La verdad del Unicornio Alejandro López de Haro R.
Lunes, 12 de enero de 2004
Callejeando un día otoñal por las calles de Salamanca, entré en una
librería vieja, usada, repleta de libros y con un olor fuerte a libros
viejos, es como si la historia de la humanidad estuviera dentro de esta
pequeña pero interminable librería. Mientras revisaba sus estantes y
sin saber el porqué, me dirigí a la estantería de la letra uve y repasé
lentamente los ejemplares que reposaban placidamente sobre las
estanterías de sicómoro, y entre ellas alcancé a leer algunos de sus
títulos: Verdades de paño pardo y otros escritos olvidados de Pedro
Antonio de Alarcón, gran creyente católico e insigne novelista
castellano, Verdades que no hemos escuchado sobre la destrucción del
país del dirham de Für Glas y Verdades en Uqbar de Schützt Reinigt,
ambos ensayistas ignotos germanos, que escribieron sobre los intentos
fallidos de colonización de la tierra de Abraham, por manos de
combatientes extranjeros funestos llegados de un lejano nuevo
mundo, y finalmente, Verdades poéticas, del ilustre poeta catalán del
siglo XIX, Melchor de Palau.
Proseguí atentamente a continuar ojeando, en la medida de lo posible,
otros libros que descansaban en las estanterías, pues algunos de los
títulos debido a los años, tenían una capa de polvo que los encubría,
una especie de salvación del propio tiempo, y que con un ligero
soplido, se podían desenmascarar con facilidad los títulos de los
ejemplares. Me encontré un códice, o más exacto, un infolio,
intitulado, que asumo fue posteriormente a su publicación, y de
autoría indemostrable, con un extraño nombre: Historia de la verdad y
sus verdades de Toresau Dosto. El infolio, que había sido empastado
en cuero, era grande de tamaño, pero corto de páginas, llevaba
impresa en la carátula el título y el nombre del incierto autor. En la
primera página comenzaba la introducción. En la segunda página
estaba el comienzo del libro. En la página siguiente se encontraba el
índice. Allí terminaba el manuscrito, aunque había cuatro páginas
adicionales, dos en blanco inmediatamente después de abrir la portada
y otra en la antepenúltima, la penúltima, llevaba impreso lo que
aparentaba era un calendario gregoriano ligeramente ilegible y, en
números romanos, las siguientes cifras: MDCXCV (una posterior
indagación me reveló la importancia de esta fecha.) La última página
contenía unas bellísimas ilustraciones en colores que reflejaban la
intensidad de los colores y de los cielos otoñales. En ésta se reproducía
trece ilustraciones miniadas, que creí haber reconocido del códice
astrológico De Sphaera, durante uno de mis viajes a Módena,
conjuntamente con el padre Le Goff, sacerdote jesuita, especialista del
medioevo, cuando tuvimos la oportunidad de estudiarlo
minuciosamente. Pero sobre todo, para admirar el más esplendoroso
libro del Renacimiento.
Las ilustraciones del pergamino de Dosto estaban pintadas a mano, al
igual que las de Módena, y eran dibujos que representaban a Mercurio,
Júpiter, Venus, Marte, Saturno, el Sol y la Luna y a los influjos de
todos estos astros, salvo el de la Luna, que por razones incognoscibles
no había sido incluida. Todo esto representaba una especie de
sortilegios de la vida. Un libro con aire sibilino que se desconocía con
certitud su verdadero autor y título. El manuscrito definitivamente
presumía de contenido. Un infolio de ocho páginas para contar la
penúltima historia de la verdad (que no tiene absolutamente ninguna
semejanza con La penúltima versión de la realidad.) Extraño me
pareció. Cogí el pergamino y me lo coloqué debajo de mi brazo, y
sustentándolo con la mano derecha, continué revisando tan útil
librería.
Al final de la estantería había una pequeña poltrona, colocada justa
enfrente de la pared, tapizada de la misma madera de las estanterías.
