Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Cultura

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Los valores de la obra de arte

Enrique Viloria Vera

Martes, 11 de abril de 2006

Todo necio confunde valor y precio.
Antonio Machado

La conmoción que produce una obra de arte no es única ni mucho menos unidimensional; la misma es un hecho plural de impactos innegables en diferentes dominios del quehacer humano; es por encima de todo un hecho plástico que tiene, sin embargo, repercusiones inevitables en lo social, y sobre todo, en lo económico. Indefectiblemente, la obra de arte plantea en quien la crea, vende, contempla o adquiere, una necesidad de valoración y comprensión, de interpretación, de significado, más allá incluso de las razones – a veces inexistentes – que puedan o no habitar en la intención del propio artista.

Esta humana búsqueda de explicaciones, de interpretaciones y significados, lleva a muchas personas a una muy comprensible confusión entre valor y precio. Recordemos, en este sentido, las conocidas y pícaras anécdotas de Pablo Picasso cuando fue consultado, en momentos distintos de su vida y de su creación plástica, acerca del sentido, del significado de sus obras plásticas. Muy joven, en el ahora muy reputado Bateau Lavoire en Montmartre, tolerante, coqueto, seductor y entusiasta, al ser interrogado por una fresca y atractiva mademoiselle acerca del significado de una de sus recientes y descabelladas obras, le respondió: “Ma belle, ¿ para qué quiere UD. entender el canto de un pájaro? Décadas después, senil, intolerante y cascarrabias, al ser nuevamente consultado acerca del significado de uno de sus cuadros, esta vez por una dama ya no tan bella, fresca y agraciada, le respondió un tanto hastiado de la tantas veces repetida pregunta: “Chère Madame, eso, eso significa un millón de francos”.

En efecto, frecuentemente entre coleccionistas, galeristas y críticos de arte se emiten conceptos, en apariencia disímiles y contradictorios, acerca de cuál es el valor de una obra de arte. Los críticos, desde su perspectiva analítica, reivindican la exclusiva dimensión plástica; los galeristas, desde su punto de vista comercial, enfatizan su valor económico en el mercado, mientras que los coleccionistas se muestran orgullosos del reconocimiento social, expresado por amigos, familiares y allegados ante la posesión de la obra de un determinado artista.

En nuestro criterio, tanto el dicente epígrafe del poeta Machado como las irónicas respuestas del maestro Picasso, nos conducen a señalar que la obra de arte tiene diversos valores, en la misma medida en que es expresión de un conjunto de variables, de percepciones, que, lejos de divergir, deben integrarse en la consideración del valor final, teleológico, de la propia obra de arte,

A los fines de una mejor comprensión de esas facetas, aspectos o valoraciones reconciliables de una obra de arte, proponemos tres dimensiones que permiten aprehender y evaluar mejor los productos de la creación visual.

La dimensión plástica La actual dimensión plástica de una obra de arte contemporánea, a diferencia de los criterios plásticos vigentes hasta las postrimerías del siglo XIX, se asienta ahora sobre su capacidad de innovación y conmoción, sobre su novedad y diferenciación, y no más en los exclusivos criterios de belleza formal, de acendrado realismo o naturalismo. En efecto, en la actualidad una buena obra de arte es aquella que por novedosa, aporta algo distinto, añade un valor en la evolución de la historia del arte, arte es como lo reconoce Janis Hendrickson: “… el permanente esfuerzo por amplificar los significados del arte”.

La novedosidad se erige así en criterio plástico contemporáneo, aunque debamos advertir que no necesariamente todo lo nuevo es bueno, como con buen criterio ya lo sostenía Karl Popper: “en filosofía como en arte, lo único importante es el contenido: en ningún caso la novedad.”

Las nuevas propuestas plásticas han llevado incluso a valorar tanto la simplicidad esquemática del minimalismo, lo deleznable y marginal del arte pobre, lo desechable y espurio del arte efímero, la obviedad y elementalidad de las instalaciones, el naturalismo a ultranza del land art, como, cada vez con más frecuencia, las propuestas plásticas realizadas con el auxilio de medios electrónicos o mecánicos: el video arte, el arte digitalizado en computadora, la fotografía tradicional o digital, ya que tal como lo asienta Víctor Vassarely: “no hay que temer a los medios que la técnica nos aporta; sólo podemos vivir en nuestra época.”

De esta forma, el podio y el caballete, el óleo, la acuarela y el pastel, el lienzo y el papel dibujado o grabado, el bronce, la madera y el barro quedaron para otros tiempos, al decir de los críticos contemporáneos y a la moda, aun cuando también es cada vez más cierto que la ausencia de emoción, el fastidio y la repetición de las nuevas expresiones vienen propiciando un renacer, una nueva aceptación de la pintura, el dibujo y la escultura tradicional.

