Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Cultura

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El gallo y la supertición

Rocío Ramírez Molina
José Antoni Molero

Viernes, 30 de enero de 2004

El gallo, ese altanero animal que impera en nuestros corrales, celoso pachá de nuestros gallineros que cuida su nutrido harén con bizarra agresividad, esa ave majestuosa que canta a la salida del sol, ha recibido, a lo largo de los tiempos y en las distintas sociedades, desigual favor de parte de la superstición popular. Emblema de la vigilancia y la actividad, es además símbolo del valor, la abundancia, la fecundidad, pero también es el animal predilecto para prácticas de adivinación y hechicerías.

Ya en la época clásica se hace mención del gallo. Las últimas palabras de Sócrates, según Platón, fueron: «Critón, le debemos un gallo a Asclepios. Así que págaselo y no lo descuides». Muchos especialistas han analizado el sentido de esta frase y aún no se ha logrado unanimidad en su interpretación. Asclepios es el dios de la Medicina y, como ofrenda, se le entregaba un gallo, al cual se le han atribuido también, desde muy antiguo, virtudes medicinales por la alectoria, un cálculo de naturaleza pétrea que se halla en su hígado. Existe una gran literatura sobre los poderes del gallo como sanador de los enfermos, capaz de devolver la fe a los no creyentes y alejar a los demonios, etc. Por otro lado, se sabe que los romanos dividían la noche en cuatro ciclos: tarde (de 6 a 9), medianoche (de 9 a 12), canto del gallo o gallicinium (de 12 a 3) y madrugada (de 3 a 6).

Es, sin embargo, con la llegada del Cristianismo cuando esta ave de canto mañanero tendrá una gran simbología religiosa, ocupando un lugar muy destacado en el folclore peninsular hispano. Incluso llegaron a utilizarse estos animales para ordalías, pruebas rituales usadas en la Edad Media para establecer la certeza o falsedad de una acusación, principalmente con fines jurídicos, una de cuyas formas era el ‘juicio de Dios’.

Las referencias al gallo son múltiples, sobre todo en la literatura hagiográfica cristiana; por ejemplo, el canto del gallo por parte de los cuatro evangelistas al narrar la negación de San Pedro. Sebastián de Covarrubia s, en su preciado libro Tesoro de la lengua castellana, comenta su consideración de símbolo por este predicador evangélico, e incluso a Jesucristo se le ha llegado a llamar Gallus Mysticus. Y no debemos olvidar que la misa del gallo es la que se celebra en Nochebuena para conmemorar el nacimiento del Mesías.

Covarrubias nos habla también de la inteligencia del gallo en lo que respecta a su puntualidad para indicarnos las vigilias de la noche y la madrugada, así como de su ubicación en la parte más elevada de la veleta de los cimborrios de catedrales y las torres de las iglesias, por «el oficio que tiene de despertar y convidar a las divinas alabanzas desde el punto de la medianoche». Ese uso simbólico parece hallar también su justificación en el hecho de que, cuando alguien se iba a vivir una casa nueva, era habitual el sacrificio de un gallo, con cuya sangre se regaban las estancias que iban a habitar las personas y los animales para invocar la protección sobre ellas. Por contra, tener en casa un gallo completamente blanco era de mal agüero.

Diversos pueblos, como babilonios, romanos y árabes, realizaban prácticas de adivinación (alectoromancia) teniendo en cuenta el movimiento y el paso de estas aves. En concreto, los romanos colocaban un gallo blanco sobre un tablero de 28 casillas, que venían a corresponderse con las 28 letras del abecedario, y se ponía un grano de trigo en cada una de ellas; sobre el tablero, se soltaba un gallo, al que previamente se le había hecho tragar determinadas palabras cabalísticas; se observaba qué letras iba picando y con ellas se formaba un mensaje del que podía deducirse el porvenir. El canto del gallo también sirvió de base para la práctica de la adivinación o por la piedra de su hígado (alectoria), a la cual se han asociado, desde muy antiguo, diversas propiedades y virtudes medicinales, según queda dicho. El color del animal es también importante; así, en las misas negras se sacrificaban gallos y gallinas negros para obtener los favores de Satanás; sin embargo, en las ceremonias de rito vudú, el gallo o la gallina que se sacrifican han de ser blancos.

En otras sociedades, como ocurre entre las comunidades hebreas modernas, se acostumbra a sacrificar un gallo por cada miembro de la familia y se sacuden tres veces con la cabeza del animal, siempre nueve días antes del comienzo del año. Por otra parte, el gallo es también símbolo del valor y del buen guerrero, y, por ello, este animal era consagrado a determinadas divinidades bélicas. Así, en Grecia, las peleas de gallos (denominadas también alectriomaquia) tenían un marcado objetivo pedagógico. Los jóvenes aprendían del valor y el coraje de estas aves en el sentido de pelear hasta la muerte. Esta práctica también se realizaba en España, pero fue prohibida entre 1928 y 1945. Actualmente, en Filipinas, Bangkok y México continúa siendo muy popular.

