|
|
|
||||||||||||||||||||||
|
|
Dossier
Todo ello fue lo que sintió Rafael Monasterios, en nuestro siglo XX, al pintar la naturaleza larense, y todo ello fue transmitido a sus alumnos, entre ellos Ramón Díaz Lugo, maestro de Armando Villalón. José Requena haría otro tanto con sus discípulos. Lo cierto fue y es que el paisaje se hizo nuestro en la pintura, en el óleo sobre tela, en el papel, en el cartón. La pintura ganó unos espacios por la vía de la contemplación, de la memoria, del recuerdo. Y en este sentido, el paisaje vernáculo llegó a influir, a conmover a muchas generaciones de artistas larenses, o mudados a estas tierras de valles y de vegetación xerófila. En los años setenta se reafirmó este paisaje, aunque por otro lado, como asunto negativo, muchos “artistas” cayeron en el desmesurado comercio, lo que mermó la calidad de sus planteamientos. El paisaje larense llegó a gustar y a venderse de una manera exorbitante en cualquier lugar del país. Se perdió un tanto la mística, las buenas intenciones. Pero por otro lado, hubo artistas que siguieron creyendo en él, que si bien podían tener un cierto sentido comercial, propia de la subsistencia, había un propósito de ser pintores serios, no seriados, donde además la mística, ese amor idílico, de nuevo, por concebir a la pintura y al paisaje, como un acto de fe, se mostraba vigente y constante. Entre ellos, destacaron una serie de artistas que se reunían o que producían con carácter gregario y entre ellos se encontraba Armando Villalón, al lado de otros también representativos como Ramón Chirinos o Federico Torres, por sólo mencionar a dos de los más destacados. Dentro de ese grupo se destacaron y se destacan además estos artistas, hoy reunidos en la Galería “Visión Artística” de la CANTV: Víctor Urdaneta, Manuel Brito (por cierto pupilo e hijo putativo de Villalón), Carlos Sosa Rodríguez, José Boraure, Ramón Lizardi, Romualdo Carrillo, Héctor Rodríguez, Hernán Álvarez, Rafael Torres. Ellos han sido también eternos enamorados del Valle del Turbio o de otros lugares larenses, en tanto paisajistas connotados.
Hemos considerado homenajear a Armando Villalón por cuanto este año ajusta los 30 años como pintor profesional quien haría su primera muestra en la renombrada Galería “Lisandro Alvarado”, de Barquisimeto, para aquel cercano y lejano año. Villalón se enamoró antes de la pintura, envió para cualquier lugar, más allá de más nunca, la profesión de vendedor de autos, asunto que le deparaba medios fabulosos para vivir. Se dijo así mismo “yo lo que deseo es ser pintor, para bien de mi espíritu, de mi tranquilidad espiritual!”. Y así se dispuso. Pudo conocer y vivir en Europa, visitar museos, galerías, pintores, con una humildad sana para aprender y con un ímpetu religioso y atento a la condición humana de la bonhomía, de la admiración y el respeto por los demás. Pero Villalón no tenía definido una temática como la tiene ahora, aunque sí le proporcionaba un inmensurable gusto el paisaje larense, el rincón del pequeño pueblo, el mercado lleno de gente alegre. Villalón fue definiendo color y temática. Y se hizo, paulatinamente dueño del Valle del Turbio y también del Ávila, dos colosos que él guardó en su corazón y en su pupila para regocijarse y regocijar a los demás, a propios y extraños, a desconocidos y conocidos. Villalón fue desarrollando un estilo, unas brumas, un paisaje que se perdía en las lejanías y que se acercaba en las transparencias, por muchos años, con experimentación, con tino, con seguridad de ángel que conduce paletas y pinceles. Villalón experimentó también con colores fuertes, iracundos, tropicales y volvió a su color, temperamental, exquisito, sublime. Pero Villalón amó tanto al Valle del Turbio que tuvo que remontarse a sitios más lejanos, montañosos, para observarlo en su plenitud, en sus perspectivas anchas y profundas, horizontales y cromáticas. Por ello se mudó a uno de los sitios más altos de Cabudare, como lo es el Asentamiento Campesino La Mata, Vía La Vainilla. Quien va a este lugar, no quiere despegarse de él y sólo quiere ver valle y más valle, y la silueta lejana de Barquisimeto. Pero puede observar también el traslado de este paisaje, hondo y espiritual en los cuadros de Armando Villalón. Y entonces llegan a ser la misma cosa, el mismo paisaje, solo que en los cuadros queda un tanto reducido, física y espacialmente, pero en ellos se nota la grandilocuencia del mensaje que Villalón transmite. Paisaje que también ha envuelto definitivamente la vida y obra de este pintor quien ya poco viaja a la ciudad de Barquisimeto (sólo cuando hay diligencias pendientes) pues se encuentra, con la venia de Isabel, su compañera de siempre, enamorado del Valle del Turbio, ancho y propio, como lo es también el Gran Cerro del Ávila, sitio sagrado de Caracas y de los caraqueños. Por ello el ATENEO CIUDAD DE BARQUISIMETO, la GALERÍA “VISIÓN ARTÍSTICA” y los pintores reunidos le rinden este homenaje, en sus 30 años, como a su vez Villalón rinde homenaje a dos colosos venezolanos. * Director de Artes Plásticas |
|