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La religiosidad en Europa durante el siglo XVI
José Antonio Molero

 
Viernes, 9 de noviembre de 2001

Introducción





El siglo XVI de Europa fue un tiempo especialmente conflictivo en todos los órdenes. A las cruentas e incesantes confrontaciones bélicas originadas por la rivalidad hegemónica entre España y Francia, a las que vendría a sumarse el continuo hostigamiento de una Inglaterra que ansiaba hacerse notar en los escenarios europeos y, particularmente, en el Nuevo Mundo, agravado todo ello por una amenaza que venía de Oriente, el Imperio turco, que, en su ininterrumpida expansión, amenazaba ya las fronteras europeas, se añaden los enfrentamientos de carácter religioso que se derivaron de las nuevas ideas del Humanismo renacentista. Veamos ahora esta centuria desde una perspectiva ideológica.

1. La crisis ideológica del siglo XVI. La Reforma protestante

Triunfo de la Eucaristía sobre la Herejía. 1926.
Autor: Peter Paul Rubens
Las convicciones religiosas y valores culturales de Europa sufren hondas conmociones en el siglo XVI, con la Reforma protestante en el aspecto religioso y con el Humanismo, en el cultural. La inquietud religiosa es, por entonces, enorme, y brotan frecuentes herejías, de orientación protestante o no. La Inquisición las persiguió (así como cualquier rastro de judaísmo o islamismo). En esta ocasión nos ocuparemos del aspecto religioso.

  • La Reforma rompe la unidad cristiana de la Edad Media, apartando de la Iglesia católica a países como Alemania, Inglaterra, Suiza y Países Bajos. España defiende el Papado en el terreno político, e induce la convocatoria del Concilio de Trento (entre 1545 y 1563) para afirmar la doctrina católica.

  • El protestantismo, sobre todo en su versión calvinista, estableció que el hombre no podía influir con sus actos en las decisiones del Creador omnisciente: estaba predestinado a condenarse o a salvarse desde su nacimiento. Por ello, el cristiano, sin descuidar el comportamiento moral y las exigencias de su fe, podía ocuparse de los asuntos mundanos (la ciencia, el comercio, el desarrollo de todas las posibilidades humanas) como si éste no fuera un lugar de paso.

  • Simultáneamente, el catolicismo emprende su propia reformación (Contrarreforma) en los países que siguieron fieles a Roma. Se busca una espiritualidad nueva que lo devuelva a la pureza evangélica y lo defienda de la herejía. A esto obedece la fundación de la Compañía de Jesús por Ignacio de Loyola, y la reformación de los carmelitas por Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.

  • En el Concilio de Trento, nuestros teólogos combatieron la doctrina protestante y reafirmaron la doctrina católica tradicional según la cual el hombre es responsable, con su conducta mientras vive, de su salvación o de su condena.

2. La religiosidad en España

El sentimiento religioso, siempre intenso en España, se avivó en el siglo XVI, como reacción contra el protestantismo, y trajo consigo la gran influencia social del clero, contribuyendo a ello su gran cultura y sus buenas costumbres, que mejoraron considerablemente después del Concilio de Trento.

Como teólogos, juristas, literatos, historiadores, catedráticos, etc., los eclesiásticos constituían la aristocracia intelectual de la época. Aumentó considerablemente el número de religiosos; esto, junto con el constante aumento de propiedades de la Iglesia, llegó a constituir un serio motivo de preocupación, como se observa en los escritos de políticos y economistas de la época.

En cuanto a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, los Austrias españoles defendieron las regalías de la Corona, apoyados por teólogos y juristas, manteniendo el Regium exequatur (o ‘pase regio’), por el no podía circular ninguna disposición apostólica sin ser revisada por el Consejo Real, y el patronato real, por el que los Pontífices accedían a que los reyes propusieran las personas que debían desempeñar los cargos eclesiásticos.

3. España y la Contrarreforma. La Compañía de Jesús

San Ignacio de Loyola.
Fundador de la Compañía de Jesús. (1491-1556)
Los Austrias españoles, profundamente católicos, igual que todo el pueblo español de la época, convirtieron en empresa propia la colosal labor de impedir los progresos del protestantismo. Gracias al celo de España y de Carlos I, se reunió el Concilio de Trento, en 1545, el mayor esfuerzo hecho contra la Reforma, en el que se distinguieron especialmente los teólogos y prelados españoles, habiéndose dicho, con razón, que fue más español que ecuménico.

