Sección: Arte y Cultura
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María Ramírez: Uno tiene que reconciliarse con lo que uno es, para llegar a ser alguien en el mundo
Rafael Arráiz Lucca - ProdavinciJueves, 13 de agosto de 2009
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A la licenciatura en letras de la Universidad Central de Venezuela, María Ramírez le supo añadir la maestría en literatura latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar. Y fruto de su fervor investigativo es su obra de indagación cultural y literaria que, aun siendo breve, ofrece aportes significativos. Además, desde hace años preside con perseverancia el Capítulo Venezolano del Club de Roma, la legendaria institución fundada a finales de los años 70 para pensar el futuro planetario. En muchos sentidos, Ramírez es una suerte de puente entre España y Venezuela, un factor de diálogo y amistad.
¿Cuándo llegas a Venezuela, qué edad tenías, en qué circunstancias te vienes, y por qué Venezuela y no otro país?
Llego en el año 63, porque mis padres vivían aquí desde el año 50. Ellos se habían venido y me habían dejado estudiando en España, porque en aquella época muchos padres pensaban que aquí la educación no era tan buena.
Y te dejaron con unas tías…
Me dejaron con unas tías en un colegio francés, mi padre no quería que yo estuviera en un colegio español, porque en ese momento él detestaba el régimen. Estudiaba en el Colegio San Luis, de los franceses.
¿Y dónde naciste?
Nací en Madrid, mi padre es de una familia burguesa de Córdoba, su familia era más bien pro Franco y la familia de mi madre es totalmente republicana, un hermano de mi madre estuvo en San Sebastián de los Reyes preso, salió para morirse, ellos lo pasaron muy mal durante la guerra y yo percibí desde chiquita todo lo que fue ese miedo. La hermana mayor de mi madre, que era una persona muy primitiva, pero muy buena gente, nos transmitió ese miedo. Mis padres nos dejaron internas en el colegio con una tía, familia de mi padre, casada con un guardia civil, imagínate tú. Entonces, fíjate el contraste entre estar en un colegio francés, cuando mi padre me decía que no hiciera amigas allá porque era venezolana desde chiquitica o sea, que no tenía que tener amigas españolas, y que me olvidara de España, pero me dejaron allá.
¿Tus padres por qué se vinieron para acá?
Mis padres se vinieron como tantísimas personas. Ya la guerra había terminado, pero la situación en España estaba muy mal y él tenía un amigo que le dijo que aquí iba a estar mejor, entonces se vino por su cuenta, y aquí empezó una nueva vida como hicieron tantos otros españoles. Nos dejaron allá y nosotros, durante las vacaciones, nos íbamos siempre a Valencia de España con mis tías, porque mi madre es de Alborada. En Valencia es donde te digo que percibía ese miedo continuo. Entonces, crecí sintiendo que vivir era muy peligroso, que era peligroso ir a la esquina, escuchar música, porque qué van a decir, era peligroso ir a nadar, porque no te podías poner traje de baño, porque entonces nadie se iba a casar contigo. Pero mi tía llegó un momento en que le dijo a mis padres: vengan y encárguense de sus niñas y, entonces nos dejaron internas en un colegio de monjas españolas de la época de Franco, y el contraste ahí fue terrible, como entrar en la cárcel, salíamos una vez al mes y solamente un ratito. Tengo unos recuerdos terribles de esos años.
Mis padres me mandaron un radiecito que yo escuchaba de noche y un día la radio no estaba, me la había quitado mi tía, la esposa del guardia civil que nos venía a ver los jueves, como en las cárceles. Me lo quitaron porque nos ponía en contacto con el mundo. Las visitas eran dos horas en un pasillo, donde todos nos veíamos.
Y entonces terminaste bachillerato y te viniste…
No, terminé el bachillerato y me fui a estudiar a Inglaterra, porque quería aprender inglés. Tenía que esperar un poco a que mi hermana menor terminara el bachillerato y me mandaron a Inglaterra a estudiar. Salí de España por primera vez con pasaporte venezolano, sintiéndome venezolana, adorando a Venezuela a través de las cartas de mis padres sin haber venido nunca. Tenía amigas que me caían requetebién en el colegio, pero sentía que no podía ser amiga de ellas porque no pertenecía a eso, y entonces llegué a Londres a una residencia de monjas en Hampstead y al llegar dije que era venezolana, y me dijeron: hay otra venezolana aquí. Por supuesto, la venezolana cuando me escuchó hablar se asustó y dijo, pero ¿tú eres venezolana? y fue toda una serie de desencuentros. Pero no sabes cómo era de venezolana, yo bailaba, lloraba y me emocionaba con el Alma Llanera, mi madre me hablaba maravillas de este país, y yo lo idealizaba. Para mí esto era como el paraíso. Cuando llegué aquí me llevé el chasco del siglo.
