Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

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Los incurables novela de Federico Vegas

Alexis Márquez Rodríguez

Domingo, 8 de septiembre de 2013

Cuando leemos el libro Los incurables, de Federico Vegas, lo primero que uno se pregunta es si el autor se propuso escribirlo como lo escribió, o si, contrariamente, el libro le salió así, sin él proponérselo, y quizás sin desearlo. Generalmente ocurre de ese modo

<i>Los incurables</i> novela de Federico Vegas





   Foto: Google
Para mi amigo el Dr. Jesús Torres Solarte
I Cuando leemos el libro Los incurables, de Federico Vegas, lo primero que uno se pregunta es si el autor se propuso escribirlo como lo escribió, o si, contrariamente, el libro le salió así, sin él proponérselo, y quizás sin desearlo. Generalmente ocurre de ese modo. Pero en este caso tal hecho adquiere un particular relieve, por lo que pareciera una verdadera rebelión del estilo contra el autor.

Esto, por supuesto, tiene sus consecuencias. La primera de ellas es que el libro leído nos resulta extraño, y aun los lectores más avezados y acostumbrados a la buena lectura se preguntarán qué es aquello, si se trata de una novela, de un reportaje periodístico, de un ensayo con la contaminación que hoy caracteriza a la creación literaria, o de un simple ejercicio retórico.

Al principio la tendencia será a negar que se trate de una novela. Cada vez que aparece un texto que se aparta de los parámetros habituales del género novelístico tradicional, su lectura suscita la expresión terminante y lapidaria: "Eso no es una novela". Como si la novela estuviese condenada a no renovarse nunca.


II
No tengo la menor vacilación en decir que Los incurables es una novela. Desde luego, una novela singular, absolutamente original, sin antecedentes, al menos que yo conozca.

De una manera peculiar y fascinante nos va mostrando cómo fue escrita, su proceso y su secuencia. En ella el lector no solo termina por percibir cómo la obra fue escrita, sino que asiste, paso a paso, al proceso de su creación. Es como si el lector fuese un coautor.

Lo común es que el novelista vaya escribiendo su relato en una secuencia determinada, pero sin que en el texto vayan quedando los detalles del trabajo creador. Aquí es lo contrario. Veamos un ejemplo. Todo novelista se vale, para su información, de diversas fuentes. Estas pueden ser documentales, por ejemplo, lecturas que el novelista hace en libros, cartas y otros tipos de documentos. Pero estas fuentes, salvo excepciones, no aparecen en el relato final. Lo mismo ocurre con las fuentes personales o testimoniales. El novelista interroga a determinadas personas, de quienes puede obtener datos necesarios para sus fines. Pero tampoco esas personas aparecerán en el texto de la novela.

Sin embargo, en Los incurables es diferente. En ella presenciamos no solo los hechos que desde el principio el novelista se propuso narrar, sino también el examen de las fuentes, especialmente el interrogatorio de los testigos, que figuran en la novela textualmente, y a ello asiste el lector como si fuese otro testigo. Además, el autor se vale de innumerables notas al pie de página, totalmente desacostumbradas en una novela, pero que en este caso aportan diversas informaciones complementarias acerca del tema central del texto novelesco.


III
En esta novela, al parecer, no hay nada "inventado" por el novelista. Todos los hechos que allí se narran, así como todos los personajes que aparecen en sus páginas, son hechos y personajes supuestamente reales, más aún, veraces, ocurridos los hechos tal como aparecen en la novela, y narrados ciertamente por los personajes a quienes el novelista interroga, y cuya interrogación figura en el texto de la novela exactamente como se supone fue en la vida real.

IV
Se supone que Federico Vegas se propuso narrar con enfoque de novela la vida, o parte de la vida de Armando Reverón. Él mismo da una idea de esto en la introducción: "Mi plan inicial era escribir una novela alrededor de la figura de Reverón y me dedicaba a buscar información con cierta indolencia, aguardando a que la trama desplegara su dibujo, sin forzarla" (p. 18).

Nada hacía suponer que lo que Vegas escribiría sobre Reverón iba a ser una obra singular, más allá de una novela común y corriente, avalada, eso sí, por el dominio por el autor de la técnica novelística, y por los rasgos de la fascinante personalidad del pintor. Bien aprovechados, ambos factores garantizaban una novela particularmente atractiva.


