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Mi papá Ramón
Américo Gollo Chávez.

Lunes, 2 de julio de 2007

Nació Rafael Ramón Gollo, en Cuicas, claustro de encuentros grandes según los dictámenes de Dionisio y las sublimes decisiones de Afrodita, para los acaudaladazos caroreños bien en sus viajes de aventuras de escapes en donde se alcanza llegar desde el origen, con el Big Bang sediento, hasta los lujurioso lascivo avaros agujeros negros o los encuentros de reconciliación, para el mágico perdón de la amada perenne en cosas, casos, casas, iglesias, bautismos, funerales, matrimonios, comuniones, confesiones, y todos los valores que conforman la cotidiana vida. Espacio abierto donde Capullito de Alelí, a quien así identificábase no tanto por repetir en suave armoniosa y afinadísima y apenas perceptible voz la canción de Rafael Hernández sino, mas bien, por la belleza color de anhelosalelí que aquel ser decepcionado en amores fue a parar allí en el absoluto abandono de sí hasta perder la identidad de su memoria para el encuentro de sí en soledad plena, o para saberse consigo en la soledad de aquel lugar, donde nunca hubo sitio sino para el trabajo, la oración, la bondad, la palabra y la música. Pero, según sus versiones, cantaba y cantaba porque en cada silencio entre cada compás la veía, la hallaba en la virginidad de su belleza, pues si bien cierto era que ella huyó de él, en él quedó, como queda en olor la piel viva de amor incandescente en llamas que avivan y no queman. Nunca hubo allí problemas se sangre, de violencia, ni herido cayó alguno de palabras colmadas de ofensas. Y si la muerte vino montada en algún crimen, sus responsables llegaron desde lejos y se fueron sin que en su contra brotara el odio o pesara la venganza, y, ¿la justicia?, solo tenerlos lejos en olvido era buena. Ah! Pero lo más grande, no distinguir a los llegados de los que aquí nacieron, en lugar de bárbaros, extranjeros, se les reconocía como propios, como recién llegados, verdad era, pero se asumía que habían vivido antes en cada casa, en cada piedra, en cada mata de las que abundaban vestidas siempre de intensos verdes sobre matices apenas ahumadas de otoño, de hortalizas, maizales, pájaros en los veranos mas intensos. Para quien no supiese nada de aquella población, de su gente, y llegase de pronto, verificaría que los verdaderos bárbaros, los que no hablaban la lengua, inexplicablemente eran los nativos, conscientes de que la palabra ha de tener el adecuado uso para que en ella viva el silencio de la poesía.

Según los ires y venires del tiempo, se iban y venían sus gentes, y trajeron, y llevaron, y dejaron, y conservaron sus avíos de siempre y llenaron sus talegos para el viaje con sus nuevas cosas que entre todos hicieron y sus sabidurías en cada viaje de idas y regresos o de ausencias sembradas de presencias, en cada uno de los miles de pasos por el mundo, en cada lugar nuevo por ellos descubiertos, se mantenían intactas las cosas del mañana en el ayer presente. Eran de Cuicas, bautizada luego como el sexto continente, por una niña hecha de auroras, de cuentos y poemas, el único donde jamás se tiene divisiones de razas, de clases, ni de oficios y tal grado alcanzaron que entre las adoratrices de María bien podía haber una maestra en cuestiones de sexo generosa, sabia iniciadora savia para la reafirmación de la virilidad inconfundible de la niñez o refugio de las memorias de ancianos que en ella reencontraran sus tiempos de aventuras y besos, o una carmelita descalza, que llegaba al éxtasis en la más pura contemplación de lo divino y en el dolor de andar tras las huellas en piedras escondite de sombras.

De ese modo de ser de hacerse y existir nació Rafael Ramón, mi papa. Fue su padre hijo de un nombre italiano, Roseliano, que había llegado en el apellido y cuerpo de un viajero quien, según opinión de muchos historiadores y biógrafos, venía de Bologna, huyendo de sus pasos, y, enredado en una negra noche embarazó apenas sin saberlo a una desconocida de quien sólo se salva su apellido, Vásquez. Tal vez recurrió a una violación sin sufrimientos por el desconocimiento del idioma. Los sufrimientos se conservan y viven en la palabra. Ella se expresaba en extraña lengua, quien sabe cual, una de las que hablaban los timotocuicas. Y él, también se cuenta, nunca pudo jamás pluralizar las palabras con la s castellana y menos pudo conjugar los verbos irregulares, en cambio fueron tan famosas sus formas, posiciones y duración en la construcción del amor sobre la grama, en los árboles, las piedras y las aguas, que se hizo en glorias hasta ganarse la admiración de perros, patos, lavanderas y, sobre todo, la fábula de sus mañas eróticas en los susurros ocultos de las mejores damas.