Terminaste estudios en Inglaterra y te viniste, ¿tendrías veinte años?
Cuando terminé en Inglaterra y vine a Venezuela tenía diecinueve años. Y claro, conocía todo a través de las cartas de mis padres, sobre todo las de mi mamá, que es amante de la naturaleza, del sol, de los pájaros, del verde, y entonces lo que ella me transmitía era eso, como te digo, según ella era un paraíso.
¿Tus padres conocían más o menos el país o estaban anclados en Caracas solamente?
Lo primero que hicieron al llegar fue llevarme a conocer Venezuela. Me acuerdo del viaje a Mérida, del teleférico, viajamos un poquito por el interior y esa parte a mí me gustó mucho. Lo que me aterraba era Caracas, una ciudad donde los carros corrían a toda velocidad y eran enormes, donde no se podía cruzar la calle, donde uno no podía tomar el autobús y había gente muy pobre. Yo no puedo vivir aquí, me decía. Fue un shock tan fuerte y tan tremendo después del paraíso que me habían pintado, que dije que en Venezuela no podía vivir, que me tenía que ir y tenía que inventar algo para irme.
¿Y qué hiciste?
Escribí a Panamerican diciendo que quería ser azafata, que hablaba inglés, francés, portugués, italiano, y claro, ellos estaban encantados de tener a una muchacha de 19 años que hablara bien varios idiomas y me pagaban el viaje de entrenamiento a Miami. Yo, como un hecho, le dije a mi padre que me iba a ser azafata, y entonces mi padre puso el grito en el cielo y dijo que no y que si lo que quería era trabajar en cosas de viajes, que él tenía un amigo que tenía la mejor agencia aquí, y eso fue lo que hice. Me fui a trabajar a una agencia de viajes y me puse a estudiar alemán. Estuve trabajando, empecé a tener amigas, y a descubrir un poquito el mundo diferente del que me habían hablado mis padres. Empecé a adaptarme, tenía una vida como más normal, pero necesitaba mi música clásica. En esa época era muy intelectual, por llamarlo de alguna manera. Escuchaba a Shostakovich, a Prokofiev y estaba como muy inadaptada, porque sentía que no me entendían. Leía a Jack London, pero entonces no encontraba gente que leyera lo mismo. O sea, el entorno mío no era ése.
Pero encontré gente que me enseñó a hacer esquí acuático, me llevaban a bailar salsa y empecé a aprender otra vida. Fui a la playa, agarré una insolación, me puse bikini por primera vez en mi vida y fue terrible, me llevaron en lancha desde Puerto Azul y estaba viendo la maravilla de sol del que me hablaba mi mamá y el sol se vengó de mí y fue una cosa espantosa.
¿No habías empezado a estudiar letras?
Todavía no, en ese momento estaba todavía en proceso de adaptación. Viajé mucho, porque esta agencia de viajes tenía muchos privilegios y me mandaron a Uruguay, a Río de Janeiro, a Nueva York, al carnaval de Trinidad, empecé a descubrir un mundo que era totalmente diferente al que había vivido y empecé a adaptarme, pero de todas maneras quería regresar a Europa. Y como sabía que mi padre nunca me iba a decir que no a estudiar, me puse a estudiar alemán aquí y dije
que me iba a Alemania a terminar de aprender. Estuve allá unos meses estudiando y trabajando, con la idea de quedarme en Alemania.
¿Cuándo sientes que ya te estás adaptando?
Lo que pasó fue que regresé para casarme, el padre de mis hijos mayores se enamoró de mí y fue a buscarme, prácticamente. Llegué y me casé.
Eras una niña.
