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Ana Enriqueta Terán Presencia de lo inasible
Alberto Hernádez

Lunes, 17 de agosto de 2009

Nacida en Valera en 1918, forma parte de un estadio de las letras venezolanas en el que se conjugan las formas clásicas españolas y la irreverencia del verso libre. Su presencia se revela en la capacidad para ensayar con el lenguaje hasta convertirlo en materia extraña e inatrapable.

En De oficios y de nombres, Ana Enriqueta Terán resalta el juego de la palabra-objeto, vacío metafísico que la enfrentaba a la realidad: ese vacío le producía gozo y terror al mismo tiempo: “Pero me salvaba, y aún me salva de lo real. La silla existe, y después del desvarío vuelve a estar en su sitio”.
La poética de esta mujer, viajera por el país en el que ha vivido y al que dejó para ejercer la diplomacia, es una travesía que le ha aportado a su trabajo características variadas. La palabra calca el lugar y se hace el sonido de ese lugar. Cuando afirma su afecto por

 

Góngora y Garcilaso de la Vega está “un deseo de atrapar su música”. En tal sentido, esos paisajes la han llevado a sentirse libre, dueña de sus tonalidades verbales.
Una lectura de la vida de AET nos lleva a decir que la casa no sólo es el lugar donde se crece y se muere: es el vientre de la madre, la primera voz, porque la casa como fortaleza era también “feminidad, amor y devoción por el arte”. Esta revelación define la existencia poética de Terán, aunado al carácter apolíneo de su tránsito por la escritura: la belleza –no la de Rimbaud- no es un naufragio, es “ardor purísimo”.
Los primeros intentos, nervio de Al norte de la sangre (1946), de la poesía de Ana Enriqueta Terán dicen del uso críptico del lenguaje: se afinca en el nombre por ser “esencia, punto central de un infinito imponderable, el verbo es Dios y los adverbios matizan la fatiga de ambos”. Enarbola su apego por los poetas españoles: “Garcilaso me acompaña en las derrotas amorosas; Santa Teresa me enseña cómo desear a Dios, Góngora se vuelve licor de libertad en mis liras, tercetos y sonetos. El verso es una rayadura perfecta en lámina de oro”. La palabra es el cuerpo, la belleza que también tocó el espíritu de esta trujillana que continúa abundando en la poesía venezolana. Esta primera aventura de AET se condensa en esta aseveración de José Napoleón Oropeza, al referirse al poema “A un caballo blanco”, del libro Presencia terrena (1949): “Se afirman, se condensan y se prefiguran en ese soneto los temas, variantes y obsesiones de su poesía: la síntesis cosmogónica de la imagen que convierte a los elementos de la naturaleza en reflejos y espejos de un solo ser; el paisaje como cuerpo del poema, arboladura del vivir”.

-La geografía del poema-

La poesía de Ana Enriqueta Terán se mueve por el territorio de un país estático.
En efecto, Terán marca la respiración de su trabajo creador a través de una geografía cuya cronología advierte los avances de la autora en el discurso poético: los valles de Momboy alojaron su infancia, donde los sonidos construyeron el imaginario para lo que vendría después. La adolescencia la halló en Puerto Cabello. Descubre ventanas y “mi poesía se nutre en caldos oscuros en antesalas de esplendor. No estoy en posesión del idioma, pero amo, afino el instrumento que habrá de servirme para triunfo y humillación en una misma línea”.
La Biblia la aproximó al Salmo 109, y así, después prefigura Música con pie de salmo, pero antes había escrito Verdor secreto (1949), De bosque a bosque (1970) y Sonetos de todos mis tiempos (1970-1989).
Entre 1946 y 1952, la poeta se encuentra en Uruguay y Argentina: “Mi poesía usa coturnos de sombra en vez de las ágiles sandalias del primer tiempo. Porque el del Sur es otro tiempo”. Pasa por Norteamérica, por París, y en 1954 se instala de nuevo en la casa materna. Allí, entre el recuerdo de la madre y la puesta en marcha de una modernidad aún en ciernes, entra en conflictos y admite no hacer Letrismo, “pero el verso libre me solicita y voy a él con respeto y autenticidad. Sin embargo, no abandono las formas clásicas; no las abandonaré nunca. Sonetos y tercetos me serán fieles y andaré por ellos con distintas penumbras pero con un mismo trazo de libertad y honestidad”.
Entonces aparece Música con pie de salmo (1952-1964), para sorpresa de los lectores, acostumbrados a leer la música de su rima perfecta.

Distante bella lobezna desprendida de los bosques;/ inmensa y sombría como el descenso de las águilas/ en la soledad de los salmos;/ guardadora de verdades y máscaras opuestas/ al rostro común señalado de infinito; /sensorial y eterna como el paso de las razas/ sobre la brillantez oscura de las piedras…

Sigue El libro de los oficios (1967), con la mirada puesta en Morrocoy, cerca del puerto que la acercó al océano. AET dijo de aquellos días: “Aprendo a sobrellevar cargas insostenibles de verbo ante la pureza de los objetos; me rodean muebles de madera de cardón, con palidez atenuada por el uso”. El poema es la casa, el recuerdo de la dejada en la voz de la madre. Sigue: “Se cocina con leña en ollas de barro; se hace el pan; hago carpintería. Empieza frente al mar el sortilegio de los oficios (…) Estoy en mi reino”.
En Margarita nace Libro en cifra nueva para alabanza y confesión de islas (1967-1975). Desde una ventana pronuncia que en la Isla “la palabra es piedra y sequía. El entorno insular se afecta de manera profunda, acaso en beneficio del poema”.
Aparecen los títulos Casa de hablas (1975-1980), Libro de Jajó (1980-1987), donde “la montaña me devuelve suficiente menudo para la evocación y cómo fueron mis ancestros, cómo las haciendas perdidas, cómo los cultivos de caña y café”. Después, Casa de pasos (1981-1989), donde, según Yepes Azparren, “no encontramos el virtuosismo del asombro sino el oficio de una escritura elaborada que encontró en su lenguaje maneras que se repiten en el continuo, para lograr sólo ocasionalmente versos que se quedan vibrando hermosamente”.
En Albatros (1992), el acto poético recrea un ámbito oscuro. Hilos invisibles, voces de un hermetismo convertido en contemplación mística. AET se hace al aire y se transforma en imagen alada. Desde la presencia indolente de Baudelaire, construye el silencio de unas aves torpes y pesadas: “duermen en el aire”, como la poesía, como lo inalcanzable. La metáfora de Bachelard se desplaza frente a la mirada del lector, hasta Construcciones sobre basamentos de niebla (2006), conjuro donde las imágenes siguen el curso del misterio.

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