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Anatomía de la melancolía del artista Javier Rodríguez
Eduardo Bolivar

Sábado, 5 de abril de 2008

La presente muestra está conformada por los más recientes trabajos del artista Javier Rodríguez (1975). Este creador formado en las aulas de la tristemente desaparecida Escuela Federico Brandt de Caracas, actualmente residenciado en la ciudad de Berlín, se abrió camino en el hacer artístico internacional realizando estudios complementarios en Londres y asistiendo a artistas de reconocida trayectoria en Nueva York y Tel-Aviv. Dicha experiencia complementada con su destreza y creatividad impetuosa le han valido para generar una producción personal muy atractiva. Muestra de ello es la selección de piezas que nos presenta, facturada con la minuciosidad y el detalle que merece la técnica del collage.

El título de la serie Anatomía de la Melancolía proviene directamente del célebre libro de Robert Burton (1577-1640) The Anatomy of Melancholy publicado en 1621, y de quien Rodríguez se confiesa admirador.

Las ideas allí planteadas sobre la muerte, la religión, la depresión y misma melancolía son génesis filosóficas para las interpretaciones del artista, aunque la trayectoria referencial no es lineal y el objetivo no es crear una iconografía del texto, la búsqueda colinda con territorios más lejanos. En el proceso, el libro es el comienzo, es el agente que activa un sinfín de reflexiones personales en el artista, quien en su incontrolable necesidad de expresión le da forma en el marco de una técnica muy particular.

La aproximación al objeto-libro no se limita a la extracción de ideas, sino también a la admiración por sus láminas ilustradas. El coleccionismo de libros antiguos es una actividad paralela que para Rodríguez es inherente al proceso creador; de un grupo de libros originales de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, adquiere la materia prima para sus obras, asumiendo para sí una amplia referencia visual que es presentada como un discurso individual.

A diferencia de trabajar con pigmentos, el collage merece una interpretación distinta, aquí no descargamos con un gesto de la mano materia en un soporte, aquí se selecciona, recorta y pega. Del restar y añadir imágenes ya creadas se logra su descontextualización y redefinición al ponerles en juego con otros elementos dando origen a un imaginario innovador.

El jugar a desarmar, desmantelar para posteriormente reorganizar y ensamblar se repite en la creación artística, pero como el mismo artista comenta al referirse a su trabajo, "mi obra no sólo se limita a la extracción de imágenes per sé sino también de la extracción de textos y fórmulas filosóficas combinadas". Forma y contenido concertadas con tijeras y pegamento. Ausentes de color, paralizadas en el tiempo, dialogan con el espectador quien hurga minuciosamente en sus partes tratando de rastrear esos seres inmortalizados por las paletas renacentistas; otros inútilmente se remitirán a las ya lejanas clases de historia del arte, aunque forzar la memoria es solo un recurso que sin querer nos lleva a otro tiempo, a otros estratos.

Satisfacción y desconcierto se entrelazan en un solo momento, y al concluir la observación de las piezas sentimos que algo nos falta, que algo se ha movido de sitio sin darnos cuenta. La experiencia estética se hace sacra y profana a la par, los otrora ojos de un santo hoy son parte de la demencia y la angustia. No es casual que Rodríguez nos remita a Nietzsche (1844-1900) a través de la figura del Loco hablando con farol en mano quien nos recuerde cuan responsables somos de la muerte de Dios. El artista, al igual que el Loco, nos presenta simplemente una porción de esa “Putrefacción Divina”, pero no es sacrílego al hacerlo pues al presenciar la obra ocurre de inmediato ese “rito expiatorio” tan necesario para librarnos de culpas.

Permitamos entonces a nuestro cuerpo concentrar por un momento bilis negra, y apreciemos sin arrepentimiento ante estos espejos una porción de esa vaga tristeza llamada melancolía.

 
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