Era una niña, y entonces decidí que ya me quedaba aquí y al poco tiempo empecé a estudiar letras. Adriano González León abrió una cátedra que se llamaba «Letras hacia la calle» y me inscribí en ese curso nocturno y mi marido decidió que me acompañaba porque no le gustaba mucho que fuera sola a la universidad. Me sugirió estudiar por correspondencia y eso hice con la Universidad de Wisconsin, pero era muy duro, porque era estar encerrada todo el tiempo. Entonces, cuando vi estos cursos, descubrí un mundo en la literatura, y de repente encontré que me sentía en casa, todo lo que había vivido aquí se me olvidó, decidí que a partir de entonces ese iba a ser mi camino.
Y eso fue lo que hiciste.
Entré a la Central a estudiar Letras en el año 71 y ahí empecé a tener las amigas que me han acompañado durante todos estos años. Me gradué con María Elena Huizi, conocí a Rafael Cadenas, a María Fernanda Palacios, a Juan Nuño, que lo conocí un poco después en sus lecturas. Siempre hubo una comunicación muy bonita con Juan, a mí me encantaba su tono provocativo, esa inteligencia cáustica, esa capacidad de ver si había respuesta en el contrincante, eso me fascinó.
¿Te graduaste en Letras y ya te habías adaptado?
Sí, al tener hijos aquí, ya sentí que pertenecía y, además, cuando muere Franco, de repente me sentí aliviada, sentí que empezaba a tener derecho a conocer a otra España. Me leí todo Américo Castro, empecé a descubrir una España que me dejó fascinada. Entonces empecé a querer a España tanto que a partir de ahí todo lo que ha sido mi trabajo intelectual ha estado dirigido a encontrar la confluencia entre España y América, a encontrar ese punto de contacto.
Por eso el trabajo sobre el Inca Garcilaso de la Vega.
Y por eso todos los trabajos que he ido haciendo a partir de ahí. Dónde nos encontramos, cómo pertenecemos todos a una comunidad que tiene como base el idioma castellano, qué ha pasado en ambos lados del Atlántico. En el Inca encontré mi paralelo del inicio, a los 20 años se va a España y desde allí descubre a los Incas y yo empecé a descubrir a España desde Venezuela. Y el hecho de enamorarme de España no quiere decir que haya dejado de querer a Venezuela, al contrario, lo que he querido es comprender cada vez más este país, que aunque en principio rechacé después lo he ido adoptando y adaptando, ha sido mío, es un país al que yo pertenezco.
(Gonzalo Fournier) En tu enamoramiento de España, aparte de las obras de Américo Castro, ¿cuáles otras empezaste a leer compulsivamente?
Bueno, también leía a Sánchez Albornoz. Lo que más me interesaba era los que habían trabajado la hispanidad, el concepto de España, leí a Madariaga, leí lo que tiene que ver con América, pero el que más me impactó fue Américo Castro ¿y sabes por qué?, porque es un judío, él se siente como parte de ese mestizaje hispano y yo de repente sentí que en mí tiene que haber mucho de moro y mucho de judía y mucho de cristiana. Me siento una mestiza cultural aquí en América.
Que es una realidad española. Los españoles son muy mestizos.
Por eso a mí me gusta leer a Juan Goytisolo, porque también ha trabajado mucho eso. Pero lo que más me gustó de todo lo que descubrí de España lo encontré en las obras de Américo Castro. Lo devoraba y lo releía y lo subrayaba y entonces encontraba una frase que me hacía respirar, que me hacía sentirme bien conmigo misma, porque en un momento, ser español podía ser una tara, algo que uno tenía que sacudirse.
Por lo vetusto de la España franquista probablemente, por lo atrasada.
Por lo que había vivido. Pero me di cuenta de que eso era simplemente una fabricación mía, que no tenía nada que ver con la realidad. España es mucho más rica y trasciende todo eso porque, además, España está en nosotros aquí en América, como nosotros en ella.
¿Cómo has visto el ascenso económico, político y cultural de España? ¿Vas muy a menudo?
Sí, voy a Madrid muy a menudo. El proceso de España es digno de admiración. Creo que es un ejemplo para el mundo, del cual nosotros tenemos mucho que aprender en este momento. Y por otro lado está la progresiva decadencia de Venezuela, que me ha hecho reflexionar muchísimo y hacia ahí he apuntado muchos de mis trabajos, a tratar de entender por qué, teniéndolo todo, no logramos construir un país digno.
