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Sección: Arte y Cultura

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Picasso y Alberti una amistad entra pintura y poesía

María Teresa Bautista Delgado

Viernes, 30 de junio de 2006

Corría el año 1933 cuando en la vida de un joven poeta llamado Rafael Alberti se cruza un artista ya consagrado que responde al nombre de Picasso. Su primer encuentro se produjo en el teatro Atelier de París en dicho año. Eran andaluces, exiliados, republicanos, comunistas y artistas. Pero es entre los años 60 y 70 cuando su relación se intensifica ya que compartían algo más que la procedencia y la ideología: el gusto por el arte y la poesía y organizaban juntos las tertulias de Mougins, también se consultaban sobre sus trabajos, se dedicaban obras...

Las tertulias entre los artistas derivaban en ocasiones en puntos de partida de nuevas creaciones. Así surgieron los aguafuertes de la serie Alrededor de Rafael, realizados por Picasso entre agosto y septiembre de 1968, y acompañados por los poemas Sobre los amores secretos de Rafael y la Fornarina, de Alberti.

En otra ocasión, el poeta gaditano le pidió al precursor del cubismo un retrato. Picasso se hizo de querer, y, al final, trazó cuatro dibujos de carácter casi caricaturesco y una dedicatoria a Alberti. Parece ser que a éste no le gustaron demasiado.

A través de fotografías, libros, poemas y cuadros ese sentimiento de amistad llevó a sus protagonistas a confiar y compartir opiniones sobre sus respectivos trabajos. «Yo pinto la pintura como admiración, pero tú tienes más suerte que yo, porque tú pintas la poesía», solía recordarle el genio malagueño al autor de Marinero en tierra cuando éste admiraba el trabajo de su amigo.

Esta afición por la conversación se fue reforzando con el paso del tiempo. De esa época se recuerda incluso un «malentendido» entre ambos amigos, cuyo desencadenante fueron unos textos publicados por el propio Alberti a principio de los años 70. En uno de ellos, el poeta se quejaba del trato que le dispensaba Picasso y de que ya no le recibía con el mismo entusiasmo de antes. El acceso al artista era cada vez más complicado lo que contribuyó a alimentar aún más el mito de que el artista malagueño era un ser déspota y distante.

El tiempo y un libro escrito por el médico que trató a Picasso se han encargado de desvelar que la razón que el artista tenía para no ver a su amigo era otra bien distinta de lo que se creía: por aquel entonces, Picasso ya tenía 90 años y tuvo que someterse a una complicada operación de cáncer de estómago y duodeno, por lo que su disponibilidad para recibir personalmente a sus amigos y familiares quedó extraordinariamente reducida.

Picasso residió los últimos años de su vida en su granja de Mougins “Notre Dame de Vie”, que había comprado al contraer matrimonio en marzo de 1961 con la que sería la última mujer en la vida de Picasso, Jacqueline Roque Hutin, su compañera durante un tiempo. Sería en esta residencia francesa donde le acaeció la muerte el 8 de abril de 1973, siendo enterrado en su castillo de Vauvenargues dos días más tarde. Notre Dame de Vie se convirtió, pues, en el retiro del artista malagueño durante los últimos años de su vida, donde compartió, con sus amigos más íntimos, charlas, secretos e impresiones sobre lo que ocurría en nuestro país.

Pablo Picasso fue, durante toda su vida, un asiduo de las tertulias y en todas ellas puede documentarse la relación preponderante que mantenía con los poetas, artistas del lenguaje que venían a establecer un complemento o contrapeso a su omnívora rotundidad plástica. Picasso amaba la poesía y los poetas, a quienes vampirizaba, en un sentido intelectual, de forma paralela a como vampirizaba a las mujeres, en un sentido erótico, vital y, desde luego, plástico.

De Alberti es conocido el gran amor por la pintura, “fingida realidad del sueño”, sobre la que escribiría uno de los más hermosos libros de la poesía española del siglo veinte, dedicado precisamente a Picasso. Y en él, en Picasso, en sus ojos y en sus manos, encontraba Alberti su máxima exaltación.

En esos últimos años del pintor malagueño, que la crítica del momento no supo valorar en su audaz relevancia y apertura, Alberti fue a la vez cómplice y contrapunto. Escribió para sus dos últimas exposiciones en Aviñón, elaboró a petición de Picasso el poema/prólogo a esa maravilla y última declaración de amor a la tradición pictórica española que es El entierro del Conde de Orgaz, y compuso, a modo de homenaje, los cinco sonetos sobre Los amores secretos de Rafael y la Fornarina. A la vez, el homenaje de Alberti a Picasso se extiende a los grabados en plomo, una dimensión de gran valor plástico, que amplía el universo creativo del poeta gaditano, de quien no se suelen destacar suficientemente sus grandes dotes de dibujante, su emoción en el uso del color, o la gran calidad en definitiva de su poesía visual. Las carpetas Los ojos de Picasso (1966) y Per Picasso (1971) permiten apreciar la talla del Alberti dibujante y grabador.

Leamos como colofón a esta pequeña mirada a una pasada amistad, una poesía que el poeta gaditano dedicó a la pintura del genial malagueño:

DATOS BIBLIOGRÁFICOS SUR (www.diariosur.es/edición/prensa/noticias/cultura/200211/10/sur-cul-120.html).

EL CULTURAL (www.Elcultural.es/html/20021107/artes/artes5751.asp).

*Teresa María Bautista Delgado es natural de Málaga y estudia 3.º de Magisterio, especialidad de Maestro en Lengua Extranjera (Inglés), en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. Curso académico 2002-03.

Fuente:gibralfaro.net

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