se estaba recuperando de la cruenta guerra civil que sufrió el país desde su independencia en los años 70, en medio dela guerra fría. Al ver como un país puede ser tan trastornado por las aguas desbordadas, necesariamente tenemos que reaccionar en nuestro propo caso, pues se trata de fenómenos demasiado destructivos y que pueden repetirse en años venideros, por lo que no podemos darnos el lujo de ignorarlo como si fuera una mala suerte ocasional.
Se ha comprobado con creces que la temperatura promedio del planeta ha subido unos cuantos grados en este siglo a causa de la creciente industrialización y uso de vehículos automotores, y se espera que el siglo XXI sea aún peor si siguen “desarrollándose” los países del tercer y cuarto mundo, en busca de un mejor nivel de vida. Es importante constatar la falacia del “progreso al estilo occidental”, que significa más industrias, más electricidad, más vehículos, en fin todo lo que se asocia con el desarrollo, pero que a la larga actúa como un bumerang al afectar el clima y devolvernos como castigo una serie de desastres naturales, signo inequívoco de que vamos por el camino equivocado.
En un excelente documental del canal Discovery vimos recientemente como los glaciares de Alaska están derritiéndose por el aumento de la temperatura ambiente, y obviamente esto debe ser igual en toda la parte septentrional del hemisferio norte, afectando también a Canadá, Groenlandia Escandinavia y Siberia. También en el sur, en la Antártida, se constatan efectos similares, con la desaparición de glaciares y la formación de témpanos que vagan hasta que se derriten, elevando el nivel de los mares. Y no pensemos que a nosotros no nos afecta, pues en el mismo documental se reportó que los seis glaciares que existían hasta los años 60 en los Andes merideños, se han reducido a dos, y así será probablemente en toda la cordillera andina, con sus frecuentes secuelas de aludes, inundaciones y menores nevadas , como lo podemos constatar a simple vista en nuestros ya escasos picos nevados.
Quizás se piense que para las templadas zonas pobladas del hemisferio norte sea beneficioso que aumente un poco la temperatura ambiental, para que no sufran inviernos tan fríos. Pero al mismo tiempo el calentamiento genera toda una serie de fenómenos colaterales, pues la mayor temperatura trae consigo la proliferación de insectos que destruyen esos mismos bosques, como ya se ha comprobado en Alaska y seguramente en otras regiones. Tampoco podemos ignorar los efectos del clima en las corrientes marinas, pues el fenómeno de El Niño y sus secuelas desastrosas (inundaciones, muerte de fauna marina) son bastante nocivos como para despreciar el aumento de la temperatura en los océanos. También se ha calculado que un desvío de la corriente del Golfo de México, que dirige hacia Europa septentrional sus cálidas aguas, causaría gélidos inviernos en Francia, Irlanda, Reino Unido y los paises escandinavos. Así, un calentamiento del océano Atlántico, en lugar de generar un clima más agradable en el norte de Europa, causaría el efecto contrario. Esto sin considerar otros efectos en la agricultura y la disponibilidad de corrientes aguas dulces.
Y tampoco puede ignorarse el desastroso efecto en los países tropicales, algunos ya afectados por sequías crónicas, que sufrirían además un aumento de la desertificación y la destrucción de suelos fértiles. Además, se vislumbra toda una serie de inundaciones por fuertes lluvias puntuales, que no serían represadas por la vegetación, de por sí escasa en muchos países africanos y asiáticos por la desaparición paulatina de los bosques, resultado de prácticas nocivas como la tala, la quema y el uso de materia vegetal para la calefacción. Lamentablemente, el poder adquisitivo de estos países tropicales es tan bajo que no se podrían dar el lujo de utilizar combustibles fósiles, pero aún si los utilizaran siempre se produciría dióxido de carbono por la combustión, lo cual empeoraría el efecto invernadero de todos modos.
Sin embargo, no hay duda que el mayor efecto dañino contra el clima del planeta lo realizan los paises desarrollados, pues el mantenimiento de su alto nivel de vida requiere de grandes gastos de electricidad, un consumismo excesivo de productos y un gran uso de vehículos, además de otros recursos naturales extraídos generalmente del mundo en desarrollo, que promueven la incontrolada explotación maderera y minera en las zonas tropicales. Y si a esto le sumamos en mayor consumo de estos mismos recursos en los países del tercer mundo, tendremos un cuadro bien preocupante para el siglo venidero y los siguientes, si no cambiamos el patrón de desarrollo actual a uno más sustentable y menos nocivo para el medio ambiente.
