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Caracas, regiones humanas. Fotografías de Miguel Martínez
Douglas Monroy

Miércoles, 13 de junio de 2007

Con cierto alarde y desmedida presunción popular la gente de esta ciudad hablaba de la “Caracas de los techos rojos”. Jactancia petulante con la cual algún mantuano la bautizaría, como consecuencia de la ostentación de sus tejas de arcilla rojiza que recubrían las techumbres de los templos y las casas de habitación. Además de esa suficiencia provinciana con la cual Caracas, “la sultana del Ávila”, exhibía su progreso al constatar su creciente y abolenga toponimia compuesta por una floreciente cuadrícula urbana, cuyas expresiones de su desarrollo y civilidad siempre estaban en boca de las más apolíneas conversaciones de sus habitantes.

Sin embargo, el terremoto del 26 de marzo de 1812, con su temeraria sacudida borró en segundos cien años de tradición e historia colonial, desplomó los orondos muros de tapias y bahareque. La mitad de la población pereció en el desastre y los techos dieron paso al cielo azul y las ruinas pronto quedaron esparcidas cual desoladas ciudad romana. Tras ese desafortunado evento y otros episodios relacionados con nuestra manía “demolicionista” tan viva ayer como hoy, los caraqueños nos hemos acostumbrado a tener una ciudad “provisional”. Nos habituamos a ver calles y avenidas que inesperadamente cambian de nombre, como a mirar sin asombro surgir y abatir muros llenos de historia y memoria. Del mismo modo vimos sin pudor al Hotel Majestic ceder ante la pesada y siniestra bola de hierro, igual suerte han corrido casas de las eufemistas urbanizaciones El Paraíso y Campo Alegre.

Tan pronto algo comienza a envejecer es seguro que sus cimientos enfrenten más temprano que tarde la amenaza del cincel destructor, cuyo mayor cinismo fue que, para albergar nuestra perecedera memoria, en los alrededores del Panteón Nacional se construyó la monumental Biblioteca Nacional tras haber demolido sin miramientos un trazo urbanístico ejemplar compuesto por varias manzanas con sus calles, viejos edificios, una sala de cine y una plaza con su hermosa fronda arboleda, en cuyo fondo resaltaba una proverbial vista del Ávila.

Tanto desatino pudiera explicar por qué los caraqueños somos como erráticos turistas, somos audaces “transeúntes” que desafían una y otra vez la difícil tarea de caminar por sus calles, vivimos en la inconclusa escenografía de una opereta, cuya ironía del destino la tornó en “crónica roja” y en la más pura picaresca del Buscón de Quevedo. Caracas es, al mismo tiempo, patética y eterna ficción: es una promesa, un boceto de la patria, es el gran bastión del automóvil. Es el laberinto para inquilinos y amnésicos, ya que todo intento de reconstrucción de su pasado sea una empresa temeraria.

Todas estas situaciones pueden explicar por qué un fotógrafo, que a su vez es técnico geólogo como lo es Miguel Martínez, nos presenta en su primera muestra individual un conjunto coherente de fotografías de más de veinte años de ejercicio ininterrumpido sobre el tema de Caracas. Fotografía la ciudad no con el propósito de la reconstrucción de una región eternamente nueva e invariablemente cambiante, como tampoco retrata al lugar cuyos cimientos se hallan bajo tierra incrustada con rocas entre mantos acuíferos y fósiles antiguos. Martínez no busca esa urbe que hemos contemplado y ya no está, se trata de la indagación de la única metrópoli posible: aquella que anida adentro de nosotros mismos, que habita en esas regiones personales, esa que llevamos pegada a los sentidos. Esa ciudad que, metafóricamente, fue concebida por Dios en su papel del gran arquitecto del universo, en cuyo acto cada hombre que fue hecho a su imagen y semejanza, representa aquí en la tierra el constructor del supremo proyecto. Para Miguel Martínez la ciudad es el hombre y la intemperie.

