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Alejandro Otero: El niño que saltaba sobre la luna Esso Álvarez Jueves, 9 de abril de 2009
I “Es posible que confunda la realidad con la fantasía, pero todo lo que voy a contar es como lo recuerdo. Cuando yo estaba muchachito oía hablar de aviones y nombraban a un tal Zafrané. Un día se corre la voz, en Upata, que un avión iba a venir. Yo tendría seis o siete años de edad, y estaba emocionado. Me pregunto hoy: ¿De dónde carajo sacaba él eso? ¿Por qué esperaba? ¿De dónde surge ese interés absurdo y virginal, por esa vaina que es un avión? Cuando pasó el avión, se vio como un zamurito sobre nosotros. Yo comencé a recortar avioncitos de las revistas y de los periódicos, con ellos hacía modelos de aviones a escala de papel, que luego cubría con cera de abeja. Lo que me llamaba la atención era que volaban de día. Hoy creo que era el espíritu espacial del avión lo que me atraía. En el patio de la casa había un Catuche, allí nos montábamos y practicábamos el vuelo, el espacio. Las ramas las convertíamos en lo que la imaginación nos daba: en mar, en barco, en tempestad… Eso marcó mi vida, pues a esa edad estaba inventando un espacio. La casita donde vivíamos era de bahareque y yo la analizaba mucho. Sabía dónde quedaba cada cosa. Cuando llovía me montaba en lo alto de las ventanas para ver cómo caía el agua. Pasaba horas en eso. Veía el brillo de la luz en la lluvia y el correr del agua. Después que terminaba de llover quedaban los pocitos de agua dentro y fuera de la casa. Así, jugaba con barquitos de papel. Además, me quedaba viendo la luna en los pocitos, me asustaba la profundidad aterradora de la luna. Entonces lo que hacía era saltar de un lado a otro sobre aquella profundidad, con el cuidado de no caer sobre la luna. Yo ya estaba jugando con una noción de espacio muy clara. Desde el chinchorro donde dormía veía las estrellas, arriba estaba el espacio cósmico. Se sentía que todo se podía agarrar en aquel plano con puntos blancos. Con la arcilla yo modelaba lo que había a mi alrededor. Construía mi mundo solitario, del que siempre he estado contento”. II “Yo también me he preguntado: ¿Dónde está el arquitecto cuando veo mis obras? A veces, incluso, ¿dónde está el escultor? Mis amigos arquitectos, rigurosos y respetables, me dicen que mi trabajo de escultor es muy de arquitectura. Dicen que colocando un excusado, una cocina y un comedor en mis esculturas, éstas se pueden habitar. Nunca he entendido lo que he han querido decir. He tenido la inquietud, a través del tiempo, de saber qué es lo que la gente encuentra como arquitectura en mis trabajos. Aunque he llegado a entender ciertas coincidencias. Por ejemplo, una de las características de la arquitectura es la inequívoca noción del espacio, y éste está presente allí de una manera muy concreta y emocionante. La arquitectura es un arte del espacio, no funcionaría ni existiría sin esa idea. El espacio para mí lo es todo. A mí me gusta mucho la arquitectura, tengo muy buenos recuerdos de ella. Una vez en Nueva York vi un edificio en construcción, y entré porque me dije: ese tiene que ser un Mies van der Rohe. Dentro de la obra veía todos los espacios como loco, entrando y saliendo por todas partes. Otro que me impresionó, cuando estaba encofrado, fue el Museo Guggenheim. En la arquitectura todo tiene una relación absolutamente fatal. Ejemplo, la Sala de Conciertos del Aula Magna de la UCV, de Villanueva, cuando tú la ves por fuera y por dentro exclamas: “¡Eso es arquitectura!”