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Sección: Arte y Cultura

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Coleccionismo venezolano a la carta

José Antonio Navarrete

Sábado, 4 de julio de 2009

No es noticia para nadie de nuestro campo del arte -y, más extendidamente, del ámbito especializado de la cultura- que el coleccionismo de arte en Venezuela está pasando en la actualidad por un momento difícil. Hablo, por supuesto, del coleccionismo que se desarrolla a lo interno del espacio nacional y que refiere los modos de inscripción en acervos locales, privados o públicos, de la producción artística, sea ésta del pasado o del presente, nacional o extranjera. Entre los varios problemas relacionados con este hecho me interesa destacar a continuación los tres siguientes:

1. La significativa merma de la circulación de arte extranjero en el país en los últimos años ha minimizado el estímulo a una práctica del coleccionismo que se constituya en registro de los procesos de conexión e interacción del arte extranjero con el medio nacional; eso, sin contar las dificultades que otros factores añaden a la compra de obras de artistas foráneos.

Independientemente de que en las actuales condiciones de existencia de un mercado global del arte las colecciones de arte internacional con metas más elevadas se forman principalmente a partir del trasiego de coleccionistas o sus representantes por las ferias y galerías de todo el mundo, no ha dejado por ello de existir en todas partes un estrato de coleccionistas “menores”, vinculados en su práctica a los eventos internacionales realizados localmente. Y es de esta modalidad de coleccionismo de la que estamos hablando.

2. La interrupción de la práctica sistemática del coleccionismo por parte de los museos estatales venezolanos, que se ha extendido durante el curso de la presente década, ha introducido un elemento de discontinuidad operacional en los procesos de coleccionismo público cuyas secuelas negativas se empiezan a hacer notorias.

Por un lado, es curioso confirmar cómo las colecciones que formaron nuestras principales instituciones museísticas hasta la década pasada, que han sido denostadas reiteradamente por numerosos funcionarios de la cultura oficial como representativas de una praxis elitesca y excluyente que les otorgaba el carácter de conjuntos de objetos sacros, se han convertido en los caballos de batalla de la sobrevivencia menguada de esas mismas instituciones. Por otro, al perder todo vínculo con los acontecimientos de la escena artística contemporánea nacional y del exterior, así como con el mercado local e internacional de obras históricas, esas colecciones han devenido en un patrimonio estático: una premisa para su eventual y ya amenazante envejecimiento colectivo.

3. Aunque la nómina de nuestros coleccionistas nacionales -tanto personas como instituciones- que actúan dentro del país ha sufrido en los últimos tiempos algunas bajas entre aquellos de más largo desempeño, no pocos emergentes se han incorporado a ella con entusiasmo. Sin embargo, con alguna excepción, las colecciones privadas tienen actualmente una presencia muy discreta en nuestro espacio expositivo: se tornan casi invisibles.

Es imposible negar los factores que justifican este hecho, pero sus secuelas son altamente negativas: se aplaza la valoración del nivel actual de nuestro coleccionismo privado; se hace imposible la evaluación pública del grado de compromiso y ambición de sus acciones. Con ello, se desactiva un mecanismo que en cualquier sociedad funciona simultáneamente como estimulador y orientador del ejercicio de ese tipo de coleccionismo.

El resultado de todo lo anterior es un empobrecimiento del patrimonio artístico del país y de sus modos de circulación como hecho público. Algo que implica, de suyo, un deslave de la memoria cultural, pero cuyas consecuencias alcanzan hasta la disminución del papel potencial del arte en la construcción de la sensibilidad colectiva y del espíritu de ciudadanía.

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José Antonio Navarrete es investigador y curador independiente

Fuente: Prodavinci

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