Si al artista plástico Rolando Peña (1942, Caracas) le propusieran hoy exponer en algún museo nacional, él no daría saltos de alegría. Para nada. Al hombre que fuera bautizado por Andy Warhol como el Príncipe Negro, no le interesa pisar una institución museística ni siquiera como un simple espectador.
"Anteriormente, para un artista exponer en un museo venezolano era un reto, un prestigio. Ahora no creo que hacerlo te dé prestigio. Yo no tengo ningún interés en mantenerme en algún museo en este momento. Tuve el gran honor de exponer en el Museo de Arte Contemporáneo y en el Bellas Artes dos veces. Pero si me llamaran para hacer una exposición ahora yo lo pensaría. ¡En otra época hubiera dado un salto de alegría!", afirma el artista que este año fue merecedor de la Beca Guggenheim en Artes Plásticas.
—¿Cuándo fue por última vez a un museo nacional?
—Te confieso que he tenido poco tiempo de ir a los museos.
—¿Cuál fue la última exposición interesante que vio?
—Fue en el MACC. Una muestra que curó Luis Ángel Duque, un trabajo interesante, dentro del desastre que existe. Creo que era con Magdalena Fernández. Pero es que no voy a los museos. La pregunta sería: ¿Qué va a ver uno en los museos? Si la gente de la cultura oficial se propuso desmantelar la cultura y lo que se había hecho con ella, pues lo están logrando de una manera impresionante. Son muy efectivos para desmantelar.
—Pero el Gobierno habla de democratizar la cultura...
—¿Democratizar la cultura o ranchificar la cultura? Ellos están ranchificando la cultura y todo lo que tocan. Democracia es otra cosa, es libertad. Respetar que cada museo y cada individuo tiene una manera de ver el mundo. Cada museo tiene su parámetro. Pero ahora eso se acabó. Sé que en la nueva sede de la GAN hay obras mías. Pero no he ido, no me provoca. ¿Para deprimirme? Ellos no entendieron nada. No sé quiénes lo asesoran, pero con gente así para qué quiero enemigos. Es terrible. Es muy grave.
—¿Los museos habían experimentado una situación similar a la que viven hoy?
—No. ¡Jamás en la vida! Yo prácticamente me críe jovencito en el MBA cuando estaba Miguel Arroyo. Soy, de cierta manera, un hijo suyo. Gracias a él aquí vi exposiciones extraordinarias como la de Henry Moore. Había una cinemateca fascinante. Cuando me fui a Nueva York ya había visto en Caracas obras de Warhol. Yo salía del colegio a los museos. Esa era la labor de un museo: enseñar, orientar. Eso se perdió por completo.
—¿Qué pasó entonces?
—Que gente muy inepta tomó el poder. Ellos no tienen la menor idea de cómo se dirige un museo, cómo se maneja y mucho menos cómo funciona la cultura. No tengo nada en contra de ninguna manifestación cultural como el folclor o el arte de la calle. Pero aquí había un ritmo cultural que se estaba desarrollando. Había algo rural que se fue modernizando en los años 50 con Carlos Raúl Villanueva, Miguel Arroyo, Miguel Otero Silva, Rafael Cadenas, Adriano González León. En los 70 y 80 llegó la contemporaneidad. Pero de repente: ¡Pam! Toman el poder unos personajes y hasta allí llega todo. O intentaron que todo llegará hasta allí, pues surgieron los espacios alternativos, como Los Galpones, la ONG y el Centro Cultural Chacao. Aunque un museo es un museo.
—¿Que las galerías hayan asumido un poco el papel del museo perjudica de alguna manera al arte?
—Existe una necesidad de comunicación con el público, con el país. Las galerías han hecho bien hasta cierto punto. Sólo que ellos hacen hincapié en ciertas tendencias, sobre todo por la situación económica. Existe una intención de promocionar tendencias que no son tan buenas. Ahora todos quieren ser Gego, como cuando todos querían ser artistas cinéticos por Soto. Allí es donde se ve la falta que hacen los museos. Ellos están abierto a cualquier tendencia.
—También se habla de inclusión. ¿Eso existe?