En fin, esta valoración plástica está en cabeza y juicios de la crítica profesional y de las instituciones especializadas. La aceptación en salones o bienales de arte de reconocida importancia, los premios y menciones recibidos, las exposiciones en museos de prestigio o en connotadas galerías de arte, la incorporación de la obra a museos o a colecciones públicas o privadas de alta significación, su ubicación en espacios cívicos o corporativos, los libros y comentarios escritos en periódicos y revistas especializadas acerca de la producción plástica de un artista, constituyen, sin dudas, un índice, un indicador, y nunca un criterio seguro y suficiente, acerca del valor plástico de la obra de un determinado creador plástico.

La dimensión económica Si bien es innegable que el valor esencial, trascendente y definitivo de una obra de arte, a la larga, es el plástico, no por eso es posible dejar de reconocer que en la actual sociedad capitalista de consumo, la obra de arte es también un objeto comercial, un valor de cambio.

Una obra de arte, en nuestra economía mercantil, debe poder ser traducida en moneda, tener un precio, una cotización en ese incierto e imprevisible mercado del arte. Esta dimensión económica de la obra de arte está en manos de los galeristas comerciales, en la iniciativa y poder de venta de los llamados marchands, en la convocatoria y profesionalismo comercial de las grandes casas de subasta nacionales e internacionales, a ellos corresponde pues la génesis, el origen, la responsabilidad, de esta actual e inevitable valoración económica de la obra de arte.

Invariablemente, aunque no sea norma aplicable a rajatabla, detrás de cada buen artista encontramos un buen galerista, y más en nuestros días cuando la división del trabajo, el sentido de equipo, la profesionalización tanto de la creación plástica como de la comercialización de la obra de arte amerita, exige, de gentes conocedoras de su oficio. Ambos, tanto el artista como el galerista, pueden entonces, cada uno por su lado, concentrarse en sus disímiles oficios, sin las indebidas distracciones de su quehacer profesional y sin distorsión de sus respectivas vocaciones: creadora una, comercial la otra; cuando esta relación entre artista y galerista es de mutua y genuina colaboración, pueden, en consecuencia, erigirse en genuino binomio de mutuo valor añadido.

Sin embargo, como decía el poeta español Antonio Machado en el epígrafe: no se puede confundir valor y precio; aunque reconozcamos explícitamente el inevitable valor económico de una obra de arte, no debemos asimilar unívocamente valor y precio. Dicho de otra forma, no necesariamente la obra de arte más cara es la mejor.

La dimensión social Por último, es conveniente también aceptar que una obra de arte, además de constituir un valor de cambio, posee igualmente un valor de uso. Buena parte, por no decir toda, de este tercer valor de la obra plástica está en manos de los coleccionistas, en la disposición del público, del ciudadano común para tenerla en sus hogares y oficinas, otorgándole un aprecio, una valoración, en este caso absolutamente social.

Este valor se expresa entonces en casas, jardines, paredes, pedestales, mesas, computadoras personales, en fin, en espacios reales o virtuales que los coleccionistas ponen, gustosos, a disposición de la obra del artista plástico de su preferencia, puesto que como acertadamente lo expresa Antonio Trevisan: “una obra que no encuentra eco es como un hombre desterrado.”

Una obra de arte se completa con el contacto con el espectador, con el dialogo con el público; amerita de ser explorada por ojos distintos a los de su creador, a los de los críticos y galeristas; de lo contrario, la obra corre el riesgo de no llegar a ser, de permanecer anónima, de sucumbir inacabada, inconclusa, por efecto de la perfección neurótica del artista, tal como le ocurrió al incesantemente trabajado, hecho y deshecho cuadro de Claude, el frustrado y suicida pintor francés, protagonista de la demoledora novela La Obra de Honorato de Balzac, aquel “…trabajador heroico, un apasionado observador con la cabeza atiborrada de ciencia un temperamento de pintor soberbiamente dotado...¡Y no deja nada!”. O expresado en palabras menos decimonónicas por el escritor argentino Julio Cortázar: “el artista quiere ser visto. Mejor dicho, quiere ver que lo vean.”

En fin, una obra de arte requiere, para salir del anonimato del atelier, del orgullo de quien la posee, de la pasión de su propietario; por ella - recordemos al personaje de La Caída de Albert Camus – puede el ser humano transformarse en asesino o en ladrón; se puede también morir o matar por poseerla o conservarla; igualmente se puede guardar por siempre, resguardándola del ojo ajeno y entrépito en un privilegiado y modesto closet, convirtiéndola en objeto de paranoica devoción, de ocultas y desquiciadas reverencias.

En todo caso, podemos afirmar que la obra de arte más difundida entre los coleccionistas, la de mayor aceptación social, tampoco es necesariamente la mejor.

En fin, podemos concluir que el valor de la obra de arte es múltiple e integral. La mejor obra es, inequívocamente, aquella capaz de trascender su inmanente valor plástico para reconciliarse con las otras dimensiones o variables analizadas, generando, por supuesto, conmociones, emociones y sorpresas permanentes traducidas en crecimiento, en aprendizaje, en aumento de la sensibilidad del ser humano que la transforma en objeto privilegiado de insoslayable apreciación.


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