Roseliano se hizo Roseliano en su hijo, a quien para formar su identidad, los suyos y los otros, llamaron Don Roso, en corto trato y en los documentos, Roseliano Vásquez, quien de aquí en adelante será sencillamente mi abuelo, que engendró a mi padre, su ahijado, en Evangelista, mamá de mi Papa. Evangelista, nunca nada de ese nombre supe, solo su curioso apellido, Gollo, que era rubia, de suaves amarillos sus cabellos, de azules ojos como el cielo de los amaneceres en verano portadores de vientos y que cantaba en dúos con las paraulatas. Por sus señas y el tipo de belleza se la identificada como venida de muy lejos desde antes de los tiempos, o de los mismos lugares de donde llegaron los D´Apollo, Morello, Pifano, Moraurtte, Pasquiere, Fiorito, Berti,.…pero sobre todo era distinta, como lo demostraba su actitud de indiferencia absoluta como si de sí nada quiso saber decir ni oír y tampoco de otros…bautizado Rafael Ramón Gollo, según los cánones de la época, se dice en el libro en letra clara de perfil y palote, que era hijo natural, así dicen los textos, de Evangelista y de ese Roseliano, y que ese niño varón allí presentado era hijo del nombrado Roseliano Vásquez y que así se reconocía y suscribieron dos testigos que por no saber firmar pusieron sus huellas debajo de sus nombres escritos de clara manera y bien legibles, por el secretario de la prefectura. En el acta se hace saber también que el don Roso reconocía ser el padre del niño presentado, pero que prefería llamarlo ahijado para evitar así enfrentar el destino trágico del Oráculo dispuesto en Delfos y así fue y que no pudo asistir al acto por los asuntos de sus negocios, llenos los fines de semana de los más importantes actores del gobierno. Así queda escrito en el folio correspondiente.

Creció Ramón a cielo y campo abierto. Del cielo secuestró el azul para poder andar en las profundidades de la noche, de la noche sus sombras para mirar al sol sin temores ni riesgos De las serpientes aprendió la prudencia, la perdiz le regaló la habilidad del esconderse, del águila el arrojo que en equilibrio mezcló con la simpleza transparente de la paloma, de cada planta el diálogo invisible que orienta el sentido del camino y del café los sueños de su aroma. Pero su gran aliado, el caballo, síntesis,-decía- de verdades y magia. Sembrada en él quedó la sublimidad de su belleza e indetenible amor por la libertad y la pureza de su concupiscencia. Su deleite, descifrar los juegos de las aves, escuchar quebrada arriba las conversaciones de los peces, proteger las abejas sin dañar la voracidad del turpial, para que coexistieran en el juego de hacer más pura y dulce la miel y más profundo, largo y alto el vuelo. Hubo un solo maestro en su existencia, Andrés Lomellí Rosario, bachiller sabio de la era quien culminaría su existencia convertido en uno de los más honestos y graves juristas, que tan poquitos han existido en estas tierras. Maestro fue por sus indagaciones tras la verdad, por el amor a la palabra para hallar en la literatura su refugio, a la historia para el encuentro del qué hacer humano en sus contradicciones de errores y virtudes y su apego a la matemática para ascender montañas. Y su sabiduría, convertir a cada alumno en su discípulo tras la bondad y la belleza. Nueve meses de escuela estuvo Ramón bajo al dirección de su Maestro, su único Maestro. Suficientes fueron para viajar desde Homero, Cervantes, Calderón, Quevedo, compartir las aventuras de Guillermo Tell, Shakespeare, Goethe, Las Mil y Una Noches, los versos del Kayahn, Andrés Eloy, Gallegos, Darío, Vallejo, Nervo, Neruda, Vargas Vila, Julio Flores, García Márquez, hasta algunos amigos, Uslar Pietri entre ellos y el poeta Miliani se llevó de su casa unas polainas que jamás volvieron, desaparecieron en Chile de miedo huyendo despavoridas por el asesinato de Allende.

