Sección: Arte y Cultura
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María Teresa Torras
Victor GuédezDomingo, 22 de marzo de 2009
El sábado 07 de marzo del presente año dejó de estar entre nosotros María Teresa Torras. Murió como todos mueren, pero vivió como pocos viven. Era rabiosamente auténtica y abiertamente sincera. Por eso pasó sus dos últimos años recordando que todo lo olvidaba y que tenía la muerte a cuestas. Con el tiempo dejó de tenerle miedo a la muerte porque sabía que dejaba la vida sin arrepentimientos. Pocas veces se retractaba ya que la impronta de su reciedumbre era pauta singular de su conducta. Además, tenía siempre muy cerca la suprema compensación de cualquier desencuentro: sus amigos y sus obras.
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Su paraíso era compartir y celebrar con sus seres más cercanos. Hasta los últimos días de su vida cumplió esos motivos de plenitud vivencial. No dejaba escapar un domingo ni algún día festivo para integrar alrededor de su mesa a sus amistades más íntimas. Nadie podrá resarcir el sentimiento de oquedad derivado de su ausencia, pero tampoco alguien podrá dejar de rememorar lo que no se puede olvidar. Ahora estará en la evocación de un brindis. Ahora estará en la sensación de un vacío. Ahora estará en el aroma de unas flores. Definitivamente, no podremos reunirnos nuevamente sin estar bajo el amparo de su recuerdo
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Será imposible dejar de aceptar lo que fue una de sus significativas enseñanzas: sólo con la arrogancia de quien se ama a sí mismo puede también amar a otros. Ella quería porque se quería, pero sobre todo se quería porque quería a otros. Difícilmente alguien distinto a ella podrá demostrarnos el testimonio de una existencia tan auténtica. Con palabras de Unamuno, podríamos aseverar que María Teresa Torras fue, por encima de todo, una “sentidora” más que una pensadora.
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Tere, aceptamos tu partida. Respetamos tu decisión de dejarte llevar a un destino absoluto. Todos estábamos concientes de que era demasiada tu autoestima y muy elevado tu amor hacia nosotros como para que te resignaras a las limitaciones de la vejez. Querías darnos más, y atendernos mejor de lo que ya tus fuerzas te proporcionaban. Pocas veces admitiste que, con el paso de los años, tu más bien crecías ante nosotros. Será muy difícil borrar de nuestra mente la muletilla de tus últimos meses: “No se puede ser viejo: pega demasiado”. Querías dar más, hacerlo todo mejor y reiterar más los encuentros, pero tú siempre trascendiste las dimensiones de tu cuerpo: ciertamente, eras más grande que él. Cuando pronunciabas esa sentencia, automáticamente recordábamos el aforismo de Jorge Luis Borges: “De qué nos vale vencer a la muerte, si no podemos vencer a la vejez”.
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Debemos admitir que ya tu despedida es definitiva: moriste para vivir en nuestra mente. No podrás dejar de estar dentro de nosotros porque la verdadera amistad plantea la sensación de permanencia. Los amigos se mantienen en un recuerdo que se arraiga. En una memoria que no admite que lo sembrado sea arrancado. Tú le aportaste energía vital a la sentencia de Antonio Porchía: “Vivimos para llegar a ser un recuerdo”. Aceptamos tu muerte, pero no nos resignamos a que desaparezcas en el olvido. Si viviste para tus amigos y entre tus amigos, tendremos que mantener tu puesto. Seríamos muy ingratos si olvidáramos lo que no deberíamos dejar de recordar. Es posible que muchas veces ese recuerdo sea triste, pero se compensará con la alegre presencia de tus “Tapices”, de tus “Muros”, de tus “Hojas”, de tus “Piedras”, de tus “Testigos silentes”, de tus “Rolas”, de tus “Macabeos”, de tus “Esferas”. En ellas encontraremos un pedazo de tu espíritu porque te entregaste a cada realización. Amabas lo que estabas haciendo y, sobre todo, lo que habías hecho. Ponías más pasión que vocación, y más devoción que racionalización en tu tarea creadora. Por eso cada una de esas manifestaciones dejará sentir tus risas, mostrará tu vehemencia, revelará tu fina mordacidad, evidenciará tu generosidad y reportará, también, la atmósfera que ahora procede de unos extraños lugares donde la plenitud de lo absoluto se convierte en morada apacible y eterna. Seguramente, al ver una de tus “Palmeras” pensaremos en la ambivalencia con la cual Octavio Paz apreció el sueño de Chuang Tzu: no sabremos si María Teresa se convirtió en palmera o si la palmera se conviertió en María Teresa Torras..