¿Vislumbras algo, qué ves?
Entre las cosas que veo, y no sólo me referiría a Venezuela, sisno a América Latina en general, es que le dimos la espalda a España y eso ha sido un error. Cuando uno trata de crecer de espalda a lo que uno es, uno acaba siendo nada. Uno tiene que reconciliarse con lo que uno es, para poder llegar a ser alguien en el mundo, eso sirve para los individuos y para los pueblos, y lamentablemente después de la Independencia la única manera que encontramos de ser ciudadanos fue negar a España y eso ha sido un gravísimo error. Nosotros lo que decidimos fue adoptar, ni siquiera adaptar, sino adoptar, constituciones, modelos de vida, adoptar formas que no tenían nada que ver con nosotros mismos.
¿Y la España de hoy en día cómo la ves, en este proceso de transición?
La veo cada vez con más admiración. Por muchos problemas que puedan tener yo me siento muy orgullosa cuando veo, por ejemplo, la diferencia de cómo España trata a los inmigrantes, porque es uno de los problemas más importantes que tiene el mundo de hoy, la inclusión de los de afuera, que es algo inevitable. Cuando veo que los árabes, o la gente del norte de África, mujeres que no han tenido oportunidad en sus países de aprender el idioma árabe, de saberlo escribir, en España les enseñan a escribir su propio idioma, eso a mí me hace sentir muy bien, sinceramente, a pesar de que en un momento sentí que era una vergüenza ser española, ahora cada vez me siento más orgullosa y más feliz de formar parte de esa comunidad.
Gonzalo Fournier: ¿Tú nunca has perdido la nacionalidad española?
Yo lo que hice, gracias a Juan Nuño, fue recuperarla.
Gonzalo Fournier: ¿Y has trasmitido ese amor, esa comprensión de España a tus hijos?
Absolutamente.
¿Tienes tres hijos?
Tres hijos y cuatro nietos.
Gonzalo Fournier: ¿Y cómo ves, aparte de lo que te ha preguntado Rafael, la cultura española actual, desde la literatura? ¿Qué autores citarías por los que sientes una especial predilección?
Goytisolo, Álvaro Cunqueiro, Eduardo Mendoza, el de La ciudad de los prodigios, Bernardo Atxaga que es extraordinario, también me encanta Fernando Savater…
Él viene mucho aquí…
Y fíjate Fernando lo valiente que es. No sólo es gente creativa, con humor, sino que además es valiente, es capaz de exponer su vida cuando es necesario, ahí no existe la cobardía.
La cobardía no es de la hispanidad.
Y la gente expresa lo que siente, no tiene miedo con toda la amenaza que hay en el país vasco, con la ETA, la gente es valiente, arriesgada. A mí me maravilla cómo España ha sabido encontrar su centro cultural en cada uno de los rincones de las distintas ciudades y provincias españolas. Me parece que España es uno de los países que realmente le dedican esfuerzos a la cultura, y es un ejemplo también al mundo de cómo han sabido vivir con las autonomías, respetando la descentralización, que es algo que nosotros necesitaríamos hacer aquí, esa manera de respetar el hecho de que cada entidad tiene su propia autonomía. Por donde quiera que vayas hay un centro, un teatro, exposiciones, concursos de poesía. A mí me parece admirable, porque es un sentido de pertenencia que te hace sentir muy bien dondequiera que estés, hay sentido nacional, sentido español.
¿Cómo ves los vínculos entre España y Venezuela?
Creo que siempre se pueden mejorar. Hay una cosa que a mí me duele un poquito y es que en España no hay mucho interés en este momento por lo que pasa en América Latina, con los escritores venezolanos o con los escritores de cualquier otro lugar. Aquí hay excelentes poetas, excelentes escritores. A mí me gustaría que hubiera un poco más de interés sincero en España por lo que pasa aquí.
La lluvia se anunciaba impetuosa con las ráfagas de viento que suelen precederla en Caracas. Las ramas de los árboles se sacudían como electrizadas por una fuerza invisible. Ya no quedaba nada en las tazas de café. María había tejido perfectamente su historia.
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Nota de la redacción: María Ramírez Ribes falleció en enero de 2009 y publicamos esta entrevista en su memoria.






