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Taller de Estudio y Reflexión sobre: Cinco Tragedias clásicas griegas. Armando Rojas Guardia. Viernes, 25 de septiembre de 2009
Se trata de estudiar, analizar e interpretar, mediante la lectura y la discusión intensa-mente participativa de los integrantes del taller, cinco de las principales obras que, en el siglo V A.C., nos legaron como herencia literaria, simbólico-mítica y cultural, tres de los principales dramaturgos de la tragedia clásica griega.
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A) Prometeo encadenado, de Esquilo: ante la cual proponemos dos lectu-ras antagónicas, pero que pueden considerarse como dialécticamente complementa-rias.
A.1) La que hace equivalente la tragedia de Prometeo a un drama sagrado compa-rable, en cierta medida, a la crucifixión evangélica, precisamente a causa del amor y la solidaridad altruista hacia lo humano que Prometeo demuestra al robar el fuego, atributo de los dioses, y obsequiárselo a los hombres. Esta lectura ha influido de ma-nera decisiva en Occidente y nuestra época, desde el Renacimiento (siglo XVI) y sobretodo, a partir de la Ilustración (siglo XVIII) puede ser considerada como una etapa histórica signada por el afán titánico-prometéico, dentro del cual se destaca la rivalidad entre lo humano y lo que domina al hombre desde lo alto (llámese destino o divinidad). La consigna proclamada en las barricadas de la comuna de París (1871) “de asalto al cielo” y, en cierta medida, la visión marxista de la historia representan una consecuencia de esta filosofía trágica que gravita sobre nuestra civilización ex-presándose de muchas formas artísticas, filosóficas, científicas y técnicas.
A.2) Para esta segunda lectura, el mesianismo prometéico constituye una impostura, porque fractura el orden cósmico, universal, querido por los dioses, en aras de una auténtica hybris, un orgullo o desmesura en el fondo demenciales, un gigantismo ti-tánico, es decir inhumano y monstruoso, de la voluntad. Instaura una actitud dentro de la cual el hombre olvida su condición de criatura, los límites y la fragilidad ontoló-gicos de su propia naturaleza y se atreve a soñar con lo imposible, con ser igual a los dioses. No hay que olvidar por otra parte, que lo titanesco (Prometeo es un ti-tán), por su carácter informe, es enemigo de las formas armónicas y equilibradas de la cultura. Por ello, Hefesto debe como lo hace en la tragedia de Esquilo, encadenar terapéuticamente la pretensión del mesianismo prometéico. Edipo Rey, de Sófocles, no sólo simboliza la expiación de la impiedad de sus padres, Layo y Yocasta, que quisieron asesinarlo al nacer para ocultar la lujuria por medio de la cual lo engendraron, sino que es también un expo-nente del castigo que conlleva menospreciar la veneración que se debe a los orácu-los, en este caso dependientes de las consultas adivinatorias al dios Apolo, los cua-les habían vaticinado todas las desgracias que se cernían sobre él, su casa, su fami-lia y su ciudad.
Edipo está atrapado en las redes de un verdadero “complejo de identidad”: quiere saber, hasta la obsesión, quién es, cuál es su origen, qué papel o rol existencial desempeña en la tierra, y los otros parecen constantemente impedírselo. Al final, su conciencia, llena de pánico y vértigo morales y religiosos, va a identificar su ser mismo con la mácula, la mancha pecaminosa y la trasgresión ética: “¿No nací, pues, siendo criminal? ¿No soy un ser todo impuro?”. La búsqueda de su identidad perso-nal, a pesar del carácter involuntario de su parricidio y de su incesto, termina confi-gurándolo como el delito mismo, vivo y actuante entre los hombres. Antígona (Sófocles) simboliza el acto de la rebelión, motivado a la vez por el amor fraterno y la piedad religiosa, ante la ley implacable, oprobiosa, de un tirano (Creonte), quien ha ordenado dejar sin sepultura el cadáver de Polinices, hermano de Antígona, ley que parece oponerse a aquellas otras, deseadas y garantizadas por los dioses, configuradoras del “cosmos” natural y moral que rige al mundo todo. En es te sentido Antígona representa también la voluntad autónoma e independiente de la conciencia individual –pues ella decide expresamente sepultar el cadáver de su