Un día de primavera lo conocí de 1981; sí, tuvo que ser en primavera por que floreció mi gran respeto y admiración por él. Don Arturo con su acostumbrada delicadeza me obsequia su libro Los ganadores; de allí surgió un acercamiento con aquel hombre que desde hacia ya, muchos años, era mi mejor profesor con sus Valores Humanos y yo era uno de sus fieles amigos invisibles.
Don Arturo se fue, y el mundo de habla hispana llora, Venezuela también, pero nuestro gobierno revolucionario calla, como en casi todo lo importante; es que nuestro país suele ser una buena madrastra pero una pésima madre como dijera Andrés Eloy Blanco. Un gobierno que no rinde honores a sus hijos llega a engendrar el más cruel sistema, de allí es que surgen las desviaciones, aberraciones y la mas triste mezquindad. A don Arturo los venezolanos le debemos mucho, tanto que merecía por lo menos la salutación de nuestro representante que es el presidente; pero quizás el que aporta, el que construye, el que siembra, el que crea y el que sueña, no forma parte de nuestra patria en esta revolución anacrónica. Don Arturo hizo posible que lo mágico de nuestra historia no pasara desapercibida y que cada venezolana tiñera sus lazas con el conocimiento.
Si alguien en esta tierra merecía unas salvas, una salutación y honores, era usted don Arturo; no tuvo la bandera sobre su ataúd pero tuvo las lagrimas y el aplauso mas allá de este continente. Gracias don Arturo por habernos enseñado los valores humanos, pero que lastima que nos deja cuanto todo párese perdido.