A mediados de los años setenta; Parque Central -un moderno conglomerado residencial y de oficinas-, se erigió como una de las propuestas más arriesgadas e interesantes dentro del desarrollo de la arquitectura en Venezuela. De hecho el ingenioso y prometedor slogan que publicitaba la venta de los espacios a habitar era: “Parque Central… una nueva manera de vivir”.
Años después, dentro de nuestro “peculiar presente”; Parque Central se puede definir como una gran colmena deteriorada y con una de sus torres en proceso de reconstrucción, luego que un incendio, producto de la cotidiana indolencia, casi la destruye-.
De igual manera; se podría considerar a Parque Central como elemento simbólico dentro de un paralelismo comparativo a nuestro desarrollo como propuesta de una nueva sociedad. Para la fecha de la construcción del coloso residencial, Venezuela igualmente se perfilaba con todas las posibilidades de un país en franco desarrollo, por encima de sus otros países hermanos del Continente Centro y Sur Americano.
En la actualidad; Parque Central y Venezuela son una analogía con las mismas tristes características: indolencia, abandono, atraso y un alarmante desajuste dentro de su estructura social, -irónicamente en medio de uno de los momentos de mayores ingresos económicos derivados del oscuro maná, el cual fluye gratuitamente del subsuelo-. Y así como no se percibe un mejor futuro para el gigante enfermo que es Parque Central, de igual manera, tampoco se percibe un mejor futuro para este extraordinario país llamado Venezuela.
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Mientras tanto, en nuestro presente inmediato, vivimos dentro de un demencial aquelarre de inconciencia, y en medio de la algarabía, nos deslizamos con los sentidos embotados dentro los engañosos vapores que emanan del oscuro bitumen. Y así vamos todos en medio de la comparsa: “a rumbearrrr”, “pegándonos durísimo”, “hablando pegao”, entrelazados de las manos con las “chicas Polar”, y departiendo libidinosamente junto con la “catira Regional” y “sin ninguna razón para arrugar”.
Pero allí; en el futuro inmediato, en medio de las enceguecedoras tinieblas ilusorias del tufo de la riqueza mal administrada, se vislumbra el cercano borde de un peligroso despeñadero. Un oscuro y profundo abismo, del cual va a ser muy difícil retornar.
Roberto Loscher