Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

Sección: Cultura

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Madre Teresa de Calcuta BIOGRAFÍA

José Antonio Molero

Lunes, 15 de marzo de 2004

Siempre se las ingeniaba para arrancar algún dinero a todos los que podían darlo. En una ocasión pidió a Juan XXIII, con ese inocente descaro que la caracterizaba, que le diese parte de las riquezas del Vaticano para poderlas dedicar a sus pobres. El Papa le regaló entonces su Rolls Royce, y ella organizó una subasta para venderlo, obteniendo varias veces el valor de su precio en el mercado automovilístico.

Convertida en una estrella, agasajada por príncipes y banqueros, reyes y altos mandatarios, papas y artistas, aquella monjita venida de los Balcanes, pobre, humilde y de exigua estatura, se había convertido en el símbolo por excelencia de una santa viva, ante la que se postró el mismísimo papa Juan Pablo II.

Quizá, por eso, surgen las primeras críticas hacia la Madre Teresa y hacia su labor, particularmente de parte de los sectores más progresistas de la Iglesia, que la acusan de dedicarse simplemente a hacer caridad, sin luchar por la implantación de la justicia, y, también, desde ciertos ámbitos de la sociedad inglesa, donde se la acusa de fundamentalista en el ámbito moral y de haber aceptado sin remilgos las ayudas que le ofrecieron personajes de reputación un tanto dudosa, como fue el caso del dictador Jean-Claude Duvalier, o de individuos corruptos, como Robert Maxwell. Ella, como siempre, lo aceptaba todo y de todo, sin pararse a valorar la índole de su procedencia, con tal de poder aliviar las miserias de los desheredados. Y ese fundamentalismo de que se le acusaba cedía ante el enorme sentido práctico de la monja, que la llevaba a pasar su tiempo negociando con todos, desde el Ayuntamiento de Calcuta, controlado por los comunistas, hasta los más poderosos gobiernos occidentales. Era la manera más eficaz que ella conocía para lograr el caudal de medios necesario para una obra en constante expansión.

LOS NUEVOS MITOS

La Madre Teresa no escondía su respeto a los valores más tradicionales de la Iglesia. En una ocasión confesó a un periodista que, de haber vivido en tiempos de Galileo Galilei, habría dado la razón a la Iglesia frente a sus postulados científicos. Y a los que la acusaban de utilizar un método demasiado ingenuo para cambiar el mundo y prestar un peligroso servicio a los culpables de la miseria social, la Madre Teresa respondía: «A mí no me interesan las estructuras sociales. No tengo tiempo para pensar en grandes programas. Nuestra misión es el hombre individual que nos necesita ahora».

Quizá por eso, hace unos años, la Madre Teresa se convirtió en centro de debate y de polémica en la India sobre la situación de los intocables bautizados en el catolicismo. La Madre Teresa participó en una amplia campaña de oración en favor de los católicos cuya pertenencia a la casta inferior, los intocables, seguía siendo causa de que se les colocara, en la propia comunidad católica, en una posición tan discriminada que, incluso en misa, se veían obligados a ocupar bancos distintos de los de sus correligionarios de castas superiores.

No es, pues, de extrañar que, a pesar de esa peculiar y aparentemente contradictoria actitud suya (socorrer a los pobres sin denunciar a los ricos), el mito de la monja más célebre del mundo continúe y perdure vivo aun después de su muerte. Y es que, como dice el teólogo jesuita francés Paul Valadier, «los tiempos han cambiado y, con ellos, también las figuras carismáticas dominantes: Helder Cámara ha sido sustituido por la Madre Teresa. Uno y otra son figuras excepcionales, pero mientras el primero es un denunciador vigoroso de los responsables de las injusticias, la segunda se nos presenta como devorada por el socorro inmediato».

ENTREGA, FAMA Y PESADUMBRE

La Madre Teresa nunca se paró ante las dificultades, ni las críticas que se vertieron contra su persona lograron arredrarla en lo que ella creía prioritario: defender a los más desgraciados. Una defensa a ultranza que siempre hizo con alegría y tenacidad, no en vano repetía constantemente a sus hijas que el espíritu de su obra es de «entrega, confianza y alegría». Y mucha veces dijo también: «Queremos que sientan que se les quiere. Si vamos a ellos con una cara triste, se sentirán aún más deprimidos».