Pero en la investigación para su trabajo Vegas tuvo el hallazgo de un personaje tan interesante como inesperado, el Dr. José Rafael Hutchson Sánchez, hijo de un escocés y de una venezolana, un psiquiatra retirado, que había trabajado en la clínica San Jorge, donde Reverón había estado recluido los últimos meses de su vida, durante los cuales tuvo a su cargo el cuidado personal del pintor.

Vegas tuvo la fortuna de que Hutchson se interesara en su proyecto, y de que, al mismo tiempo de convertirse en su fuente principal sobre la vida de Reverón, resultara un personaje él mismo muy especial, de vida igualmente novelesca, la cual le fue relatando a medida que le hablaba del genial paciente.

A partir de entonces la novela de Federico Vegas adopta, como bien lo señala Oscar Marcano en la inteligente nota de la contraportada, un curioso paralelismo narrativo que contribuye a la singularidad de ella a que ya me he referido. De hecho son dos novelas dentro de un mismo relato. Y ese paralelismo obra en el novelista un interesante efecto. Su visión de Reverón se afianza y engrandece, y el proyecto de una novela sobre su vida adquiere una nueva dimensión, que mucho tiene que ver con la personalidad del propio novelista, tal como él mismo lo confiesa: "El único propósito de estas aproximaciones graduales a Castillete es encontrar, ahora que voy entrando en esa vejez que todo lo aproxima y todo lo borra, un espacio donde pueda reflejarme en el alma de Armando Reverón y alcanzar una visión más sincera de mi propio naufragio" (p. 21).

Señalo de paso el dato curioso de que en la novela el autor menciona el castillete de Reverón como si fuese un personaje o un lugar geográfico, "Castillete", con mayúscula inicial y sin artículo alguno que lo determine como un objeto inanimado: "Alfredo siempre querrá dominar el drama de Castillete, pero dejando claro que él pertenece a otro mundo" (p. 46); "Yo era igual que esos turistas que visitaban Castillete en busca de un zoológico..." (p. 179).

La narración sobre la supuesta vida de Hutchson no solo se desarrolla con la autonomía de lo que podría decirse, como ya lo he señalado, que es una novela dentro de la novela, sino que de hecho adquiere para Vegas tal importancia y fascinación, que adquiere la condición de relato central, desplazando hasta cierto punto la vida de Reverón, no obstante ser esta el tema fundamental, o al menos ser esa la intención de la novela. El propio Vegas lo reconoce: "No es fácil admitir que Reverón ya no es el personaje principal sino un bastón para que Hutchson avance" (p. 124). Más adelante agrega: "Sonrío al pensar que enfrento un `trilema’.

¿Será que he comenzado a interesarme en la vida de José Rafael Hutchson? ¿Será el peaje que estoy dispuesto a pagar por llegar al meollo de Reverón...?" (p. 230).

En esta novela pareciera no haber nada de ficción, en el sentido de "inventado" por el novelista, lo cual se explica porque los personajes principales, Reverón y Hutchson, son ambos basados en personas supuestamente reales y veraces. En algún momento el novelista se queja porque siente que no está cumpliendo su rol de tal, pues en aquello que ha ido narrando no hay nada ficticio ni imaginario, como se supone que debe ocurrir en toda novela. "Es insoportable" ­dice con cierta ingenuidad­ "que la fantasía esté tan ausente de mi trabajo. Me dan bajas de ficción y busco dónde colar una dosis de imaginación, al punto de haber pensado introducir virtudes y defectos en el entrevistado, una especie de contrabando, de adulteración" (p. 124).

Al parecer no hubiese sido necesaria esa especie de contrabando. Al final de la novela se descubre que lo que cuenta Hutchson sobre sí mismo posiblemente no era del todo cierto, y en ello habría una determinada dosis de imaginación y de fantasía.


V Llama la atención en esta novela, como ya dije, su rica y variada contaminación con otros géneros literarios y con elementos de la vida cotidiana, particularmente con el género ensayístico y aun con el reportaje.