her-mano quebrantando el decreto de Creonte- frente al mero poder político, estatal. An-tígona, entonces, contrapone trágicamente el destino de un afecto, una religiosidad y una conciencia personales a la “razón de estado”, aunque ese afecto, esa religiosidad y esa conciencia estén impregnados, de algún modo, de un cierto furor caracterioló-gico por el cual el griego también sentía horror, porque dicho furor se asemeja a la hybris que irrespetaba y quebranta el ordenamiento cósmico, cuya naturaleza es, en el fondo, divina. Hipólito, la tragedia de Eurípides, gira en torno a la venganza urdida y tra-mada por Venus, diosa del amor carnal, contra Hipólito, porque éste, desdeñándola y considerándola “la peor de las deidades”, decide desde su más temprana edad con-servar intacta su castidad, odiando “el lecho nupcial” y la relación erótica con las mu-jeres, al consagrarse en cuerpo y alma a Artemisa-Diana, la diosa virgen por exce-lencia. Venus se venga de esa afrenta que le hace Hipólito inspirando un gran amor erótico-pasional hacia él en Fedra, madrastra de aquél, casada con su padre Teseo. Fedra se dedica a sufrir piadosa y calladamente esa pasión, sin comunicársela a na-die, pero, cediendo a los ruegos de su nodriza, se atreve a revelarle a ésta su secre-to. La nodriza, en un acto de extrema imprudencia, da noticias de este secreto al mismo Hipólito, quien, escandalizado de horror, rechaza esas “nefandas palabras” e insinuaciones, decidido más que nunca a continuar viviendo en castidad su consa-gración a Artemisa-Diana. Fedra al enterarse de lo que la nodriza ha hecho, decide suicidarse, no sin antes dejar junto a su cuerpo difunto unas tablillas en las que pro-clama mentirosamente que Hipólito la ha obligado a realizar el acto carnal con él, deshonrando así el matrimonio que la unía a Teseo. Este regresa a la ciudad de la que se había ausentado mientras ocurrían estos hechos, y, al enterarse del contenido de las tablillas, enfurecido, condena a Hipólito al destierro y a ser muerto en manos del dios Neptuno, quien le debía el cumplimien-to de tres promesas. Efectivamente, Hipólito muere, por voluntad de Neptuno acome-tido por un toro, cuando se dirigía al destierro. Pero Artemisa-Diana aparece, de pronto, revelando toda la verdad e Hipólito, a quien han traído moribundo a la pre-sencia de su padre, perdona a éste. Artemisa-Diana promete vengarse de Venus, la inspiradora de los motivos simbólicos de la tragedia. Hipólito representa el drama de una conciencia artemisalmente casta, virginal hasta el extremo del rigor puritano, que, por no respetar el contenido de la máxima griega por excelencia, “nada en de-masía”, se acarrea su propia desgracia. Por no atender a su propia instintividad cor-pórea, ésta termina vengándose de él, volviéndose en su contra: primero, como Ve-nus, la divinidad de lo erótico-amoroso; segundo, como muerte en manos de Neptu-no, dios del mar, y en ese sentido símbolo del inconsciente, reprimido y puesto de lado por el personaje; y tercero, por el toro, que representa la fuerza primaria, elemental, salvaje, de la naturaleza, a la que Hipólito, con su virginidad rigorista, se empeña en rechazar. Las Bacantes (Eurípides) es una especie de drama sacro, un poco atípico y extraño dentro de la obra de Eurípides, ya fuertemente caracterizada por el escep-ticismo y la crítica a lo propio de Esquilo y Sófocles: el respeto venerante hacia lo di-vino y la exaltación de lo heroico. La institución del culto de Dionisios-Baco es el asunto de la tragedia. Penteo, Rey de Tebas, y la familia de Cadmo, fundador de es-ta ciudad, son víctimas de las iras del nuevo dios, por haberse opuesto a la admisión de su culto.
En Las Bacantes entran en conflicto simbólico elementos como lo femenino y lo masculino, las normas cívicas y un nuevo credo religioso, la ordenación de la ciudad y el entusiasmo implícito en las orgías dionisíacas, lo griego y lo bárbaro, lo apolíneo y lo dionisíaco en sentido nietzscheano. No sabemos, al final, si Eurípides, el escép-tico, confiesa en esta tragedia una renovada fe religiosa, una “experiencia de lo sa-cro”, o nos impone un nuevo ataque racionalista contra la barbarie de ciertos ritos y cultos salvajes.
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