Ninguna congregación, ninguna orden ha tenido tanto éxito en la Iglesia durante este siglo como la de la Madre Teresa. Los poderosos de este mundo hacían cola para fotografiarse junto a aquella frágil religiosa con fama de santidad. Una fama que, quizá, la haya hecho acreedora a ser canonizada en el breve lapso de tiempo después de su fallecimiento.

Pero sus últimos años no fueron fáciles, no sólo por los extremos sufrimientos de sus dolencias, sino por la agria polémica que suscitó el rodaje de una película sobre su vida, realizada para la televisión, con guión del escritor francés Dominique Lapierre, al que la religiosa había otorgado su visto bueno en un principio, pero que luego le retiró. No obstante, el proyecto continuó su curso, lo cual fue motivo, según afirman sus más próximos, de que se sintiese «muy contrariada».

La Madre Teresa murió en vísperas del funeral y entierro de Lady Diana Spencer en Londres. Estas dos mujeres, que parecían estar en las antípodas en cuanto a cualquier consideración social y personal de la vida y de sus valores, se conocieron hacía cinco años en Roma, congeniaron de inmediato porque compartían una devoción muy marcada por la ayuda a los necesitados, y la Madre Teresa nunca cuestionó los motivos de la princesa británica.

Una portavoz de la congregación había anunciado que Madre Teresa no podría asistir, debido a su mala salud, a las honras fúnebres en Londres, a las que había sido invitada. En las horas posteriores al accidente del domingo en París por la princesa Diana de Gales, y antes de conocerse su muerte, se informó de que la religiosa de Calcuta había estado rezando por ella.

ADIÓS, MADRE TERESA

La Madre Teresa llevaba varios años aquejada de crecientes problemas de salud, que comenzaron a agravarse a partir de 1989. A la monja le había sido implantado un marcapasos en 1983. Su corazón, a pesar de la magnitud de su grandeza, hacía tiempo que presentaba síntomas evidentes de cansancio y debilidad, y la religiosa contemplaba ya la posibilidad de jubilarse, pero fue retrasando una y otra vez la fecha de su retiro. Finalmente, en marzo de 1997, como un acto premonitorio de un fin cercano, abandona su puesto a la cabeza de las Misioneras de la Caridad, la congregación por ella fundada hacía casi medio siglo. Seis meses más tarde, la Madre Teresa fallecía el viernes 5 de septiembre, víctima de un paro cardíaco. Contaba 87 años de edad.

Se fue la Madre Teresa de Calcuta. Y se fue luchando contra su propia muerte y contra su viejo corazón, cansado de latir y de ver y socorrer tanto dolor, miseria y sufrimiento. Pero el legado de esta misionera, que intentó convertir el infierno de Calcuta en una casa con calor de hogar, permanecerá en la conciencia de la Humanidad como un aldabonazo de solidaridad y amor hacia los más desfavorecidos. Y aquel rostro sembrado de profundas arrugas, aquel aspecto suyo menudo y frágil, eternamente enfundado en su sari blanco con franjas azules, ha quedado grabado para siempre en la retina, en el subconsciente, en los corazones de millones de personas en todo el mundo.

EL SEPELIO

Al morir, y por propio deseo, la Madre Teresa volvió a su querida casa de Loreto de Calcuta, reposando en la iglesia de Santo Tomás. Allí, las hermanas del IBVM y las Misioneras de la Caridad velaron su cadáver día y noche durante una semana. Y volvió a Loreto porque todas sintieron que era justo que la última despedida de la Madre Teresa tuviera lugar en la misma casa y en la misma iglesia donde ella había empezado su caminar misionero y donde, a su vez, el IBVM había iniciado su andadura misionera en la India en 1841. Miles de personas de todo el mundo se congregaron formando largas filas en la Iglesia de Santo Tomás para despedirse de la Madre Teresa. El día 13, en medio de una sobrecogedora emoción, recibió sepultura en el convento de las Misioneras de la Caridad, la orden que ella había fundado en esta ciudad nororiental de la India.

Una sencilla lápida de color blanco cubría los restos mortales de la santa de los pobres. En una placa en la cabecera de la lápida se leía: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado. San Juan 15:12», y unas líneas más abajo: «Mother M. Teresa M. C. Nuestra querida Madre, fundadora de las Misioneras de la Caridad».

La tumba estaba en la planta baja del convento, en una estancia que hasta entonces había sido la clase de las novicias. Ante los numerosos periodistas y ciudadanos de toda índole que deseaban entrar en el convento para visitar la tumba de la monja benefactora, la policía colocó a la entrada un pequeño número de guardias para tratar de poner orden, ya que aquella primera mañana se habían registrado algunos incidentes derivados de la aglomeración de personas.