Obviamente, es mucho lo que el novelista concede al análisis psicológico y psiquiátrico, habida cuenta de que la novela trata, por una parte, como ya se sabe, de la vida de Reverón en un período en el cual se acentuaron sus desequilibrios, recluido como estaba en un sanatorio mental. Por otra parte, la novela se extiende también en la presentación de los peculiares rasgos psicológicos de Hutchson, supuestamente ofrecidos por él mismo al responder a las interrogantes del novelista sobre el comportamiento de Reverón.

Paralelamente con los rasgos psicológicos de los personajes protagónicos, Vegas hace también importantes concesiones al género ensayístico y a la teoría estética cuando aborda críticamente el arte de Reverón.

Sin embargo, el novelista no basa la crítica de la obra reveroniana sobre sus propias apreciaciones, salvo algunas referencias excepcionales, sino sobre la copiosa bibliohemerografía que existe al respecto, la cual fue examinada enjundiosa y meticulosamente por el novelista como parte esencial de su investigación. Esta incursión del novelista en la crítica de la obra de su personaje no se queda solo en lo estético, sino que cumple asimismo una función esencial como referencia al tema central de la novela, que ya sabemos que es la vida de Reverón, incluyendo su labor creadora.

Inicialmente Vegas se basó solo en los documentos emanados de las sesiones de psicoterapia que tuvo con Reverón el psiquiatra José María Báez Finol, fundador y director de la clínica San Jorge, donde el pintor estuvo recluido, y quien fue amigo personal de su paciente. Pero pronto se dio cuenta de que no era suficiente, además de que solo tuvo acceso parcial a ellos, pues buena parte de esos papeles estaban bajo la celosa custodia de la hija del psiquiatra, que estaba decidida a mantenerlos siempre bajo rigurosa reserva. "Trato de animarme con lo que Báez ofrece", confiesa el novelista, "pero siento que estoy inventando mucho basándome en muy poco" (p. 43).

Es así como Vegas se decide a examinar atentamente lo mucho que se había escrito sobre el arte de Armando Reverón. Mas ese examen no es desde un punto de vista estético, que a Vegas al parecer no le interesa mucho, sino como fuente para la interpretación y valoración de la personalidad de su novelizado, es decir, para la construcción del personaje supuestamente central de su novela. Dio comienzo, entonces, al fascinante examen de la amplia obra crítica sobre Reverón, quien, por lo demás, se le ofrece al novelista no solo cual figura particularmente dotada como eventual personaje novelesco, sino también como prócer civil con una posición más que definida dentro del rico panorama de la cultura venezolana de todos los tiempos. Así lo señala expresamente: "Cada generación debe rendir su propio homenaje a Armando Reverón, ofrecer una interpretación de su obra, tomar posición frente a ese espectro que va y viene entre la persona y el personaje mientras intentamos definir nuestras propias refracciones. El primero que asumió a cabalidad esa tarea fue Alfredo Boulton, luego le llegó el turno a Juan Calzadilla. Creo que en mi generación quien ha ofrecido claves más penetrantes ha sido Luis Enrique Pérez Oramas. Boulton señaló lo que debíamos ver; Calzadilla lo que había para ver; Pérez Oramas qué significaba verlo" (p. 43).

No son los mencionados los únicos críticos consultados por Vegas, no solo mediante la lectura de sus trabajos, sino también, en algunos casos, a través de la entrevista personal. Desfilan por las páginas de la novela ­hecho insólito tratándose precisamente de una novela, y no de un ensayo o un reportaje­ numerosos nombres de críticos, escritores, periodistas y otras personas que el novelista utilizó como fuentes: Juan Liscano, Guillermo Meneses, Juan Carlos Palenzuela, Oscar Yanes, José Ratto Ciarlo, Graziano Gasparini, Armando Planchar, María Elena Huizi, Alejandro Otero, Margot Benacerraf y algunos otros...


VI
Lo escrito hasta aquí no pretende ser un análisis exhaustivo de la novela de Federico Vegas. Es solo lo muy esencial que he anotado a lo largo de su lectura. Pero en Los incu
rables hay mucho más, cuyo examen y juicio haría estas notas demasiado extensas.

Téngaselas, en todo caso, como una invitación a leer esta fascinante novela, con la convicción de que no será tiempo perdido.

fuente:talcualdigita.com

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