No es posible realizar cambios profundos sin arreglar cuentas, antes que
nada, con nuestras propias obras y nuestros propios defectos y errores.
Y pueda que en el centro de nuestras incapacidades se encuentren nuestro
desenfado frente a las tareas y urgencias del momento, nuestra carencia
alarmante de sentido de la responsabilidad y nuestra liviandad ante
sagrados compromisos. Es habitual ya y constitutivo de nuestra
naturaleza buscar la paja en el ojo ajeno, culpar al pasado reciente o
remoto de los males que nos aquejan, construir con insólita liviandad al
chivo expiatorio de los desastres causados por nuestra propia desidia. Y
eximirnos olímpicamente de asumir nuestra responsabilidad en los
desastres, respondiendo a ellos con obras plenamente asumidas por
nosotros mismos. Pues es cierto: sólo obras son amores.
Por eso Sofía Ímber es un caso insólito en medio del carnaval de
nuestras liviandades.
Sin más medios que su inmenso talento, su dedicación a tiempo completo,
su intransigencia frente a la mediocridad y la impostura ha creado la
más esplendorosa y perdurable obra de la modernidad venezolana: el museo
que con toda honra lleva su nombre. Gracias a su seriedad y a su
perseverancia han contado los venezolanos de estos últimos treinta años
con un bien inalienable. Ha transfigurado un mínimo espacio
originalmente dedicado a aparcamiento en un gigantesco monumento a la
belleza. Ha hecho nuestros a los grandes creadores del siglo que
termina. Contra viento y marea.
Por ello, la obra de Sofía, la intransigente, es un orgullo de nuestra
frágil universalidad.
Y si algo es destacable en ella, para nuestra propia gloria, es el hecho
de que Sofía sea una venezolana por adopción, un aporte de la vieja
Europa ahíta de revoluciones y fascismos a nuestro joven e ingenuo país
de promisión.
Ha pagado nuestra proverbial hospitalidad con una obra colosal y
deslumbrante.
Pretender cuestionar esa obra es una muestra de idiotez sin medida.
Ojalá estos nuevos tiempos no caigan en la absurda tentación de quitarle
la gerencia de su más excelsa criatura. Sería un baldón ominoso sobre
nuestra débil y escasa cultura, que hoy, más que nunca, es preciso
fortalecer y enriquecer. Con el aporte de todos. En primer lugar, con el
de Sofía, la intransigente.