El entierro de la Madre Teresa en la casa madre de las Misioneras de la Caridad en Calcuta había sido motivo de polémica ante el temor popular de que se impidiera la visita a la tumba. Esto dio lugar a que el arzobispo de la diócesis, Henry Sebastián Da Souza, declarase que la Madre Teresa iba a ser enterrada en su convento porque, en los últimos tiempos, se habían registrado muchos casos de profanación de tumbas cristianas en la capital bengalí. Por su parte, la hermana Nirmala, que había sucedido a la Madre Teresa como superiora general de la orden, explicó que «Éste era el sitio en el que la Madre Teresa quería estar», y aclaró que su tumba se podría visitar una vez que se hicieran los arreglos necesarios.

SU SUCESORA: LA HERMANA NIRMALA

En marzo de 1997, la hermana Nirmala había sucedido a la Madre Teresa como superiora de las Misioneras de la Caridad. Su nombre es Nirmala Joshi y proviene de una familia brahmana. Hija de un oficial del ejército indio, la hermana Nirmala Joshi nació en 1934 en Ranchi, al Este del estado de Bihar, India, adonde sus padres habían emigrado desde Nepal. Recibió enseñanza de misioneros cristianos en la ciudad oriental de Patna, India, pero continuaba siendo hindú, hasta que, con los 24 años, sabedora de la obra que la Madre Teresa estaba llevando a cabo, decide su conversión al catolicismo.

La hermana Nirmala había cursado estudios de Ciencias Políticas y Derecho en una universidad de la India y fue una de las primeras monjas que encabezó una misión extranjera cuando fue a Panamá, América Central. Más adelante, poco antes de que la eligieran sucesora de la Madre Teresa, había encabezado misiones en Europa y Washington.

JUAN PABLO II Y TERESA DE CALCUTA

El domingo 7 de septiembre de 1997, a dos días de su fallecimiento, el Papa Juan Pablo II, amigo personal de la religiosa, dedicó el rezo dominical del Ángelus en la Plaza de San Pedro de Roma a la Madre Teresa, de quien dijo, entre otras cosas, frases lapidarias como las siguientes:

«Sigue viva en mi memoria su diminuta figura, doblada por una existencia transcurrida al servicio de los más pobres entre los pobres, pero siempre cargada de una inagotable energía interior: la energía del amor de Cristo.»

«La querida religiosa, reconocida universalmente como la Madre de los Pobres, nos deja un ejemplo elocuente para todos, creyentes y no creyentes. Nos deja el testimonio del amor de Dios. Las obras por ella realizadas hablan por si mismas y ponen de manifiesto ante los hombres de nuestro tiempo el alto significado que tiene la vida.»

«Misionera de la Caridad, su misión comenzaba todos los días antes del amanecer, delante de la Eucaristía. En el silencio de la contemplación, Madre Teresa de Calcuta escuchaba el grito de Jesús en la cruz: “Tengo sed”. Ese grito la empujaba hacia las calles de Calcuta y de todas las periferias del mundo, a la búsqueda de Jesús en el pobre, el abandonado, el moribundo.»

«Misionera de la Caridad, dando un ejemplo tan arrollador, que atrajo a muchas personas, dispuestas a dejar todo por servir a Cristo, presente en los jóvenes.»

«Ella sabía por experiencia que la vida adquiere todo su valor cuando encuentra el amor y siguiendo el Evangelio fue el buen samaritano de las personas que encontró, de toda existencia en crisis y despreciada.»

«Con su ejemplo, ella inspiró un vasto movimiento de trabajo social y caritativo dirigido a los más pobres.

INICIO DEL PROCESO DE BEATIFICACIÓN

La muerte de la Madre Teresa promovió un movimiento internacional a favor de su declaración inmediata como «bienaventurada», incluso en países no católicos y en los ambientes más plurales. Se puede decir que, tras su fallecimiento, surgió espontáneamente una aclamación popular y universal de declaración de los valores de santidad de la monja de los Balcanes, un procedimiento del que se hizo uso en la Iglesia hasta el 1588, y que pasa por encima de cualquier milagro.