Condenado fue por su padrino al más inclemente de los estricotes que sin odios supo superar con su sonrisa de memorias. Decía de él, de su padrino, que tenía sangre de Nemrod por cosas obvias y de Midas no tanto su avaricia, que era buena, sino sus grandes orejas que lleva cubiertas para ocultar su corazón. No se sabe cómo se hizo bailarín de tan alta nota que lo buscaban las muchachas para echarse a volar en la magia de la danza, el pasodoble, el vals, la polka, un bolero, y, desde luego, un raspacanillas, un joropo, un golpe. Tampoco se ha encontrado noticia alguna de cómo se hizo excelente cuatrista y mejor cantante, tenor de voz, que conjugaba en lírica armonía, boleros, tangos, merengues, golpes, canciones, serenatas frente a la ventana que protege y trasluce esperanzas……Y grande, en la declamación de poemas ajenos y sin añadir cuentas a sus cuadernos de memoria, compuso canciones, poemas y regalaba a los jóvenes de la escuela y del liceo los textos de amor hechos acrósticos cuya belleza siempre iba mas allá del nombre.

Transitó los caminos de la política con tal sabiduría que jamás orientar quiso a sus hijos y amigos que siguieran sus pasos, cada quien ha de ser cuanto decida y guardaba silencio. De sus manos conocí a Rómulo Betancourt, le descubrí una camisa de plomo sobre su espalda y panza. Y la prevención en sobrio tono de mi padre, aléjese de él, es un riesgo por su perversidad, me dijo, pensamiento desleal, autócrata, comisario y puchungo. Un enano en el siglo de Fidel, sentenció.

De ese modo vivió, creció, sin preocuparse por quien debía ser sino haciéndose siendo en cada acto. Jefe civil, secretario, juez, consultor,…sabio erudito experto, a la vez todo. Consejero y refugio del pueblo, todo el pueblo. Un papa tuvo, leal, sencillamente bueno, anda le dijo, descubre el universo que está al final del viaje que se empieza con convicción y fe para alcanzarlo. Críspulo, así llamose el Negro. Nadie supo de él, ascendencia u origen, que era persa o árabe, así decían o quien sabe de donde era, negro fino, de nariz aguda y pelo liso, de alma blanca como la nieve de los más altos cerros. Lo acompañó de cerca en sus desvelos y para morir se hizo espanto que lo guió entre montañas, aguaceros, y rayos hasta traerlo al pueblo. Agonizaba Críspulo. Casi no alcanzo a verte, así dijo y que Dios te bendiga y se marchó, iba montado en una muerte plácida como si Dios lo esperara en el cielo y verdad fue.

Del matrimonio con mi mama, nacieron siete hijos, de ellos varones seis y una hembra y también la viudez. La viudez es el nacimiento de la ingrimitud y el tránsito a la soledad que pesa cuesta arriba sin saber donde ir regresar venir, es deambular sobre el propio destino, ajeno de caricias colmado de recuerdos inasibles y nostalgias por cuanto sin hacer quedó desecho. Los hijos son la apuesta y el riesgo. Así solía monologar al desplazar sus cejas en paralelos de ascensos y descensos opuestos. Se quedaba en silencio en largo tiempo de pesada espera. En ese transitar llegó su límite, el cuatro de julio murió sustentado en el eco de sus mandatos y en la belleza de una vida buena. Que lo devuelvan a su pueblo repetían las montañas. Así ordenó a sus hijos, y que lo entierren con María su Mujer. Tiempo es de volver a entonar canciones, las canciones mas bellas para hilvanar los primeros amores con los tiempos sin fin que juntos llegan. Y así hicieron para evitar que su viaje insomnio fuera. Yo andaba huyendo como si en mi distancia retenerlo pudiera y esperara mi vuelta, en Prien, un pueblo donde vive la placidez del agua, la dulzura de los Alpes, las delicias de los poemas de Hoderling y desde allí, sin ventanas ni asomos de ruidos, deleitarme con Mozart sin mediaciones pude. Me cuentan que cada hijo dio de sí el más grande de todos los homenajes de la espera para su despedida, reiterarle su amor en armonía para su entierro, y compartir en la entrega de las charreteras de Gerardo, mucho más que su homenaje que justo, bueno, bello era, de su desprendimiento que sí era, fuese señal y símbolo, herencia de cuanto sembrado hubo en cada uno por ellos cultivado y deshacer las penas, superar las distancias de cuanto aleja, volver a los caminos del encuentro para empezar el viaje tras los sueños con el avío dulce de sus voces a cuestas..

Hoy no se donde estoy ni donde cada uno de nosotros se encuentra. Solo se que es mi papa con su acento profundo de palabra grave, como Críspulo fue papa de él, como mi papa es, Rafael Ramón. Y anhelo estar en cada uno de mis hijos como su papa en historias poemas leyendas cuentos y un poco de verdad de yerros y de aciertos, de amarguras y besos…lejos de la viudez, es buen lugar...



 
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