Mas allá de los movimientos de vanguardia, en el arte existen habitaciones sagradas que permanecen abiertas a todos aquellos que deseen visitarlas. Este es el caso de la pintura de paisaje.
Hoy en día, después de casi dos siglos y medio del surgimiento de los Impresionistas y su contribución de “la pintura al aire libre”, realizar esta actividad plantea al artista un verdadero reto. No es que los campos o paisajes sean diferentes. Tampoco que exista otra luz, pero la interpretación del tiempo, de nuestro tiempo y la inevitable contaminación intelectual y cultural, plantean en si un problema. Básicamente la comprensión de ello solo es posible al plantar un caballete en medio de un campo y comenzar a pintar. De inmediato el encuentro vertiginoso de nuestro tiempo contra la realidad atemporal de la naturaleza manifiesta un conflicto, que resolverlo es en si mismo un arte. Un proceso tan importante como es la interpretación del paisaje sobre la tela.
El impulso al que son sometidas nuestras conciencias en la actualidad, ha creado una realidad paralela ajena a la existencia física de la vida.
La pintura de paisaje en nuestro mundo actual requiere no solo del dominio de este difícil oficio, si no además de la capacidad de lograr un silencio interior suficiente para poder enfrentar los cambios sutiles de las sombras entre las ramas de los árboles, o al lento vaivén de las nubes sobre los cerros lejanos.
Ser “paisajista” es en fin, la capacidad de desnudarse del traje del hombre moderno y de poder retornar al estado puro de nuestros antepasados sobre la tierra. Es entender vivencialmente que no existe diferencia entre las piedras, las hojas, un matorral o una ola y el que pinta. Que aquello que se ve, lo que se representa sobre el lienzo y el que lo ejecuta, son lo mismo.