Este cambio de mentalidad significa antetodo un menor uso de la electricidad producida por plantas térmicas, y por lo tanto el desarrollo de otras fuentes renovables de energía como la solar, la eólica y las mareas. En el campo del transporte, no hay duda que los combustibles del petróleo deben ser utilizados más racionalmente, con cocinas y hornos más eficientes, pues actualmente se pierde cerca de las tres cuartas partes del calor producido por la combustión, en fricción y disipación de calor al ambiente. El uso de la energía nuclear no parece ser una solución viable despué de Chernobyl y los casos de contaminación radioactiva que se han presentado en
el este de Asia (Japón, Corea, China) y en Europa oriental, donde muchas plantas anticuadas, similares a la de Chernobyl, siguen teniendo problemas de seguridad.
Los científicos están trabajando intensamente en el desarrollo de carros eléctricos, ya funcionales en escala experimental y hasta comercial, que usan baterías novedosas, celdas de combustible y otros tipos de motores para aumentar la eficiencia. Pero aún estas baterías necesitan recargarse, trasladando el problema a las plantas eléctricas, por lo que el menor efecto al ambiente sólo se conseguirá cuando se empiece a utilizar hidrógeno -extraído del agua común- como combustible automotor, ya que genera solamente vapor de agua como producto de la combustión. Obviamente tendremos ciudades más húmedas, pero al menos se frenará el efecto invernadero y se contaminará menos el aire con gases nocivos.
Y -lamentablemente para los países petroleros- el petróleo tendrá que ser menos explotado en los siglos siguientes, por la contaminación que genera, pues sería desastroso para el planeta que todos los países en desarrollo lo hicieran en la misma medida que los países avanzados, a medida que progresa su industrialización y aumenta su nivel de vida. A largo plazo, se avizora el fin de la era del petróleo como recurso energético, no sólo por los problemas de contaminación vehicular e industrial, sino por la eventual declinación de yacimientos. Así que debemos irnos preparando para diversificar nuestra economía mientras todavía el petróleo sea un recurso valioso, por lo que el llamado del Dr. Uslar Pietri (“sembrar el petróleo”, si acaso se ha olvidado) debe ser el lema de nuestra sociedad, que se han ocupado hasta ahora de vivir tranquilamente del petróleo como si fuera un recurso renovable o de eterna disponibilidad.
¿Qué más podemos hacer nosotros, desde nuestra modesta posición de país subdesarrollado, para no contribuir al problema del calentamiento global? Lo primero es exigir de nuestras industrias que controlen la contaminación y sean más eficientes en materia de energía, especialmente en el campo automotor.Esto puede lograrse siempre que haya voluntad política, mediante el estricto cumplimiento de las leyes ambientales, a veces transgredidas gracias a la corrupción administrativa a todo nivel. Asimismo, los planes gubernamentales deberían evitar la tentación de promover actividades contaminantes o destructivas, sólo por el hecho de generar impuestos o reactivar la economía, tratando del llegar a un equilibrio entre el desarrollo y la conservación de ambientes sanos, pues éstos deberían ser siempre más importantes para no dejar a las futuras generaciones un país desolado e inhóspito.
Luego, no hay duda que una vida más sencilla y una economía familiar más austera aporta un granito de arena, o al menos no empeora el drama que sufrimos como habitantes del planeta.
En la práctica, esto significa utilizar menos aparatos eléctricos cuando podemos emplear nuestras manos; usar menos el vehículo cuando podemos caminar o ir en bicicleta; comer menos alimentos refinados cuando los naturales son igualmente nutritivos y más saludables; tomar jugos diluídos de frutas en lugar de las carbonatadas y azucaradas; leer, pasear y conversar más en lugar de ver tanta televisión y jugar con la computadora; desechar menos ropas y zapatos, reparándolos cuando se deterioran; reciclar todo lo que se pueda (madera, metales, ciertos plásticos, papel y trapos, etc.), y en fin vivir en mayor sencillez y frugalidad, aunque nuestros ingresos nos podrían permitir una vida más lujosa y dispendiosa.
Los beneficios de un modo de vida más austero serían numerosos. En Venezuela, con nuestro alto nivel de pobreza, nos conviene ahorrar combustibles para que puedan ser exportados y generar divisas, pues el consumo interno genera pocos ingresos al país. De este modo, los mayores recursos fiscales facilitarían el financiamiento de escuelas y hospitales, y se podría mejorar la seguridad personal y social, necesidades básicas de nuestra población y que nos permitirán elevar realmente nuestra calidad de vida. Y finalmente, la lucha contra la contaminación representa la tendencia actual de toda comunidad y persona comprometida con un futuro mejor para todo el planeta. Son razones de peso para ser más conservacionistas y menos derrochadores, además de dar el ejemplo a los demás países y las futuras generaciones. Y, en el fondo, tendremos la conciencia más limpia y menos mortificada, lo cual debería constituir una motivación suficiente para no contribuir al calentamiento global.