El asiento era de piel, muy suave al tacto, de piel de puerco
indudablemente, acolchonada, mullida seguramente con plumas de
ganso. Me senté en ella y me sentí muy a gusto y proseguí a leer este
manuscrito de tan misterioso título. Me pareció quimérico que alguien
tuviera la osadía de acometer tan difícil trabajo de escribir la historia
de la verdad, o lo que debería ser lo mismo, la penúltima historia de la
humanidad. Solamente sabía de un libro que había supuestamente
logrado tal acometida: la Anglo-American Cyclopaedia. Y aún así, tenía
verdades incompletas, ya sea por deficiencia del autor, o alguien, por
avaricia de sabiduría, había decido empaquetarse las paginas finales
de cada tomo. Y de eso fue testigo (aunque a mí no me consta) el
amigo de Jorge Luis Borges, Carlos Mastronardi, que a instancia de
Borges, fue en busca de esta enciclopedia, un día a finales de los años
treinta, en una librería en la calle Corrientes de Buenos Aires. (Y que
por cierto desde entonces se desconoce de su paradero.) La portada,
de color grisáceo, estaba impresa en relieve el título en un negro
intenso, y más abajo, en un tono glauco cetrina, el nombre del dudoso
autor. Abrí la carátula, y en ella me encontré la primera página, así
como la segunda, en blanco. En la página siguiente, el autor se
entrababa en una exégesis del porqué de este escrito, qué lo había
motivado a escribirlo, y qué deberían esperar sus lectores. Y su
argumento rezaba así:
““La historia de la humanidad es vivir las verdades de Dios y las
verdades de los hombres que motivados por las verdades viven de
ellas; han sido por estas verdades que decidí escribir este documento.
Y los lectores no deben esperar más verdades que estas verdades.
MDCXCV””
Así se comienza a leer la primera y segunda oraciones de dos únicas
oraciones contenidas en un solo párrafo de la tercera página de este
misterioso manuscrito. Cerré de inmediato el infolio pues jamás había
leído (o eso creía) tantas verdades en tan pocas líneas. Es como si de
pronto hubiera vivido toda mi vida de una sola vez (el solo hecho de
pensar en esto me incomodaba mi pensamiento.) Entré en sudoración,
no sé si porque la librería, a pesar de ser finales de otoño, la
calefacción mantenía un alto grado de temperatura, en consideración
con la temperatura exterior, o por el desasosiego de leer tanta verdad
tan de repente y sin pausa. Antes de continuar leyendo decidí
trasladarme a la estantería de la letra de. Allí, a pesar de buscar
minuciosamente, en vano no conseguí el diccionario que inquiría para
saber que entendían los sabios por la palabra: verdad. Más bien
debería decir, no existía ningún tipo de diccionario. Errando entre
estantería y estantería, avisé una pequeña puerta que conducía a un
pequeñísimo salón con sentido de grandeza, que contenía todos los
diccionarios y enciclopedias inimaginables. Busqué la letra -e- y
consulté el diccionario en su vigésima primera edición de la Real
Academia Española, y en la página 2007, más precisamente, la
definición exacta de la palabra verdad: ““Conformidad de las cosas con
el concepto que forma la mente””. Me desconcerté ante tal definición.
Es decir, todo lo que esté conforme a lo que se me haga en ganas de
creer será verdad. Definitivamente los sabios deben de haber errados
en sus juicios talentosos. (Me pregunto cuántos de nosotros vamos
errando por la vida errando en nuestras comprensiones a causa de los
diccionarios.)
Me pareció entonces ilusorio de aceptar una definición tan importante
estuviera en manos de locos y medio locos e irreflexivos y, que cada
cual por su lado decidan en su libre arbitrio, cuál es la verdad y cuál no
la era. Inmediatamente entonces me dirigí a la sección de la letra efe
de los diccionarios. El idioma francés, me dije, seguro sería más
definitivo, o a lo menos, más restrictivo en su definición de vrai,
traducción de verdad. El pequeño, pero utilísimo diccionario, Le
Robert, define vrai de la siguiente forma: ““Qui presénte un caractère
de verité””. Esta definición resulta aun más elusiva aunque menos
temeraria. Quizás el problema esté en la traducción de la palabra
verdad en vrai francés. Nada más útil que un diccionario Larousse para
consultar traducciones de palabras de un idioma a otro y viceversa. En
la librería, había cientos de ejemplares de Larousse y así como de
otros, ordenados alfabéticamente según las lenguas, siendo el último:
Zutuhil al Español. (Este hallazgo me sorprendió de tal manera que
anoté este descubrimiento en mi cuaderno de anotaciones para un
futuro comentario a mis amigos americanistas amantes de lo
autóctono y defensores de las disminuidas culturas indígenas.) Muchos
eran evidentemente ejemplares repetidos. Además había una veintena
de ejemplares del Español Francés y Français Espagnol que yacían
ejemplarmente en la estantería. O estos ejemplares se vendían bien, y
por ellos la cantidad disponible de estos ejemplares, o nadie se
interesaban más en una lengua que anteriormente había sido la reina
de las lenguas (espero que este acontecimiento no nos prive de leer a
Marcel Schwob) y por lo tanto, éstos descansaban placidamente en su
cementerio, hasta que llegué a perturbarles sus existencias.
