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Otro kaddish por Adriano Rafael Osío Cabrices Lunes, 21 de enero de 2008
Quien sabía de la existencia de Adriano sabía, en primer lugar, dos cosas, las más difundidas. Una, que escribió País portátil, uno de los textos imprescindibles de la literatura venezolana de cualquier época y en cualquier género, una novela generacional, una novela de los terribles años 60 y una novela del tránsito de la Venezuela rural a la urbana; un libro lo suficientemente importante para que lo mandaran a leer en el bachillerato y para que, al margen de eso, se siguiera leyendo, citando y publicando. Muchos nos acordamos de ese libro con lo que empezó a ocurrir en Venezuela en la década anterior: tristemente no los suficientes para que algunas de sus historias más tristes no se repitieran. País portátil, llevado al cine por Iván Feo y Antonio Llerandi, era tan célebre que al mismo Adriano le desesperaba que no se recordara otro libro suyo sino él; hasta el punto de que su última novela, Viejo, pasó más bien desapercibida, no obstante su considerable calidad, porque no logró quebrar la monolítica sombra de aquel hermano mayor todopoderoso. La segunda cosa que flotaba en la órbita exterior de la celebridad de Adriano era que bebía mucho, que se echaba muchos palos. Las muchas horas que él pasó en las barras de algunos restaurantes caraqueños le hicieron protagonista de una persistente leyenda urbana del cotilleo cultural, según la cual había sido visto borracho en tantos sitios que, de ser cierto todo eso, él hubiera tenido que multiplicarse. Sus alumnos de la UCV mencionaban siempre sus sospechas de que había ido ebrio a darles clases. Y los asistentes a sus conferencias atribuían al alcohol cualquier indiscreción o despiste que él hubiera manifestado desde el podio. Probablemente, Adriano bebió mucho menos de lo que se le atribuyó y mucho menos de lo que lo hacen unos cuantos que andan por ahí. Pero su originalidad reforzaba la percepción colectiva de era muy dado al whisky: tal vez porque demasiada gente no se explicaba que un hombre fuera como fuera sin emborracharse primero. Porque Adriano era un tipo que convocaba el afecto de una gran cantidad de gente, a la vez que el respeto y la admiración. Esas tres cosas, juntas, son muy escasas en Venezuela. Pero con él coincidieron, junto con el asombro por la frondosidad de su cultura, por la persistencia de su talento, por la honestidad de su relación con la cultura y con la sociedad. Adriano era tan fiel a sus lecturas y a su arte que publicaba sólo cuando le parecía, aunque pasaran largos años entre un libro y otro. Era un hombre por completo entregado a la literatura, tanto delante del teclado como lejos de él: la literatura lo atravesaba, lo invadía, lo levantaba de la cama y lo llevaba a ella, lo dirigía cada vez que abría la boca o juntaba sus dedos en torno a una pluma o una tiza. Era un sacerdote de la inteligencia y de la sensibilidad, un comprometido servidor de la belleza en una sociedad que con frecuencia pareciera tenerle miedo a lo hermoso y lo pacífico. Por eso su muerte dolió tanto. Porque era un hombre coherente, que no se negoció a sí mismo. Porque encarnaba lo que este país pudo llegar a ser y no fue. Y porque nunca, nunca dejó de ser Adriano. |
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