Sección: Arte y Cultura
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Era Rubén Darío
Francisco AlarcónJueves, 5 de noviembre de 2009
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En 1898 realiza Rubén Darío su primer viaje a España, enviado como corresponsal del diario argentino La Nación, para indagar como había quedado ese país luego de la guerra con Estados Unido. Habiendo entrado ya en contacto con Benavente, Ricardo Baroja y Valle-Inclán en las tertulias en el Café de Madrid. Las crónicas que envió a La Nación se convirtieron en un estudio perfecto de España, de su literatura, la enseñanza, la Real Academia Española, los toros, la política, la religión, la mujer española, plasmado con veracidad y simpatía para la nación contemporánea, en un retrato fiel de esa España finisecular. Expresiones vigorosas que luego sirvieron para la elaboración de su meritorio libro “España contemporánea” (1901) En su segundo viaje a la madre patria llega un Rubén Darío ancorado en el modernismo: “Yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana”. El modernismo enganchó a la juventud española, produciéndose un florecimiento poético en las trovas de Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán y Villaespesa; conforme con el maestro toman lo cardinal de él, dándole su individualismo artístico, en algunos casos personalísimo, tal como hizo Juan Ramón Jiménez quien avanza más allá de la “escuela”.
Rubén Darío habiendo marcado sus pautas y dejado su traza en esa generación diamantina, permanece en España como corresponsal de La Nación sin abandonar su búsqueda en la poesía, haciéndose más intensa cuando contrae matrimonio en Madrid, con una agraciada campesina avilesa llamada Francisca Sánchez, quien quedó perpetuada en los versos que le dedicó.
El camino de Darío fue largo cuando La Nación decide su traslado a Paris con motivo de la celebración de la Exposición Universal. Se radica en la Ciudad Luz, compartiendo su corresponsalía con el consulado de Nicaragua. Después de recorrer otros lugares de Europa, Darío vuelve de nuevo a España, estando la celebración del tercer centenario de la publicación de El Quijote, adhiriese al homenaje con su “Letanía de nuestro Señor Don Quijote”. Por entonces hizo el ensayo más bizarro de adaptación del hexámetro latino al español creando “La salutación del optimista” (1.905) que constituyó la cúspide de su poesía y quizá del Parnaso español. Vive los momentos de su obra máxima, que es “Cantos de vida y Esperanza.” Diez años pasaron desde sus “Prosas Profanas”, era el Darío revolucionario de la forma, para luego cargarse de voz y agente de su raza. “Prosas Profanas” son súbditas del reino “del arte por el arte”. Cantos de Vida y Esperanza son tallas de la preocupación humana.
Fue Darío capaz de embelesar con ambas, enrumbando a la generación del 98 tan luminosa como la propia del Siglo de Oro. Halló en su “Marcha Triunfal” Don Marcelino Menéndez y Pelayo “el mayor esfuerzo humano por reducir la palabra a música” y fue una descripción hecha con broncíneos anfíbracos.
Darío nunca se desvinculo de España a pesar de su trajinar por el mundo inverso que, lo asedió y premió. A mi vez, en una oportunidad escribí que era un poeta de rima natural, no proclive a los desusos; de él nació una escuela que bien pudo trascender en Hispanoamérica y en la España post renacentista, viendo en Rubén Darío un defensor de sus propias inquietudes.