Consulté la palabra vrai, la cual es traducida como: verdadero, verdad.
Me informé entonces sobre la traducción de la palabra verdadero, que
se traduce en: vrai, veritable. El diccionario Le Robert, por su tamaño
lo tenía al lado mío, y no tuve entonces que levantarme en busca de
un nuevo diccionario para consultar la definición de veritable, que
significa: ““Qui a lieu, qui existe réelment en depit de l’apparence”” -
(Que ha tenido lugar, que existe realmente a pesar de su apariencia.)-
excelente definición para la palabra veritable. Pensé que había
encontrado la definición del significado de la palabra verdad. Pero
antes faltaba buscar la traducción de veritable. El Larousse seguía a mi
lado, a pesar de su gran tamaño, y que era el último tomo de uno de
seis, que comprendía las palabras de Samier a zythum. La palabra
veritable es traducida como: verdadero, legítimo. De nuevo me topé
con un problema. Mis pocos conocimientos de los significados de las
palabras me dice que legítimo no es lo mismo que verdad, aunque sí
es un sinónimo de verdadero. Debí vencer mi flojera investigadora e
interrogar de nuevo el diccionario español la palabra legítimo, que se
explica como: ““conforme a las leyes””.
Con asombro arqueológico descubrí que después de tanta búsqueda y
rebúsqueda, la verdad aparentaba reposar en manos de abogados,
jueces, legisladores, políticos, diplomáticos, y quién sabe cuántos
falsos gentilhombres y cínicos, que creyéndose iluminados por Dios y
provistos de lujuria bélica, se erigen como los ordenadores del mundo.
Esto me recordó una fiesta carnavalesca, que tuvo poca concurrencia,
con aire de aquelarre en la ribera del río Este, en los alrededores de la
nueva torre de Babel, que fue reportado en los periódicos y en la radio
de la comunidad, donde un enmascarado de Lucifer, que creía poseer
la verdad suprema, llamado Jorge W. Mata, violó a una mujer vestida
de mapa mundi. Y que no fue condenado por su grotesco acto, pues
él, ni era el legítimo Lucifer, ni ella, era un legítimo mapa mundi.
““Efemérides de la vida””, me dije. Aunque su réprobo le llegará al fin
de sus días.
