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Maracaibo Cenital
Martes, 26 de febrero de 2008

Desde el año 2000 la Fundación para la Cultura Urbana atesora un archivo de fotografías impresas y digitales, documentos y planos. Este acervo orientado a compilar la historia de la ciudad en Venezuela, hoy alcanza un universo de aproximadamente 80 mil imágenes. Fotografías de autor, retratos, urbanismo y arquitectura, antropología social, eventos históricos, semblanzas del siglo XIX y el XX, registros de la modernidad, constituyen los distintos núcleos temáticos que se perfilan desde la curaduría, y permiten que la colección comience a percibirse hoy como una referencia en el contexto del coleccionismo venezolano.

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En esta infatigable búsqueda e investigación, la iconografía que se refiere a los paisajes de las principales ciudades contemporáneas venezolanas, estructura el fundamento de un desafío institucional centrado en descifrar la verdadera dimensión de estas urbes en expansión, a través de la fotografía digital de autor.

El proyecto Caracas Cenital (2004), se prolonga con la edición de Valencia Cenital (2006) y Maracaibo Cenital (2007), ampliando así el compromiso de indagar en los territorios que abarcarán las ciudades venezolanas al abrirse el siglo XXI. Estas publicaciones incluyen a su vez, ensayos e investigaciones que ofrecen una reflexión arquitectónica, urbanista y simbólica sobre el fenómeno de crecimiento y actualización de estas metrópolis en plena expansión.

En esta exploración del paisaje urbano, las imágenes constituyen una referencia ineludible que enriquecen la colección de fotografías de la Fundación para la Cultura Urbana y se suman a los testimonios de los pintores viajeros y los fotógrafos emblemáticos de los siglos XIX y XX. La indagación fotográfica y el aporte de las investigaciones ensayísticas se distancian de las visiones románticas de la ciudad moderna y se acercan a una postura hiper-real, analizando sin artificio un momento histórico de la ciudad venezolana.

Fundación para la Cultura Urbana

Maracaibo como ciudad región es un paisaje desplegado, su fisonomía urbana está alterada a partir de los años treinta, a raíz de crecimiento de la industria petrolera. Se puede percibir como la ciudad más extensa del país; un foco de crecimiento que se ensancha como un abanico, el cual, a partir del Casco Central y Puerto adquiere un radio de aproximadamente 20 kilómetros de longitud, lo cual señala una extensión de Norte a Sur de 50 kilómetros aproximadamente. Ésta, corresponde a una espacialidad que se espeja, a su vez, hacia el otro lado del Lago, la Costa Oriental, extendiéndose a lo largo de cerca de 90 kilómetros de paisaje urbano costero.

Desde el aire, Maracaibo corresponde a una masa de agua, una sucesión de entidades y escenarios que determinan la producción argumental de esta aproximación, planteada a partir de nueve “momentos concretos” que generan el itinerario de un viaje paisajístico sin límite. El recorrido se inicia desde el Hito o “Puente sobre el Lago” y culmina en la “Planicie de agua” de esta misma superficie lacustre. Recorre “La Llanura sur”, abierta y en construcción, antes de llegar al corazón de Maracaibo en su “Casco histórico”, desde el cual ondas concéntricas dibujan una ciudad que parece no tener límites, desparramándose mas allá de sus fronteras oficiales hacia todos los puntos cardinales. Imágenes de la “Ciudad compacta” y la “Ciudad espontánea” dan testimonio de este crecimiento desbordado y capturan los extremos que se mezclan en el paisaje urbano: dispersión y compacidad. Son quizás los extremos este y oeste del arco marabino donde aparecen dos débiles límites que se tratan de imponer, al oeste el “Cinturón protector” o área rural, y al este el Lago. Sin embargo, en estas fronteras aparentes, la vida y los usos de la tierra y el agua, hacen que dichos paisajes queden plenamente incorporados a la ciudad, llegando incluso más allá del propio Lago conectando la “Costa Occidental” y la “Costa Oriental”, cada cual con sus particularidades, una prioritariamente urbana y otra petrolera.

La ciudad presentada en Maracaibo Cenital es una nueva versión espacial cuyo territorio urbano está referido a la fragmentación. En esta nueva geografía, prevalecen los vacíos urbanos y los terrenos vacantes, con tendencia a la recalificación de la corona externa de la ciudad y a la aparición de espacios de nueva centralidad, que dan cuerpo a una estructura urbana territorial policéntrica y al solapamiento de los límites entre ciudad y campo.

Lo urbano abraza muchos significados, es polisémico, en proceso de gestación. Es un movimiento incesante en el que la ciudad se hace siempre otra. La condición de lo urbano y especialmente la de Valencia, consiste en su reelaboración ininterrumpida desde tiempos inmemoriales. Las imágenes de sus paisajes incluyen lo imprevisto, pero también la historia inamovible de su memoria y su geografía.

En esta selección de paisajes se propone una idea de la ciudad región, que amplía la mirada convencional de la ciudad moderna de los años cincuenta, amoldándola a la visión contemporánea que exige la megalópolis que se asentará en un futuro.