Su canto matinal marca el fin de los aquelarres, ahuyenta la muerte, nos exorciza de demonios y espíritus malignos, y expulsa a los diablos, brujas y duendes que, se supone, pululan la soledad de las noches. Y en muchos pueblos ribereños de la España mediterránea, el canto de un gallo antes de la medianoche era augurio de un naufragio o de la huida de una joven del hogar paterno, y en el Centro y Norte, era presagio de triunfo y de victoria sobre un contendiente. Pero si lo hacía en el interior de la casa, auguraba una desavenencia grave entre los cónyuges y, en la puerta de la calle, anunciaba una visita de alguien. El canto a deshora era señal de cambio del tiempo o de que se acercaban las brujas. Para neutralizar sus malos augurios, se hacía necesario echar un generoso puñado de sal al fuego.

En las montañas de Cantabria existe una sorprende creencia acerca del gallo de la muerte. Se dice que, una vez cada cien años, los milanos ponen un huevo colorado, del que sale una pájara mitad negra y mitad blanca, que vive justamente cincuenta años. Al morir, la descomposición de su cuerpo genera un tipo de gusano que acaba convirtiéndose en un gallo negro; es el “gallo de la muerte”, tan benéfico como maléfico.

Los testículos del gallo eran utilizados para la elaboración de filtros de amor y atravesar el corazón con alfileres servía para favorecer la consecución de amores deseados. El gallo es asimismo un símbolo de la lujuria y de la pasión, con lo cual también tiene una connotación sexual. El modo vulgar de designar el órgano sexual masculino en inglés es ‘cock’ (gallo) y, en francés, el vocablo ‘coquard’ significa «gallo viejo», expresión equivalente a la que nosotros empleamos para decir que alguien es un “viejo verde”.

También existe una explicación para determinadas costumbres muy arraigadas, como regalar huevos de Pascua (de chocolate) en Navidad, huevos sorpresa, etcétera, ya que el huevo es otra referencia a la fecundidad en la simbología del gallo.

Existe una multitud de expresiones que muestran la extensión de este campo semántico. Entre las que nos ofrece el diccionario de la Real Academia, destacan: en menos que canta un gallo; engreído como gallo de cortijo; otro gallo le cantara; entre gallos y media noche; ponerse gallito; como el gallo de Morón, cacareando y sin plumas, etcétera.

En cuanto a las costumbres de determinados pueblos de España, en Málaga, por ejemplo, era frecuente apedrear gallos por Navidad, sangrienta práctica ilegalizada ya desde los años 50. En Hispanoamérica aún existe esta costumbre, bajo otras denominaciones, como correr el gallo o el gallo de San Pedro.

Por fin, y en relación con el carácter premonitorio del gallo, cabe decir que muchas de estas creencias perviven aún en nuestros días en muchos pueblos de España, tal como muestra, entre otros, el siguiente dicho: «Si el gallo canta a las nueve, al otro día llueve; si canta pares, agua a mares; si canta nones, sólo a montones.» Se cree también, por ejemplo, que cuando la gallina canta como el gallo, morirá alguna persona de la familia, y que si el gallo canta a una hora que no es la acostumbrada, cambiará el tiempo.

BIBLIOGRAFÍA

BEIGBEDER, Olivier (1971): La simbología. Oikos-Tau Eds., Barcelona.

CARO BAROJA, Julio (1973): Las brujas y su mundo. Alianza Ed., Madrid.

CASTON BOYER, Pedro y otros (1985): La religión en Andalucía. (Aproximación a la religiosidad popular). Introducción de C.E.T.R.A., Eds. Andaluzas Unidas, Sevilla.

MALINOWSKI, Bronislaw (1948): Magia, ciencia y religión. Ed. Planeta-DeAgostini, Barcelona, 1985.

MORETA, Miguel Ángel y Francisco ÁLVAREZ CURIEL (1992): Supersticiones populares andaluzas. Ed. Arguval, Málaga.

Rocío Ramírez Molina estudia 3.º de Magisterio, especialidad de Maestro de Lengua Extranjera (Inglés), en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga; curso académico 2003-04.

José Antonio Molero Benavides es profesor de Rocío durante este curso en la asignatura de Didáctica de la Lengua y la Literatura.

Fuente:www.gibralfaro.org


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