. El Calder que está dentro es prodigioso. A mi juicio lo importante no es el Calder, sino Villanueva, que dirigió la obra. El espacio arquitectónico es como una invención del espacio mismo. Yo creo que el problema es que mi escultura es espacial, porque tiene mucho que ver con la arquitectura. La escultura se ha vuelto espacial de un tiempo para acá. Por esencia y por definición nunca ha sido espacial. En cambio, la pintura sí ha sido virtualmente espacial. El espacio define muchas artes. En el arte de la gran pintura el espacio es visual y simulado. Uno de los pasos históricos de la escultura, a mi juicio, la caracteriza una obra del Siglo XIX, que es el Balzac de Rodin. Aquí la escultura se vuelve espacial. Esa obra desmaterializa a la escultura, porque lo que hay son referencias de los espacios”. III “Mi trabajo no es científico, sino simplemente un modo de preguntarse, de vivir y entender el mundo. Yo no toco, no entro en eso de lo tecnológico del arte; porque no veo, ni siento, ni tengo que ver con esa cuestión. Ahora, cuando yo comienzo a hacer mi trabajo, por ejemplo, donde desde cierto punto de vista se justificaría la relación de tecnológica. Yo diría que eso es uno de los enigmas de mi trabajo. Estoy de acuerdo contigo en que se impone preguntarse sobre la relación arte y tecnología en mis obras. Y sería importante responder sobre ese asunto. Sin embargo, la tecnología es lo más ajeno que existe para mí. Te he respondido con toda sinceridad, pero en mi obra no hay azar. Lo que quiere decir es que cualquier relación con la tecnología, no es por el conocimiento ni el uso de ella. ¿Qué es lo que pasa con mi trabajo y la tecnología? No sé, yo soy una persona completamente ingenua, que encuentra temáticas diarias que lo estimulan”. IV “La Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas de Caracas era bella y muy pura. Había buenos artistas, gente bien intencionada y sana. Hubo quienes quisieron hacer una estructura lo más útil posible para la formación de los muchachos, que fue del año 39 al 45. Eso estaba encabezado por Edmundo Monsanto con sus compañeros de época: Fabbiani, Castillo, Prieto... Nos habían organizado las clases de tal manera que uno tuviera: naturalezas muertas, modelos, dibujo, paisajes, historia del arte. Y había una clase en particular que llamaban dibujo técnico, que la daba un profesor fastidiosísimo, pero era la persona que sabía más de geometría. Nosotros protestábamos las clases y no hacíamos los trabajos. En una ocasión Jesús Soto me dijo en París: “Mira, qué curioso, nosotros nos jubilábamos de las clases del viejo Bernal, y es lo único que nos ha quedado de la enseñanza en la Escuela”. V “Yo estuve una vez en Londres y visité una población cercana. Allí había una vieja catedral gótica que había sido bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, y ya la habían reconstruido. Como soy ratón de museo, pregunté si había alguno. Me indicaron uno muy pequeño y sencillo, donde había de todo, pero organizado. Había una sala dedicada a los inventos contemporáneos y otra a la tecnología. En ésta me encuentro con una turbina partida por la mitad. Se podría ver íntegro su interior. Yo me pregunté emocionado: ¿Qué es lo que estoy viendo? Esa interioridad y su funcionamiento me impactaron. Cuando me llegó el día de trabajar la escultura, a partir del 67, lo primero que se me vino a la cabeza fue la forma en que estaba cortada la turbina. La primera obra la llamé: Homenaje al rotor. En esos años, se están sucediendo viajes espaciales. ¿Cómo no me iban a interesar esas noticias, cuando yo de niño fabricaba los avioncitos de Limberg y de Zafrané? Cuando se anuncia el viaje del hombre a la luna, para mí fue algo impresionante. Yo me he ido a Nueva York para tener la seguridad de presenciar eso. Allá grabé todo el descenso del Apolo y lo que los astronautas hicieron sobre la luna. Todo aquello resolvió un hermoso enigma para mí. VI Cuando Venezuela regala a Washington una escultura mía, ellos deciden que la obra debía estar en la entrada del Museo del Aire y del Espacio. ¡Imagínate que al que llamaron para que supervisara el montaje de la obra de 17 metros de largo por 11 de alto fue Michael Collins, el hombre que le dio la vuelta en solitario a la luna! Collins nunca supo de mi admiración hacia él, pero yo ‘hablé’ con ese niño que modelaba aviones de cera, durante todos los días en que colocaban la escultura que verían 43 millones de personas al año”. (*) Publicada en el diario Economía Hoy, Caracas, 140891. |
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