Sofía Ímber ha dejado de ser la directora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Siempre sucede lo inesperado. Quienes vamos con frecuencia al museo, no tuvimos la tentación de imaginarnos al museo sin la señora Ímber. Ella parecía formar parte del museo, y en efecto, lo era.
Su imagen se confundía con la imagen de la gran institución que creó a lo largo de más de 20 años. Ahora, ella ya no está en el museo, pero el museo quedará como un testimonio de sus grandes desvelos y de su pasión por la cultura y por el arte. Ella disfrutó de una prolongada estabilidad en su trabajo, lo cual le permitió construir día tras día, la gran colección que ahora deja. Se elogia la alternabilidad, y es razonable. Pero, hay otra verdad: si la señora Ímber no hubiera permanecido al frente del museo todos estos años, aquello no habría sido posible. Objetivamente, la regla tiene sus ventajas y sus desventajas. Cuando una institución está en su plenitud, la cuestión es diferente.
Sofía Ímber, en una palabra, deja un testimonio de su pasión por Venezuela. Como todo el mundo repite, el MACCSI es el gran museo de América Latina. Ella se trazó como meta la excelencia, la calidad, y el buen gusto. Cumplió esos cometidos. Sus contactos internacionales, con otras instituciones dedicadas al arte, con los mejores pintores del mundo, le abrieron las puertas. Como amiga de ellos, tuvo acceso a sus obras. Muchos, como Fernando Botero, donaron obras invalorables. Es difícil olvidar lo que ha sido el MACCSI, los grandes eventos que nos ha ofrecido en las últimas décadas. Uno no olvida las exposiciones de Botero, ni la de Juan Félix Sánchez, ni la de Marisol Escovar, menos aún., aquella que se llamó “Todo el museo para Zapata”.
En el momento en que Sofía Ímber se va del museo que ella fundó y edificó día tras día, esta “ida” debe ser bien interpretada: se va de una manera, pero es imposible que su legado desaparezca, porque es imposible. Estoy seguro de que cuando regresemos a sus salas, de alguna manera nos encontraremos con ella que es su obra. De sus declaraciones de despedida algo deseo registrar, y es cuando dijo que durante los años en que estuvo al frente del Museo disfrutó de libertad y autonomía. Quiso dejar constancia de esto porque consideró imprescindible reconocerlo, porque, como dijo “abona mi crédito como directora, y también la ética de quienes a lo largo del tiempo propiciaron que el Museo fuese una realidad, y lo que ahora es, un legado excepcional para todos los venezolanos”. Sofía se va, pero Sofía se queda. Ahora sí es la hora de su verdadera inamovilidad. Está allí, como la piedra del Medio frente a Ciudad Bolívar, bañada por el gran río de sus innumerables amigos.