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Alma llanera Leandro Area Viernes, 16 de octubre de 2009
Cuando pienso en la geografía del llano no la veo, mientras que al oír su música, allá voy. Así que no es la vista la que me transporta a esa distancia sino una cierta voz que encuentra eco en parte de mí que vibra a su contacto. Tampoco la novela, el cuento o la película tienen el poder encantador de los tonos de ese embrujo. Así no más, el Mar Caribe, los Andes o la selva resultan más comprensibles y pueden ser transmitidos a otros de manera más sencilla a través de la palabra. Al menos así es para mí, que nací en Caracas y que del llano además de Doña Bárbara y otros logros literarios espléndidos, recuerdo alguno que otro viaje juvenil y enamorado. Pero eso sí, tropiezo y entro a cada rato a un restaurante que se repite por doquier mostrando insignias de muerte y otros cabestros momificados en cabezas de ganado, adultos éstos o terneros aquellos, clavados en las paredes para llamar la atención de los viandantes y dar al ambiente y al convite un imaginario (y macabro) aspecto rural.
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![]() Al llano hemos tratado de amaestrarlo y domarlo por lo que de rebeldía tiene para adaptarlo a eso que llamamos identidad nacional. El por su parte ha perseverado en su rutina humana y geográfica y viene a cuento de interés en discursos y proclamas gobierneras cuando se encienden las polainas machistas de las victorias heroicas tan frecuentes sobre estas tierras de Dios proclives a las ventoleras levantiscas como que si eso fuera lo que nos tocara cual destino manifiesto, “porque nosotros somos venezolanos”. ¡Urpia dolores! Por eso es que esta tercera entrega de “Tesoros de la Música Venezolana”, coordinada por Ilan Chester, nos ha permitido a los que no somos asiduos a la música llanera y que vivimos tan lejos de allá a pesar de la querencia, ponernos en contacto con una parte de nosotros mismos que pocas veces sentimos más nuestro terruño que cuando oímos esa música y más aún estando lejos de eso que llaman patria. Este CD es una maravilla, no sólo por el repertorio que incluye, la manera como lo presenta, los magníficos músicos e intérpretes que participan, sino también por lo que evoca y cada quien trata de completar con memorias propias del almanaque hechas canas o calva. Y rescata además para todos un orgullo, una índole, una raíz esquiva pero propia que nadie puede quitarnos, una tal reciedumbre, un sí se puede a pesar, una individualidad y tozudez colmadas de ternura, marcas de fuego, que nos hacen libres frente a dictaduras y otros comejenes. Lo que hay en la música llanera es un valor indómito de lo venezolano, que no se encuentra presente en ninguna otra expresión cultural vernácula, y que frente a la soledad, la distancia, la escasez y el olvido, propone una forma de vida que trastoca la idea de que: “íngrimo e ingrávido nos mira el llano desde los ojos de un caballo”. Esa música es una emoción vital incomparable que despierta el amor que llevamos por dentro y no nos deja. Por eso y más, mientras llueve el peligro, los invito a escucharnos.
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