Sin titubeos el fotógrafo nos muestra a Caracas en sus diversos flancos, un tema vasto y complejo, para lo cual Martínez con su cámara ha salido a la calle para recorrer ese territorio conocido como impredecible. Son fotos directas de la realidad, de la inmediatez que, bajo la perspicaz mirada del fotógrafo, nos ofrece una ventana del eterno rostro de la ciudad. El fotógrafo parece desvanecerse cuando retrata ese fugaz instante, ese preciso momento de evasión en que las personas disuelven sus miradas en un horizonte imaginario y tras su introspección se hunden en sus reflexiones, en su propio vía crucis. No importa dónde se encuentren o qué estén haciendo: los pensamientos parecen someternos a un estado de hipnótico trance momentáneo y profundo, nos puede abordar en medio de la trepidante agitación de la ciudad o junto a otros pasajeros del metro o recostado ligeramente sobre una columna panzuda en los Bloques de El Silencio. El incierto extravío de sus miradas, tan lejanas, tan huidas, nos somete mansos a esa cálida introspección secreta, intima e inconfesable. Como en la foto de las jóvenes frente a la ventana del autobús, cuyos pensamientos parecen abstraerlas del trayecto y del ignoto destino del vehículo que se desplaza por la ciudad.

La más elocuente imagen de Martínez es la foto del Súper Welter: el púgil en abierto desafio y en medio de la desolada Plaza Caracas posa para el fotógrafo entre tanto se prepara para el combate boxístico, sin advertir que detrás de éste, con una mirada severa y en lo elevado del pedestal, parece estar siendo observado por el Libertador. La imagen es la síntesis de lo que pudiera ser ese crisol humano, es la madeja del tejido vivo de Caracas. Lo real y absurdo que se entremezclan, es esa apariencia de irrealidad, de enigma entrañable que habita desde siempre en esta ciudad, a la que se puede amar e irresponsablemente odiar. Otra de sus fotografías propone una mirada sumida en la alienación que produce el espacio urbano deshabitado con sus ríspidos edificios grises, mientras que en medio de la gráfica surge, como una mortífera afrenta a la realidad, a la riqueza y al orden mismo, la figura de la anciana de calzado deportivo o del indigente que descansa en plácida apatía en medio del césped, sin darle importancia a cuanto hay a su alrededor; la foto impacta no sólo por la soledad que emanan estos personajes, en los cuales pudiéremos ser copartícipes del dolor, ni por el agravio a la razón, sino por la siniestra tranquilidad que de ellas se desprenden.

Martínez es un fotógrafo tenaz y paciente, extremadamente conversador y dispuesto, digo esto por cuanto algunas de sus fotos presentes, muestran los rostros de los transeúntes en medio de lo abigarrado de la ciudad, en medio de la espesura del tránsito o del mercado cuyos víveres cuelgan cerca del vendedor de afiches del Sagrado Corazón de Jesús y de Simón Bolívar. Son retratos de hombres que deambulan en su afán cotidiano, que animan la vida en la calle, que conversan, que se desplazan con sus pertenencias, o el par de ciegos que dan la espalda a la vitrina mientras espera que alguien le compre un billete de lotería, así como el retrato de la pícara sonrisa de la muchacha que en desenfrenado humor lleva en su franela la frase “machos hay pero no muchos”, otras personas de traje y corbata se movilizan rápido previsiblemente a su oficina. Algunas fotografías de Martínez muestran, por el contrario, a las personas que se detienen un instante, que parecen reponerse del soliviantado día y aprovechan leer la prensa en un recodo de la plaza, así como algunas alivian sus pensamientos mientras toman una cerveza en el bar de la esquina, entre tanto otros esperan sosegados el inicio de la partida de ajedrez.

Con estas imágenes el fotógrafo Miguel Martínez muestra una sorprendente sensibilidad por todo cuanto pertenezca a la naturaleza del ser humano. Su acercamiento es también un tributo a la importancia que tiene la fotografía de la realidad, con sus múltiples caras y facetas, es el filtro imprescindible y colofón último como lo dijera el propio fotógrafo “un pretexto para conocer la vida”.

Miguel Martinez



 
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