La Madre Teresa había muerto el 5 de septiembre de 1997 y, en circunstancias normales, el Derecho Canónico establece que proceso de beatificación sólo puede iniciarse cinco años después de la muerte del candidato a esa condición. No obstante, el Papa, dando muestras de su gran afecto por aquella misionera benefactora, argumentó la sólida fama de santidad de que la monja gozaba ya en vida y en todo en mundo para eliminar el tradicional periodo de espera, permitiendo que el trabajo para su posible canonización comenzara en 1999.

La primera parte del proceso incluía recolectar las evidencias y datos de las diócesis locales, empezando por Calcuta, sobre las virtudes de la Madre Teresa, así como la confirmación de un milagro atribuido a su intercesión. Para la canonización se requerían dos milagros oficiales más.

El primer milagro formal atribuido a la monja había ocurrido en 1998 y la beneficiada era Mónica Besra, mujer de 32 años de Raiganj, al Este del estado de Bengala, India, madre de cinco hijos y de religión animista, que se curó, de manera inexplicable para la ciencia, de un tumor maligno en el estómago gracias a la intercesión de la religiosa, a quien la enferma se había encomendado.

El cierre formal de las investigaciones se llevó a cabo el 15 de agosto de 2002, día de la Asunción de la Virgen, proceso que culminó con un decreto promulgado y firmado por Juan Pablo II el 20 de diciembre, en que se confirmaban las excelsas virtudes humanas y espirituales de la Madre Teresa; asimismo, estableció que la fiesta de la Madre Teresa sea el 5 de septiembre, fecha en que murió.

El reconocimiento del Papa, el espontáneo movimiento de aclamación popular a favor de su beatificación y la argumentación del primer milagro, despejaban el camino al Vaticano para la canonización de la mujer que dedicó su vida a ayudar a los más pobres entre los pobres, cuya fecha quedó fijada para el 19 de octubre del 2003 en Roma. Tras la beatificación, se convertirá en santa después de que le fuese atribuido un segundo milagro. Normalmente, el requisito de un segundo milagro puede demorar varios años la causa, pero en el caso de la Madre Teresa el proceso avanzó inusualmente rápido. En efecto, el segundo milagro no se hizo esperar. Quedó atestiguado que una joven palestina que sufría de cáncer había quedado curada cuando la Madre Teresa se le apareció en sueños y le dijo: «Niña, estás curada».

El padre Brian Kolodiejchuk, que promocionó la causa por la beatificación de la Madre Teresa, dijo que la fecha del 19 de octubre de 2003 era bastante significativa, porque ese día no sólo era el Domingo de Misiones, sino también el domingo más cercano al 25.º aniversario del pontificado del Papa Juan Pablo II. «Estoy seguro de que la Madre Teresa está muy feliz de que esto se efectúe de esa manera y en esa fecha», dijo Kolodiejchuk a Reuters Televisión. «Ella tenía un amor especial por el santo Padre».

LA «SANTA DE LOS POBRES» EN LA HOMILÍA PAPAL

Aunque redactada por él, la homilía no fue leída por Juan Pablo II, que presentaba un aspecto cansado y con la voz débil, en algunos momentos inaudible, cediendo la lectura al «número tres» del Vaticano, el arzobispo argentino Leonardo Sandri, y al cardenal de Bombay, Ivan Dias.

La homilía fue una exaltación de la figura de la monja. El Obispo de Roma subrayó la vida misionera, precisando que su «estilo» fue «emblemático» y que la imagen que deja entre nosotros es la de una mujer que con una mano aprieta la de un niño y con la otra reza el rosario. «Estoy personalmente muy agradecido —dijo el Santo Padre— a esta mujer decidida, que siempre he sentido a mi lado.» Destacó que fue la «gran sierva de los pobres», la madre de los pobres y de los que sufren, que dedicó su vida al servicio de los menesterosos y que la grandeza de su vida está en su capacidad de darlo todo sin exigir nada a cambio: «Estuvo en todas partes sirviendo a Cristo en los más pobres entre los pobres. Ni siquiera los conflictos y las guerras lograron detenerla».

A final, sin embargo, leyó, aunque con gran esfuerzo, el Ángelus y saludó a los presentes en inglés, macedonio, albanés e italiano.

BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL

Este trabajo ha sido elaborado a partir de los datos aparecidos en los diarios ABC, LA RAZÓN, EL PAÍS, EL MUNDO, SUR y LA OPINIÓN DE MÁLAGA del lunes, día 20 de octubre de 2003.

FUENTE: Gibralfaro.org


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