Retomé el infolio que inicialmente me había hecho iniciar esta
búsqueda y volví a releer la introducción: ““....vivir las verdades de
Dios y las verdades de los hombres que motivados por las verdades
viven de ellas.”” Es ahora cuando comencé a entender este singular
pasaje. Es decir, vivimos nuestras propias verdades sin saber si estas
son verdaderas o no. Pero todavía había algo que me inquietaba. La
traducción de la palabra verdad por vrai o veritable no parecía encajar
bien en la definición de verdad en español. Reconsulté de nuevo en
uno de los tantos diccionarios que yacían sobre las estanterías para
descartar o no la traducción del español al francés. Me encontré con un
diccionario de un solo fascículo y de proporciones no ordinarias y de
casi un sinnúmero de páginas intitulado: Traducción de los
significantes del español a los significantes del francés e ingles, edición
1616. Por cierto, reportaba la misma fecha que llevaba el diccionario
Zutuhil al Español. (Una especie de reivindicación mortuoria de las
lenguas sobrantes ante las lenguas de Cervantes y Shakespeare.) Abrí
el libro y fui directamente en consulta de la palabra verdad. Se me
dificultaba leer el diccionario pues sus letras eran tan pequeñas que
requería de una lupa. No obstante, hice un esfuerzo, pues
afortunadamente, las palabras significantes en castellano estaban
escritas en mayúsculas, y con un tamaño de letra de mayor proporción
que su traducción. En la página 6642, entre verdacho y
verdaderamente, se encontraba la palabra verdad. Apelé a mis gafas,
y con impedimento, pues éstas solo tienen aumento de 0.75, y a mi
edad me debo felicitar, pues es usual que mi generación apele a
aumentos de +2 y +3, pude entonces leer con aprieto la traducción
significante de verdad, que se lee como: vérité. No había nada más
escrito, ni siquiera un segundo significado. Pero sí existía una nota
extraña, un asterisco sobre la letra final -é-, y entre paréntesis, la
palabra latín. Antes de continuar con mi indagación busqué el
significado de vérité, y para mantener consistencia en mi
investigación, volví a utilizar el diccionario Le Robert. Vérité se explica
como: ““Ce à quoi l’esprit peut et doit donner son assentiment (par
suite d’un rapport de conformité avec l’objet de pensée, d’une
cohérence de la pensée.””)
La definición francesa definitivamente ilumina más sobre el significado
de la palabra verdad. Con este significado se le da otra dimensión
adicional al significado en español, al incorporar al espíritu y al
misticismo, para determinar el significado de verdad. Tal y como Dosto
había escrito: ““...las verdades de Dios y las verdades de los
hombres...”” El zeist francés aparentaba entonces ser más romántico,
mas humano, más espiritual, al incorporar el concepto del esprit en la
definición de verdad, algo que el español deja de acoger, y por lo
tanto, más acertado y cercano a la definición de verdad que Dosto nos
había escrito en su pergamino: Historia de la verdad y sus verdades.
Quizás Dosto, de madre alemana y cuyos padres eran nórdicos, y de
padre vasco de ascendencia francés y castellano, nacido -siendo el
único nacimiento reportado hasta la fecha- en Uqbar, criado en sus
primeros años de juventud en Machu Pichu y Tikal, y que luego
recorrió por años la Arabia, Palestina, Siria y Menfis, así como
Afganistán, para terminar en las mesetas del Tibet, después de haber
vivido por varios años en la India y en las Cuevas de Longmen y en el
Templo Jinci, mantenía una espiritualidad politeísta polivalente entre el
zeist alemán y el esprit francés, y así como influjos espirituales de
Jerusalén, Buda, y Confucio, y seguramente también de los astros, fue
por lo cual osó en escribir tantas verdades. Aunque su verdadero
origen se transformaba en un dédalo en el transcurrir del tiempo.
Regresé por el angosto pasillo de las estanterías de la letra uve a
buscar otros libros sobre la verdad. Antes de llegar, asumí
erróneamente, que por una razón u otra, el infolio de Dosto estaba
equivocadamente mal clasificado bajo la letra uve, pues éste, debería
de estar bajo la letra hache, como su título lo indicaba, o bajo otra
modalidad de clasificación. Caminé largamente y debí traspasar hasta
más de diez estanterías de una longitud sempiterna para llegar hasta
la letra hache. En ella la cantidad de libros sobre Historia era enorme,
inacabable, como un laberinto de espejos que se reflejan unos a los
otros confundiéndose las historias. Pude leer algunos de los títulos,
dándoles un rápido vistazo a los siguientes libros: Historia Universal,
que realmente era un diccionario enciclopédico, de más de 120 tomos,
siendo este ejemplar un compendio enciclopédico; doce ejemplares de
la primera edición de Historia de la guerra de la independencia y el
nacimiento de la España Contemporánea: El desafío al viejo orden,
Tomo 2 por Gabriel H. Lovett. Todos en excelente estado de
conservación. No me pareció extraño este singular hallazgo, pues más
bien demostraba y confirmaba mi aseveración que la humanidad está
dormida, aletargada y hundida en un sopor alucinógeno -quizá por
culpa del cinematógrafo- que le impide ocuparse en desafiar el orden
impuesto por los arrogantes payasos prometedores de un nuevo
orden, e Historia de Venezuela y sus personajes, libro particularmente
curioso, pues es extenso con respecto a la historia de sus personajes,
y muy resumido en la historia de un país que fue el primero en abolir
la pena de muerte. (El significado de este acontecimiento está todavía
por revelarse.)