La naturaleza ya aparece como el soporte de la experiencia urbana y no como una aplanada imagen de fondo. Esta naturaleza desde el lago de Valencia, hasta la montaña escarpada y desde allí al mar, ya no se opone a lo urbano. Aquí, como en muy pocos lugares de la geografía venezolana, campo y ciudad, ruralidad y megalópolis entretejen un sistema que debe adquirir su grado de coherencia.

Con la palabra ciudad indicamos, todo el territorio urbanizado. En Valencia nos encontramos con un repertorio de arquitectura, calles y espacios que gozan del privilegio de la visibilidad, pero nos encontramos también con la narrativa de las invasiones, rancherías, espacios vacantes, terrenos baldíos, fincas abandonadas, distribuidores y autopistas congestionadas, que padecen el olvido y la invisibilidad a causa de nuestra incapacidad para describir y comprender, al definir sus problemas y proyectar las soluciones.

Si entendemos el paisaje como una unidad geográfica de prolongada visibilidad, la “Gran Valencia” adquiere cuerpo como una superficie collage, fracturada entre nueve unidades paisajísticas. Podríamos entender estos paisajes a partir de la imagen de un universo en expansión que prolonga sus ámbitos y territorios desde el “Recinto histórico”, irradiando hacia los cuatro puntos cardinales. Estas prolongaciones se proyectan hacia el Oeste en el “Portal Occidente” más allá del Campo de Carabobo, hacia Tocuyito; otro ensanchamiento se extiende hacia el Norte como la “Nueva Valencia”; esta apertura, atraviesa la “Barrera Norte” de la Cordillera de la Costa, se inclina hacia el “Paisaje de Borde” en Puerto Cabello y El Palito; hacia el Sur, el desarrollo es significativo, en la “Llanura Sur” imantado por la “Planicie infinita” del lago de Valencia; finalmente, la secuencia de pequeños valles, definidos desde La Cabrera hasta El Morro, marcan el “Portal Este” o entrada desde Caracas.

Santiago de León de Caracas, capital de la república, fue fundada en el eje principal del valle llamado de San Francisco. Desde la distancia, su paisaje corresponde a una ciudad en transformación. Plenamente tropical y convenientemente caribeña, desde los inicios de su historia, su geografía está canalizada en un recinto interior amurallado por la montaña que le impide la salida al mar. Sin embargo, este impedimento es sólo en apariencia físico, pues su puerto de salida al mundo estableció una relación irrevocable desde sus orígenes con el puerto de la Guaira.

Caracas es una ciudad que se debate entre la dimensión oficial, entendida en el eje Catia-Petare, y la ciudad real, comprendida por un universo en expansión; hacia el Este, por los Valles de Guarenas-Guatire; hacia el Sur, por los Altos Mirandinos y hacia el Norte, por el Litoral Central. Hoy, la ciudad desbordada en sus límites originarios ha superpuesto la conciencia de esa territorialidad en expansión.

Una territorialidad móvil que reseña arqueológicamente las huellas de la colonia y el guzmancismo en su “Recinto Hitórico” o ciudad fundacional, atrapado entre el Calvario y la quebrada Anauco; un espacio que crece en las cuatro direcciones y que se transforma testimoniando, hoy día, los rastros de una modernidad ampliada desde las faldas de la montaña en su “Terraza Norte”, prolongada desde San Bernardino hasta el Marqués. La presencia de un ícono fundamental del extremo oriental con el “Paredón monumental Petare”, cuya morfología proviene del crecimiento descontrolado de su “Portal Este” hacia los Valles Guarenas-Guatire. Desde el casco fundacional hacia el Sur, se percibe un eje de crecimiento desde la Hacienda Ibarra hasta Los Próceres en el “Portal Tazón”, o hacia Los Altos Mirandinos que aparecen como un “Mirador” al Valle, una situación de ensanche y crecimiento urbano que se refleja también en el “Archipiélago de las Colinas del Sur”, hacia el Hatillo y Baruta. Hacia el Oeste, un último desahogo de modernidad que plantea la “Ciudad Dormitorio” de Caricuao. Finalmente, hacia el Norte, cruzando entre túneles y viaductos la barrera de la montaña, un “Litoral - Paisaje de Borde”, un trozo de paisaje urbano desplegado desde Maiquetía hasta Los Caracas.

Ahora, ¡todo es ciudad!, y en la belleza inquietante de la urbe podemos apreciar grandes proyectos transformadores, el vértigo urbano, el tercer mundo, la ciudad legal y la clandestina, los guetos de marginación y de lujo, las situaciones de conflicto, los procesos de colonización lúdica, incluso el espacio interno o interior como un nuevo escenario. Una nueva realidad que comprende paisajes, parques, industrias, estacionamientos, terrenos vacíos, casas unifamiliares, aeropuertos, playas, ríos, “no lugares de consumo”, la satisfacción de nuevos ritos y espectáculos. El paisaje de la ciudad ya no es romántico, ni decimonónico, ni rural, ni agropecuario; ya no es moderno, ni industrial, ¡todo es ciudad!.

 
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