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John Updike - La faena del provocador
Alberto Hernández

Jueves, 29 de enero de 2009

1.- Nunca imaginó quien pasó un bisturí por el trabajo de John Hoyer Updike, luego de aquella inquina crítica de Contemporary Literary Criticism, que el norteamericano de 50 años se hiciera del Premio Pulitzer. Corría el año 1982 y ya Updike había publicado exitosamente Corre, conejo (Rabbit, run) 1960, Parejas (Couples) 1974, Golpe de Estado (Coup) 1979 y El centauro (The Centaur) 1980, entre otros.

El juicio enarbolado contra aquel autor de medio siglo escuece:

Updike no tiene ninguno de los atributos que convencionalmente se asocian a un verdadero talento literario. No tiene una mente provocativa. No posee dotes notables de narrador, ni tampoco un estilo elegante. No crea personajes dinámicos, coloridos o profundamente significativos. No confronta al lector con situaciones dramáticas que lleven la impronta de una manera original o única de observar la experiencia y responder a ella. No desafía la imaginación, ni la estimula, ni la escandaliza, ni la educa. En efecto, uno de los problemas que Updike plantea a los críticos reside en que él compromete la imaginación tan poco, que uno tiene verdadera dificultad en recordar sus escritos el tiempo suficiente para pensar con claridad respecto a ellos…”.

Es decir, un verdadero fiasco, un mediocre.

2.- La imagen madura del narrador nacido en 1932 en Shillington, Pennsylvania y egresado de la Universidad de Harvard, nos inclinaba a pensar, por aquellos umbríos 1982 y 1983, que Updike alcanzaría, pese a los augurios de cierta crítica, los logros de muchos de sus compatriotas.

José Domingo, de la Gaceta Semanal de las Artes de Tenerife, afirmó que “Entre los jóvenes novelistas norteamericanos que aspiran a suceder a Faulkner en su puesto indiscutible de primer novelista de su país, aparece John Updike como uno de los mejores dotados…”. No se equivocó, Updike pasó a formar parte del grupo de escritores más publicados y leídos de su país y de casi todo el mundo civilizado.

Los que comenzábamos a leerlo a finales de aquella década venezolana -el “viernes negro” hacía estragos a favor del silencio y de la nadería- pensábamos que ya estábamos frente a un talento que no pararía de escribir.

3.- La revista Time, tan dada a ofrecer portadas y rasguños, le añadió al guiso crítico que Updike se parecía más a un atleta que a un escritor: “Hace jogging, es decir, corre y corre por el campo literario, diciendo muy poco, pero diciéndolo muy bien”. Traducción: el sujeto es vacío, poco imaginativo, pero conoce el idioma. Algo así, para no empastelar más la consigna según la cual era poco atractivo.

Para Richard Locke la orquesta narrativa de Updike suena distinto. Un trabajo aparecido en el The New York Times, lo agregó a un pequeño grupo, a “un puñado de autores norteamericanos contemporáneos con talento”. Es “uno de esos escritores hacia quienes regresamos a buscar y encontrar algo”. La tortilla se volteó. Esta opinión y el otorgamiento del Pulitzer dejaban muy parado al crítico que no se identificaba en la nota de Contemporary Literary…

4.- La imaginación del creador de Rabbit is Rich se aferra a lo diario, a la cotidianidad, a las menudencias que la totalidad revela en cada mirada. Ficcionador con gracia, Updike es un verdadero representante de lo contemporáneo, de lo que se pasea por el presente entre el frío y el calor de la rutina. Es un reportero literario. Un cronista que refleja las contradicciones de un mundo donde el fracaso se suma a los sobresaltos del éxito. Pero sobre todo es un narrador que no suelta la presa hasta que la relata completamente, la desnuda y la ofrece como el cadáver de un animal listo para ser colocado sobre el fuego.

Pese a que muchas veces la agudeza no forma parte de su salida a la página, John Updike siembra dudas. Las deja allí, frente al lector. Las disipa con la insistencia: Harry Rabbit Angstrom, su personaje en serie, es una de ellas.

Crítico de la clase media, su “gran acierto consiste en haber plasmado” -en casi toda su obra- una imagen detallada y real “de un mundo anclado, con demasiada frecuencia, en unos modos de comportamiento que se consumen entre el vacío y la desolación”.

Con su muerte, a los 76 años, y con 50 libros a cuestas, se marcha el llamado “cronista del adulterio urbano”, como fue calificado por mucha gente cercana a su diaria relación con esa sociedad donde la separación conyugal representó la escisión entre el norteamericano común y su propia cultura.

Provocador efectivo, no exaltó el ánimo de la calle ni derribó mitos. Su verbo se encargó de desnudar la mediocridad, la monotonía y la emergente apatía de aquellos años.

Faulkner le pasa por un lado. Nuestro Onetti lo mira con sus ojos bizcos.

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