Al final de este angosto corredor de estanterías divisé de nuevo la
cómoda poltrona en la cual había estado sentado leyendo el infolio de
Dosto. Me volví a sentarme en ella y recomencé a leer el manuscrito.
Después de leer y releer la introducción, y asegurándome que ya
comprendía bien la definición de verdad, me preparé a leer la historia
de la Verdad. En la tercera página se podía leer en su introito lo
siguiente: Capitulo único. La página estaba en blanco. Nada estaba
escrito, y por más esfuerzo que hiciera, no alcanzaba a leer nada, es
como si el tiempo hubiera borrado su contenido, a pesar que era un
pergamino que permitía desdoblarse interminablemente; pero
pequeños trazos del pasado se lograban visualizar con mayor certitud
a medida que se iba desplegando el pergamino. Esfuerzo prometedor
que decidí en realizar en un tiempo próximo y eminente. Pasé la
página y se leía lo siguiente: Prefacio III Capítulo Único IV, Índice V,
Calendario VII, Ilustraciones VIII.
Queriendo remediar provisoriamente y de manera instantánea la
equivocación del bibliopola, y con la temeridad de un aprendiz a
bibliotecario, pues todavía desvaloraba el hallazgo de tan mágica
librería, regresé a la estantería de la letra hache y, coloqué el libro de
Dosto en la sección de historia. Leí los diferentes títulos buscando el
lugar indicado para colocar el manuscrito según su clasificación
alfabética, y lo ubiqué entre dos libros: De la historia y la verdad del
unicornio por Michael Green (la verdad es que este libro es la
traducción de un texto en latín descubierto y anotado por él mismo,
que nos habla sobre el ““Tiempo de la Gran Purificación””, tiempo
anterior a la llegada del Unicornio) y La verdad de la historia de Carlos
Ripio. (Aunque éste perfectamente podría tener doble clasificación.)
Regresé a la estantería de la letra uve, pero no si antes interrogar el
diccionario en latín, para leer el significado de la palabra verdad.
El pequeño salón de diccionarios y enciclopedias estaba rodeado de
estanterías que daban una forma hexagonal a la habitación, en el
centro se encontraba una mesa con la misma forma geométrica, con
patas centrales, también dispuestas hexagonalmente, que me
permitían con facilidad ir de un lado al otro de la mesa, sin tropezarme
con las patas que la sustentaban. Esto me posibilitaba tener varios
diccionarios y enciclopedias abiertos y consultarlos simultáneamente
sin tropiezo alguno. Me apersoné a la letra ele y retiré un diccionario
de latín. Fui directamente a consultar la palabra veritas y allí apareció
con un asterisco en el sufijo as, que se traduce como: verdad,
honesto, y miedo. Veritas entonces tiene un significado más allá de la
verdad, es además honestidad, así como también: miedo a la realidad.
Ahora comprendía el porqué las gentes se someten a los hombres
aciagos que les prometen la fábula de un mundo ordenado y lleno de
gloria efímera.
Antes de irme regresé a la estantería identificada con la letra uve para
revisar cuáles otros libros trataban el tema sobre la verdad. Revisé
minuciosamente y observé que había un segundo ejemplar del libro de
Dosto, apartado de los demás y completamente solo en su propia
estantería, como si tuviera vida propia. (Aunque todas las estanterías
convergían entre ellas pues éstas estaban ordenadas en formación
circular.) Lo abrí y lo hojeé, y vi que era una copia idéntica de la que
había colocado extemporáneamente y momentáneamente y de
manera fugaz, con el ánimo de reparar un error de observancia, en la
letra hache, pero obviamente no podía ser el mismo ejemplar. Para
asegurarme me trasladé con el infolio a la estantería donde lo había
colocado. Lo busqué y no lo encontré. Mi sorpresa fue de asombro. (Un
asombro que hasta hoy en día estoy perplejo de la movilidad de la
verdad.) Di media vuelta y me dirigí hacia la caja registradora (que no
era tal ya que solo constaba de un cuaderno contable donde se
apuntaba con esmero las ventas del día.)
