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Espejos Alejo Urdaneta Miércoles, 25 de junio de 2008
Pediste la copa de vino y volteaste hacia el rincón donde la mujer estaría haciendo lo mismo en su larga espera. Te extraña este silencio de hoy en el recinto siempre bullicioso, y observas la mano del cantinero que sirve tu copa vertiendo el resto de la botella. De reojo buscas la presencia de la mujer y no la hallas. ¿Se habrá ido ante la desesperada espera? Estaba ella sombría en esta luz de artificio, sin percibir nada más que sus confusos pensamientos, expectante por este hacer para hacer nada. Espera, tiempo hueco lleno sólo de evocaciones sin rumbo. Llega la hora y pasa a otra sin anunciar su transcurso. Es ahora el fin de la tarde y aún sientes que no comienza el día. La espera gotea esperma desde las yertas lámparas. Eso imaginas de la mujer. Su paciencia agotó la espera y ha ido a otro lugar, a buscar nueva compañía. Preguntas al hombre de la barra por la mujer, y él elude tu pregunta y simula ocuparse en su labor. Detrás del mesón cubierto de copas y botellas, permanece impasible limpiando lo que está limpio, callado ante tu silenciosa pregunta. No insistirás en indagar el destino de la visitante que te agradó a la primera vista. Tal vez vuelva. Si preguntaras al cantinero qué ha sucedido este día, por qué el bar está desierto, no tendría respuesta para ti. Tú ves ahora en el espejo la presencia de los contertulios de siempre, y escuchas la salmodia de cada día. Lo mismo hará el cantinero, que de modo casi imperceptible se voltea hacia el espejo y ve allí, reflejados, a todos los comensales, los bebedores habituales, y te ve a ti también; pero no está la mujer. Escuchas con tedio la conversación de los vasos y los temas cotidianos. El hombre detrás del mesón, en su fingimiento de trabajo de limpieza, se acerca a ti y te dice en baja voz que tengas cuidado con la mujer: “Ella está aquí para dañarte; trata de salir”. Luego te da la espalda y sigue en su tarea que nunca termina. En solo un instante las siluetas estampadas en el espejo desaparecen. La sala está vacía y no sabes cuándo salieron los visitantes del bar. Viras la cabeza hacia las butacas del recinto, ahora vacías, y en una de ellas está la mujer y percibes su perfume. No te percataste de su regreso y te alegras de tenerla cerca. Ahora podrás hablarle, un saludo, una mirada. Nadie te importunará. En la amplia soledad del salón sientes el avance del silencio después de tanto ruido. No escuchas voces ni el choque de vasos y botellas. Crees estar solo y no sabes qué hacer. Te levantas del taburete del bar y sales a la noche. |
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