—¡No! Todo lo contrario. Las pocas veces que he ido a un museo lo he encontrado vacío. Ni en las inauguraciones hay gente, más allá que los incondicionales amigos. Ese público que creó Sofía (Ímber), María Elena Ramos, que tenía el ritual de ir todos los domingos al museo a ver las exposiciones se acabó. Ellos lo que hacen es destrozar.
—¿Entonces, de qué se habla, si según usted no existe ni democratización ni inclusión?
—Yo pienso que ellos están realmente equivocados. No creo que estén logrando lo que dicen.
—¿El socialismo del siglo XXI llegó a los museos?
—Bueno, el socialismo del siglo XXI es algo muy extraño. Es como una unión de bienmesabe con reina pepiada. ¡A mí me parece un disparate! Yo vengo de la izquierda de los años 70. No quiero hablar de política, pero esto no es izquierda. Yo decía en una charla que mi cabeza comienza a elucubrar si el Opus Dei no se encuentra detrás del socialismo del siglo XXI. Para mí esto es más extrema derecha que izquierda. ¡No entiendo nada! Mira lo que han hecho con los sindicatos, los trabajadores.
—¿Se podrá recuperar el país de esta década sin registro cultural oficial?
—La cultura es la Cenicienta. A pesar de todo, existe como un movimiento underground, como al margen que ha continuado haciendo cosas interesantes, de donde sale gente joven. Por mi trabajo me acabo de ganar la Beca Guggenheim. Rafael Cadenas recibió un premio esta semana. José Antonio Abreu también, quien junto a Dudamel han hecho un gran trabajo. Ellos todavía no han logrado paralizar la cultura. No han podido parar el pensamiento, cosa que no tienen.
—Existen logros culturales o deportivos que el Gobierno toma como propios...
—Ya va. Cuando yo veo a la Orquesta Sinfónica con la banderita de Venezuela a mí me molesta profundamente. Se lo dije a Dudamel. ¡Él está allí por él, y si a alguien hay que darle el crédito, pues es a Abreu! La orquesta es lo que es por él. Claro, yo entiendo que él anda en dos aguas, porque eso cuesta plata. Sé que lo han criticado por no tener una posición contra Chávez, pero entiendo por qué no lo hace. ¡Yo sí lo puedo hacer! No necesito de los museos, no quiero nada con ellos. Lo bueno, es que Abreu no ha hecho concesiones con su obra. En cambio otros, como Román Chalbaud sí. Sus películas alaban al régimen.
—¿Existe el arte del Revolución Bolivariana?
—¡Eso es totalmente falso! Lo que más me molesta es que este señor es un papel carbón. ¡Todo es una copia! En un país como Venezuela, llena de gente joven que hace cosas interesante, cómo vas a venir a meter el freno de la revolución y querer echarlo todo para atrás.
—Todo revolución tiene sus artistas. ¿Dónde están los de la Bolivariana?
—¡No los hay! ¿Nómbramelos? Los poquitos que hay son prestados. Yo no quisiera decir, porque hay gente que yo quiero mucho allí, pero pueden ser personas que se han dejado comprar o que están en alguna etapa de su vida que dijeron 'bueno, yo no voy a seguir con esto. Si van a pagar mis libros, mis películas, acepto estar con esta gente'.
—¿Qué se puede esperar de un país que reduce el presupuesto de los museos a 85%?
—Un régimen totalitario, retrogrado. Ellos no invierten en los museos, pero sí lo hacen en armas de guerra.
—¿Cómo se siente al recibir la Beca Guggenheim?
—Muy contento. Para la edición 2009 enviaron ocho mil propuestas en artes plásticas. Y solamente se la otorgaron a una chilena y a mí. En mí caso fue por unanimidad. Presenté un proyecto que llevo tres años trabajando sobre el recalentamiento global, que se llama Petróleo verde y les interesó mucho. Sobre todo la coherencia impresionante que ha sido desde los 60 hasta ahora una continua búsqueda experimental. La beca comienza desde septiembre de 2009 hasta septiembre de 2010. Me dieron suficiente dinero para desarrollar el proyecto. Le mandé la propuesta a AlGore y me apoyó. Además, trabajo con el científico Juan Carlos Sánchez y con el astrofísico Claudio Mendoza.
Todo en Analítica sobre: Entrevista