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Tras “La huella del Bisonte”
Rafael Rattia

Martes, 3 de junio de 2008

“La novela carece de reglas. La novela es por excelencia el último bastión de la libertad creativa del individuo. La novela es el territorio de la fantasía, el trasunto imposible de la realidad, el big bang del pensamiento libre y el instrumento con el que el mundo se reinventa una y otra vez. Pura catarsis, puro caos, pura pasión.” (Fernando Royuela)

Casi 250 pàginas de prodigioso y titànico esfuerzo narrativo que se te meten por los ojos y no te abandonan hasta que la novela “termina”; obviamente, es un decir, porque a decir verdad se trata de una aventura interminable del espìritu. “Karla”, “Mario”, “Gabriela” y “La huella del bisonte” conforman el tetràlogo propuesto por su autor, Hèctor Torres, escritor de aquilatada y densa prosa narrativa que se incorpora al minùsculo y aristocràtico coro de las voces novelìsticas de la ùltima generaciòn literaria venezolana con una madurez discursiva digna de los mejores encomios por parte de la crìtica.

El autor de “La huella del bisonte” se erige con esta novela en artìfice de un universo psicològico de hondas resonancias intimistas y explora, con inusual maestrìa narrativa, esas zonas vìrgenes, pulsiones bio-psìquicas que inexorablemente emergen a la superficie vital de la màs rica y compleja etapa de un ser humano; la acadia adolescente, muy escasamente abordadas por nuestra narrativa venezolana de la ùltima centuria.

“Karla”, personaje fundamental que el autor invenciona con nìtidos perfiles psico-somàticos, descubre su sexualidad al frente del manubrio de su bicicleta una mañana al fragor de unos impulsos sùbitos y desconocidos mientras se dirigìa al abasto en procura de unas frutas que le habìa encargado su madre. Como todo lo crucial en la vida, adviene y se manifiesta de modo inesperado haciendo caso omiso a las leyes de la predictibilidad. La poderosa capacidad descriptiva que exhibe el autor en los pròdromos de esta novela se pone a prueba merced a unos raros dispositivos narrativos en los cuales el escritor desdobla, desde la psique de su personaje, al actante convirtièndolo en proyecciones de personajes provenientes de la faràndula nacional, verbigracia, Karla se metamorfosea en Madonna, o en Catherine Fullop, en Gigi Zanchetta o en Rudy Rodrìguez. Un asombroso dominio de las imàgenes narrativas se van sucediendo en el curso de las pàginas de esta novela y, por momentos, el lector tiende a olvidar que està leyendo, pues de estas memorables pàginas surgen escenas màs cinematogràficas que novelescas. Permìtaseme decirlo de esta manera: es como si el escritor a travès de cada pàrrafo, de cada pàgina, nos proyectara trozos de vida intensa y palpitante en todo su esplendor y, naturalemente, en toda su cabal aura mediòcritas tambièn, juntamente, sin desmedro de una a favor de la otra.

El arte masturbatorio de Karla alcanza en la prosa novelesca de Hèctor Torres cotas de magnificencia y excelsitudes tan extrañas que no le encuentro parangòn estètico-literario en el panorama narrativo de las ùltimas dos dècadas.

Caracas es un leit motiv que perdiò su amabilidad, dice el narrador. Mario, un gris libretista de televisiòn, novelista fallido, con un traumàtico divorcio a cuestas, cuya vida no pasa de ser un terrible y doloroso eufemismo que se desgasta en el triàngulo agobiante del Bar, la Librerìa y la Discotienda; ah, lo olvidaba; una visita mensual a su madre insomne e hipocondrìaca. La portentosa imaginaciòn del narrador idea el personaje de Mario como perfecta coartada psicològica para acercarse al deterioro de las relaciones dialògicas-comunicativas entre su madre y èl. La cotidianidad, esa viscosa materia que todo lo envilece y degrada en la vida vertiginosa de la urbe es puesta en entredicho por el novelista y sometida a càustica recusación moral por el novelista sin caer en falsas pontificaciones moralistas.

 
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