Uno de los novelistas que más me costó leer, al extremo de intentarlo diez o doce veces sin éxito, fue Marcel Proust. Lo intenté inmediatamente después de haber leído a Martin du Gard, y tuve la impresión de que era como el extremo contrario de una escala de valores literarios. Se me hizo pesado, fastidioso, impenetrable. Lo conseguí por fin en Buenos Aires, durante las interminables esperas de no hacer nada porque después del golpe de estado que tumbó a Illía, en junio de 1966, el Cónsul General de Venezuela, un tal Julio Luis Pagnini Sánchez, no nos permitió ni a Ernesto González ni a mí, que habíamos sido designados cónsules adjuntos, entrar al Consulado General para que no estorbáramos los muchos negocios ilegales que hacía. De julio a diciembre, ambos íbamos a la antigua Embajada, entonces clausurada, y en horas normales de oficina nos dedicábamos a reorganizar la biblioteca y los archivos, por ejemplo. Pero yo me quedaba después en espera de las clases de la Universidad, lo que me dejaba cuatro o cinco horas al día sin nada que hacer. En diciembre me quedé solo, porque a Ernesto lo destinaron a la Embajada de Venezuela en Chile, en donde hizo un excelente trabajo como Primer Secretario. Eso duró hasta marzo de 1967, cuando el Canciller Ignacio Iribarren Borges, un gran caballero en todo el sentido de la palabra, obligó al Cónsul renuente a admitirme en el Consulado, razón por la cual el Cónsul renuente picó los cabos, y tuve que encargarme de la oficina hasta enero de 1968, cuando llegó un Cónsul General en propiedad. Fue el tiempo en que me propuse, prácticamente como una tarea hercúlea, leer “En busca del tiempo perdido”, y, por fin lo logré. No puedo decir que me fascinó, pero tampoco que me disgustó. Le encontré valores muy importantes que en los intentos fallidos no había logrado descubrir, pero me siguió pareciendo pesado, como me ocurre con muchas realidades de la cultura francesa de su tiempo, especialmente la música. Pero ese es un problema exclusivamente mío, que no pretendo imponerle a nadie. Marcel Proust nació en París en julio de 1871, hijo de un epidemiólogo importantísimo y nieto de un antiguo ministro de Justicia. Burgués y hasta rico, nunca tuvo buena salud, y llegó a vivir de noche. En 1895 empezó a escribir la primera de sus novelas, que no vería publicada, pero que le dio fama de diletante elegantón. Fueron los tiempos en los que su amante era el músico venezolano Reinaldo Hahn Echenagucia, a quien ubicaría en su obra como el músico Vinteuil. “En busca del tiempo perdido” se publicó entre 1913 y 1927. Inicialmente fue rechazada por la editorial Gallimard, por lo que debió financiar él mismo su publicación. André Gide, con sólo leer los capítulos iniciales, fue el responsable de ese rechazo. Después la editorial reconsideraría, y Proust obtendría, en 1819, el Premio Goncourt. Su más famoso trabajo, que está formado por siete novelas: “Por el camino de Swann” (1913), “A la sombra de las muchachas en flor” (1919), “El mundo de Guermantes” I y II (1921–1922), “Sodoma y Gomorra I y II (1922–1923)”, “La prisionera” (póstuma, 1925), “La fugitiva” (póstuma, 1927), y “El tiempo recobrado” (póstuma 1927). En todas, en mayor o menor grado, está su vida. Publicó o dejó póstumas otras obras importantes. Murió en noviembre de 1922, dominado por sus problemas pulmonares y de distintas naturaleza.