La muerte de Arturo Úslar Pietri ha conmocionado a los venezolanos y, de modo especial, a quienes dentro del país nos dedicamos al noble oficio de pensar para un mejor hacer.
Uslar ha muerto, pero se despidió de la Ciudad del Hombre luego de una vida fecunda y más que “nonagénica”. Tanto que su muerte no debió causarnos sorpresa, menos dolor, porque Úslar Pietri vivió bien y con decoro, se distinguió de la masa, le dio lustre al país y al país le dejó lo mejor de su pensamiento.
El dolor que nos embarga, por consiguiente, quizá expresa una suerte de colectivo mea culpa. No es el dolor por la muerte de un hombre que, como todos, estaba destinado a la muerte física. Es quizá el dolor por nuestra propia muerte. La muerte en vida de quienes vivimos en silencio o permanecemos silenciados: la de todos y cada uno de quienes pudimos saber de la existencia de Úslar, de su obra en las ideas y que poco o nada le estimamos con el testimonio y con la acción públicas.
La muerte de Úslar duele, entonces, porque deja vacíos en una hora menguada. ¡Y cómo que si los deja !
Queda su legado. Allí están sus libros más famosos, editados por las más famosas editoriales del mundo hispano. Pero bastaría saber ¿cuántos y quienes sabran auscultar dentro de sus inagotables mensajes y cómo proyectarlos para bien de esa patria dolida que tanto le dolió al escritor eximio, y que tanto y tan agudamente radiografió en sus artículos de Pizarrón.
A la manera de un desafió allí queda también, cuando menos, el libro de Francisco Barbadillo, investigador de la Universidad Simón Bolívar, quien tuvo la feliz ocurrencia de ofrecerle en vida a Uslar el inventario completo de sus admoniciones. Los artículos de Pizarrón, editados por la Presidencia de la República, en 1996, cuando Úslar cumplía sus 90 años, son una suerte valiosa de antología, de grito a la conciencia de los indiferentes, en suma, de retrospectiva del pensamiento de un hombre que poco a poco se preparaba para entregarle cuentas limpias al Supremo Hacedor.
Su primer artículo en la famosa columna periodística, escrito desde Nueva York, paradójicamente en 1948, marcaba la pauta de una conducta que nunca le abandonó hasta el final de sus días. Decía Úslar: “Oígaseme o no se me oiga, me siento obligado a decir lo que creo la verdad, a escribir con gruesa letra y tiza blanca en este Pizarrón las cosas que no debo callar; las que deben estar de cualquier modo a la vista de todos”.
Gloria, pues, a sus restos, y que la paz nos alcance a todos nosotros.
(*) Presidente de la Unión Latina