A comienzo de los años 60, Miguel Arroyo, para la época Director del Museo de Bellas Artes de Caracas, me habló y mostró
un libro de Marisol. Quedé muy impactado al descubrir a esta gran artista, bella, enigmática. Pero mi mayor sorpresa fue en Nueva York tres años después, cuando fui a tomar un curso de danza en la academia de Martha Graham gracias a la generosidad de Hans Neumann, quien me pago el curso y Don Mariano Picón Salas, Secretario de la presidencia en ese momento, tuvo la gentileza de darme el pasaje de avión, por recomendación de Maria Teresa Castillo de Otero (mi agradecimiento eterno a ellos) de paso me encuentro a Gonzalo Castellanos (arquitecto y fundador del Techo de la Ballena) quien me invitó a una fiesta en casa de José Guillermo Castillo y su esposa Ana Maria, en Bleecker Street, in the Village donde estaba, Miguel Arroyo, Gerd Leufert, Isaac Chocrón y Marisol. Al vernos se dio la magia y quedamos amigos para siempre. Fue un pacto de sangre.
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Pienso que la obra de Marisol no deja de sorprender. Esa manera tan particular de mostrar lo cotidiano, usándose ella misma como modelo, su cara, sus manos, pies, etc. Dibujando al estilo leonardesco utilizando objetos cotidianos: una botella de Coca Cola, brochas, sillas, un manubrio de bicicleta. Talla la madera de la forma más clásica, eso es lo sorprendente de su obra. Va de lo antiguo a lo moderno con una fluidez absoluta, sublime, casi infantil y a la vez terrible. Todas estas sensaciones y elementos están en esta maravillosa exposición que cuenta con la complicidad de Mimi Trujillo (su ángel de la guardia).
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Al entrar al espacio el sentimiento es sobrecogedor, místico, no hay la menor duda. Queda uno atrapado en su mundo, ese N.Y. que es tan de ella… Duchamp, Warhol, el jazz, su gente, sus olores, sus calles. Todo está allí como una película sin fin. Pienso que Marisol es una extraordinaria “documentalista” de su entorno. Aprovecho para felicitarla y darle las gracias por permitirme soñar con ella. MARISOL, I LOVE YOU.
P.D. Todavía estamos esperando que un Museo como el MoMA o el Guggenheim realicen la gran retrospectiva que se merece.
Rolando Peña