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Eugenio Espinoza:Efímeras, pero imprescindibles Iris Peruga Miércoles, 2 de septiembre de 2009 Creo que una de las cosas que han dejado de hacer los museos venezolanos actualmente es enriquecer sus colecciones. Parece que ya no adquieren obras a los artistas, lo cual, en el fondo, tal vez sea afortunado, dado que en Venezuela casi todos los museos son del estado y, para sus directivas, plegadas al mandato de la autoridad superior, buena parte del arte hoy en día parece limitarse o bien a lo fácilmente digestible o a lo popular mal entendido. Pero el hecho es que, debido a eso, las colecciones públicas están experimentado un inmenso retraso, que viene a sumarse al que ya tenían, por la permanente escasez presupuestaria que en Venezuela ha venido sufriendo la cultura visual, siempre en manos del estado. Las directivas de los museos más prestigiosos de Caracas tenían conciencia de cómo el arte de hoy multiplica día a día sus propuestas y de lo necesario que es conocer y estar pendiente de éstas, para sumar aquéllas más interesantes a su acervo. Pero, en los pequeños museos nuevos, sin un contexto histórico que le de fundamento y sin uno internacional que permita la confrontación, el arte venezolano actual corre el riesgo de perder sentido: de volverse insubstancial, gratuito. El arte, hoy, no puede ser endógeno. Tomando en cuenta que las culturas se enriquecen continuamente en contacto con otras culturas, podremos captar el empobrecimiento al que estas descontextualizaciones nos someten. Conocer lo que se hace fuera de Venezuela parece muy importante para la cultura general, y sin duda lo es más para los artistas, que necesitan en todo momento confrontar sus ideas y su trabajo con el de los otros. Es tal vez por eso que muchos de ellos se encuentran actualmente fuera del país. Otros van y vienen, pero no todos pueden hacerlo así. Muchos (entre ellos, los jóvenes con pocos recursos) no tienen más remedio que quedarse aquí. En contacto sólo con el arte venezolano oficialmente apoyado, y de tal modo aislado de su historia y de la confrontación internacional, su visión del mundo necesariamente debe contraerse. Afortunadamente muchos de esos artistas radicados en el exterior, o que van y vienen, continúan interesados en exponer sus obras aquí. A falta de museos en los que se presenten libremente todas las formas del arte, hay locales privados que muestran trabajos valiosos. En la sala Mendoza está expuesta actualmente la obra de uno de nuestros artistas más destacados, Eugenio Espinoza, que presenta dos tipos de propuestas: x, aluminados x; sostenidos, que, aunque muy diferentes, responden en esencia a la misma actitud crítica. Por un lado, obras que tienen cuerpo, pero que, en conjunción con las ideas subyacentes en su exposición individual inicial (1972), ese cuerpo es ahora vertido en aluminio doblado, cortado, retorcido y hasta maltratado; por otra, su obra efímera, una obra sin cuerpo, pero muy importante en relación a las ideas sobre la modernidad que interesan en nuestro país, poniendo así en evidencia el espíritu crítico, cuestionador, que tiene siempre su trabajo. Pintadas directamente sobre el muro, son obras que no tienen bastidor y, por lo tanto, son desechables, efímeras, no coleccionables. Por un sentido del humor muy propio de este artista y, sobre todo, para hacer más evidente el hecho de que las obras están pintadas sobre la pared y no tienen cuerpo, en su parte inferior ha colocado (como para sostenerlas) varios tipos de soportes (bien se trate de pies de amigo, bien de viejas escaleras de mano o de algunos tacos de madera). Precisamente, una de las cosas que había venido cuestionando la obra de Espinoza es la necesidad que todavía tenía el arte moderno de lo que se conoce como soporte: tela o madera en la pintura; bronce o piedra en la escultura. A diferencia de otras obras efímeras, que fueron pintadas en los muros del Museo de Bellas Artes (Gerd Leufert: Visibilia, 1966, y Nuevas Nenias, 1985), que, uniformemente negras, podían ser repetidas cuando se quisiera, estas de Eugenio, en cambio, para enriquecer sus campos de color (insuperablemente bellos) presentan magníficos empastes y texturas. Algunas de ellas crean incluso la ilusión de estar a diferentes distancias espaciales. Esto haría más difícil (aunque no imposible) la repetición. Una repetición contraria a su verdadera esencia: su cualidad temporal, efímera, desechable. Y nos oponemos totalmente a que esa cualidad, decidida por el artista, sea irrespetada. A pesar de ello, pensamos que estas obras, particularmente, deberían ser repetidas para beneficio de la historia de nuestras artes visuales y del público joven de Venezuela. En nuestra opinión representan uno de esos momentos de crecimiento y expansión que suceden en todos los lugares sólo de vez en cuando, como el que hubo aquí en 1949, cuando Alejandro Otero presentó al país por vez primera sus Cafeteras, o, en 1960, sus Coloritmos, o como cuando, en 1957, se expusieron las obras cinéticas de Jesús Soto. Precisamente, estos venezolanos habían llegado a esas propuestas novedosas en el exterior, en contacto con otros artistas y otras culturas. O, como cuando, en 1969, se instaló la Reticulárea de Gego, que llegó a ese planteamiento, como lo haría posteriormente Eugenio, a partir de su propia experiencia de la modernidad y de sus manifestaciones en Venezuela. Sólo sería necesario que la Fundación Museos Nacionales invitara oficialmente al artista a venir al país para que pudiera repetir esos trabajos en algunos espacios previamente escogidos de los museos de Bellas Artes y de Arte Contemporáneo, y de la Galería de Arte Nacional. No aspiramos a que, contrariamente a lo que fue decidido para ellas, estas obras perduren para siempre: queremos, simplemente, que la mayor cantidad de público posible pueda verlas y conocer su propuesta. Y que duren lo que deban, quieran o puedan durar.
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