El librero con su cara risueña y con gafas que reposaban sobre su
media nariz, no parecía percibir mi desasosiego, leía el título y
revisaba la cubierta, lo abrió y retiró la etiqueta con el precio. Pagué el
importe solicitado y me despedí cordialmente del librero. Pero antes de
marcharme le solicité al librero si tenía otras copias de este ejemplar.
Él me dijo que jamás nadie antes se había interesado por este
pergamino y, que seguramente no existía otro manuscrito similar, pero
me solicitó que lo siguiera, para revisar juntos, la inexistencia o no, de
otro ejemplar de este manuscrito. En la estantería con la letra uve no
había un libro igual, pero el librero haciendo gala de su conocimiento
de librero, me señaló la estantería que indicaba además de la letra uve
la palabra Verdad, y dicha estantería estaba vacía. Observé
minuciosamente alrededor de mí y vi los libros de: Green y Ripio
reposando tranquilamente en la letra hache. Le pregunté el porqué
estos libros no estaban clasificados en la estantería de la palabra
Verdad, y me respondió: ““Señor, hay verdades y verdades.”” Le
pregunté entonces por qué no íbamos a revisar de nuevo en la letra
uve, y me respondió: ““¿No es suficiente con las verdades que se
lleva?”” Antes de despedirse me inquirió diciéndome: ““Si requiere de
más verdades le recomiendo la estantería de literatura””.
No podía creerme la felicidad de cómo una librería me enseñó la
Verdad en un día tan maravilloso, esplendoroso y lleno de magia. Me
había convencido que había encontrado el tesoro de las verdades y
que era el único que poseía tan atesorado cofre. Salí por la misma
puerta por la que había entrado, pues no había otra, llevando en mí el
gran peso de la humanidad, pues pensé era el único que tenía
conocimiento sobre la verdad de las verdades. Empecé a divagar sobre
mi hallazgo, y por consecuencia, dos preguntas esenciales me daban
vuelta en la cabeza: ¿Contendría este manuscrito alguna revelación
implícita sobre la verdad si lograba desdoblar en su infinito el
pergamino? ¿Debería de compartir los arcanos secretos aquí
revelados?
Mientras divagaba me tropecé con un amigo que me desconocía y que
me hizo volver en sí. Observó el libro que llevaba entre mis manos y
me dijo: ““que día tan espantoso, feo y de falta de magia, a pesar de
la flor de París””. Haciendo alusión inequívocamente al hológrafo y al
dibujo que le dedicó a una joven estudiante de literatura española y
francesa durante una de sus estancias en París. (““Para Fabiana, una
flor y una ostra en París, Gabo. 99””) Seguí caminando acompañado
de tan amable poeta que portaba una expresión mustia, por lo que
sentí un sentimiento desacostumbrado, y deteniéndome para coger
aire, logré leer la última noticia en el quiosco de prensa de la esquina,
que a pesar de todavía estar a una buena distancia, los titulares de los
diferentes periódicos eran más grandes de los acostumbrados, y en
uno se leía con inusual y vislumbrante claridad: ““Bomba Atómica
Arrojada Sobre Alejandría””. Con ánimo de apurado, no sin antes
anotar en mi cuaderno lo siguiente: ¿Es hoy el fin de los conocimientos
y el principio de una nueva y falacia verdad? (Pero de algo si estaba
seguro: que todavía no habíamos llegado al inefable tiempo de la
verdad del Unicornio.) Desgajé la página de mi cuaderno de
anotaciones donde había escrito sobre mi descubrimiento del
inequívoco diccionario de Zutuhil y de la rareza del diccionario trilingüe
de 1616, y de la coincidencia histórica de que ambos diccionarios
compartieran una misma fecha escatológica, así como el significado de
veritas, y se la obsequié a mi acompañante literario; la leyó con
menudencia, y, doblándola con esmero, se la guardó en su bolsillo
donde llevaba su lapicero. Dimos media vuelta y regresamos a la
librería y nos protegimos entre sus sicómoros. Y súbitamente reconocí
la identidad real del autor de tan mágico manuscrito.