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El látigo de Fouché Carmen Cristina Wolf Miércoles, 17 de octubre de 2007
Yo era un muchacho flaco de once años, mientras mi infancia transcurrió entre el cine, la bicicleta y la escuela. Cuando obtenía buenas calificaciones me daban permiso de ir dos veces por semana a ver películas en la sala de la Avenida Principal de Maturín. En 1934 veía y volvía a ver mis historias favoritas y esperaba con ansiedad los estrenos. Casi siempre tenía el dinero para pagar la entrada, pues mamá complacía mi afición porque a ella también le encantaba la vértigo de olvidarlo todo para meterse en los huesos de los personajes, acompañar sus infortunios o asombrarse de sus excentricidades.
Aquel día mis compañeros entraron en tropel a la sala de cine. Aprovecharon que ya habían apagado las luces y dieron en la puerta unos cupones que venían en las cajas de cigarrillos Capitolio. Eran de igual color y tamaño que los billetes del cine. En la puerta esperaba el viejo Fouché, dueño del negocio, un tipo alto, pelirrojo, de grandes bigotes y mirada huidiza. Hizo correr el rumor de ser descendiente del duque de Otranto, político francés anticlerical que votó la muerte del rey y reprimió la insurrección realista en Lyon en 1793. Había sido Ministro de Policía y tuvo que exiliarse acusado de regicida. En el momento, el francés no se dio cuenta del engaño de los cupones. Luego entré yo con mi boleto que había comprado temprano. Cuando salí, atrapado en el asombro de una historia fascinante, un latigazo me cayó en la espalda. Provenía del fuete de cuero de Fouché, que cargaba siempre al cinto. Confundido, quedé sin saber qué pensar ni qué hacer, pero a unos treinta metros se encontraba mi tío Guillermo que había presenciado el agravio. En su descargo diré que apenas tenía 20 años. Me llamó a voces diciéndome: “Un Morales no se deja pegar, así que aquí tiene mi fuete. Vaya y devuélvale el azote a ese sinvergüenza de Fouché. No recordé los consejos de mi padre, enemigo de hacer justicia por mano propia, admirador a ultranza de Gandhi, de quien recordaba a menudo la frase: “La única virtud que pretendo reivindicar es la verdad y la no violencia”. Animado por la historia del protagonista de la película, “El Vengador de la Comarca”, me abalancé hacia el francés y le pequé un trallazo en la cintura. Corrí después de mi hazaña justiciera, solté el látigo en manos del tío y me perdí hacia mi casa. Cuando entré en la sala se me congeló la sonrisa de satisfacción y sentí miedo a las consecuencias de mi atrevimiento... Mientras permanecía escondido bajo la cama no sabía que Fouché había ido a la Jefatura de Policía a quejarse. Asignaron para investigar el caso al Policía número 3, el más amargado de todos y al cual los muchachos le teníamos pavor. El gendarme fue a mi casa que quedaba muy cerca del cine. Mamá cosía en su máquina singer y papá estaba de viaje en sus labores de ingeniero de caminos. Al saberlo todo, mamá me llamó y al no encontrarme, salió a preguntar en las casas vecinas. Se encontró con un compañero de escuela que rivalizaba conmigo. El muchacho por hacerme la maldad le dijo a mi madre que me había visto en la esquina fumándome un cigarro. Ajeno a los acontecimientos decidí salir de mi escondite para contarle a mamá lo que había sucedido, pero cuando ésta me vio no tuve tiempo de abrir la boca porque ella buscó ”a Pedro Moreno, quita lo malo y pone lo bueno” que tenía detrás de la puerta de la cocina y me dio tres correazos. No solté una lágrima, “los hombres tienen que ser corajudos, no unos cobardes sin dignidad”, así decía papá. Mamá me llevó de un brazo a la Comisaría diciéndome en el camino toda clase de reconvenciones. Que si estaba defraudada de mí, que si era un horror haberle pegado a un señor, que si lo engañé con el cupón, en fin, de todo me dijo. Yo estada enmudecido, helado de rabia, se me nublaban los ojos y no podía explicar nada. Mamá me obligó a disculparme con el jefe de policía y éste me echó un amenazante sermón, comprometiéndose a escribir una disculpa y entregarla al señor Fouché. Así, dijo el Jefe, todo quedaría en paz. A más de pagar la entrada. Al volver a casa mis hermanos me esperaban con asombro, las niñas asustadas y mi hermano mayor sonriendo con cierta burlita. Me dio un empujón y susurró: “Bien hecho”. Por fin mamá se tranquilizó y me pidió explicaciones. Cuando le conté la verdad, se sintió avergonzada y también furiosa, pero trató de ocultarlo. No se refirió a los dos correazos que me dio. Con el tiempo comprendí que mamá no podía retractarse de lo que ella consideraba un merecido castigo por haber pegado a alguien, más aún siendo un “viejo”. Creo que lo que más horrorizó a mamá fue haber pensado que me había convertido en mentiroso y estafador. Al escuchar mi historia mi madre fue a la alacena y me dio un gran trozo de “bienmesabe” y me acarició el cabello. Después me enteré que fue a reclamarle al verdugo y a exigirle que nunca más pegara a los niños, pues si se enteraba de otro episodio así iría a la policía. Durante un buen tiempo no volví al cine por no encontrarme con el hombretón, hasta que mis amigos me dijeron que ya Fouché no cuidaba más el portal de los sueños. |
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