Además del Concilio de Trento, que fijó el dogma y la disciplina eclesiástica, otro instrumento fundamental de la Contrarreforma debido a España fue la Compañía de Jesús, la más importante de las nuevas órdenes creadas en el siglo XVI, fundada en 1540 por el guipuzcoano San Ignacio de Loyola (1591-1556), uno de cuyos principios es la completa sumisión a la Santa Sede. La Compañía se proponía, además, fines prácticos, como la dirección de almas, la predicación, la asistencia a los enfermos y obras de misericordia. La nueva orden se difundió con extraordinaria rapidez, contribuyó eficazmente a impedir el progreso del protestantismo y su influencia en el mundo fue muy grande.

4. El protestantismo en España

Monumento a Miguel Servet
A fin de evitar la influencia de la Reforma en España, la Inquisición aumentó su poder y sus atribuciones, y persiguió con rigor el protestantismo.

A pesar de ello, se formaron algunos núcleos luteranos, especialmente en Valladolid y Sevilla, pero pronto fueron ahogados por la Inquisición.

Fuera de España vivieron algunos protestantes españoles famosos; entre ellos, los hermanos conquenses Alfonso y Juan de Valdés, insignes escritores; los filólogos Francisco de Encinas; Pedro Núñez de Vela, profesor en Lausana, y Antonio del Corro, profesor de la Universidad de Oxford; Casiodoro Reina, traductor de la Biblia en lengua vulgar; Cipriano de Valera, corrector de la Biblia de Reina; pero el más célebre protestante español fue el sabio médico y teólogo Miguel Servet, disidente del luteranismo y del calvinismo, que fue condenado a la hoguera y quemado vivo por la Inquisición calvinista de Ginebra.

5. El erasmismo en España

Retrato de Erasmo de Rotterdam
Realizado en 1529 por Hans Holbein
El ilustre humanista holandés Erasmo de Rotterdam gozó de gran popularidad en España, donde sus obras fueron divulgadas en ediciones originales y traducciones. Las doctrinas de Erasmo, si bien rozaban la herejía en muchos puntos, ejercieron gran influjo en la generación española coetánea.

  • Entre los numerosos erasmistas españoles figuran Luis Vives y Juan Valdés, que vivían en el extranjero, y muchos que residían en la propia España; entre ellos, Juan de Vergara, profesor de la Universidad de Alcalá, y su hermano Francisco; el arzobispo Fonseca y el inquisidor general Fonseca; los doctores Núñez Coronel y Miguel Gómez, y muchos más.

  • Pero también surgieron en nuestro país encarnizados detractores del erasmismo, a cuya cabeza figuraba Diego López de Zúñiga, que acabaron por imponer su criterio en el Tribunal de la Inquisición, que acusó a los erasmistas de luteranos o iluminados, los cuales fueron perseguidos con rigor. Algunos pudieron huir al extranjero, pero otros, entre ellos Juan de Vergara, Bernardino Tovar y Diego Uceda, fueron procesados.

6. La Inquisición

La Inquisición (o Santo Oficio) que existía en la España de los Austrias era un tribunal eclesiástico encargado de descubrir, juzgar y castigar a los herejes. Los Reyes Católicos (con permiso del papa Sixto IV) lo implantaron en España especialmente contra los falsos conversos, primero en Castilla (1480), después en Aragón (1485) y más tarde se extendió a las colonias de América y Africa.

  • Al frente del Santo Oficio estaba el Gran Inquisidor, y a la jurisdicción inquisitorial estaban sometidos todos los herejes, en especial los cristianos nuevos, judíos y musulmanes conversos, y, tras la Reforma religiosa, los que fueron llamados protestantes.

  • Tanto la instrucción del proceso como el juicio eran secretos, ignorando el procesado los nombres de los acusadores y testigos, recayendo la ignominia de los condenados sobre sus descendientes, que perdían la capacidad civil y quedaban excluidos de los cargos públicos.

  • Los herejes eran castigados por considerárseles no sólo como disidentes religiosos, sino como enemigos de la seguridad del Estado. Las penas usuales eran la reconciliación pública o la privada; penitencias más o menos rigurosas; sujeción a la vigilancia de los tribunales; uso temporal o perpetuo de una túnica amarilla con cruz roja llamada sambenito; prisión temporal o perpetua; multa o indemnizaciones en dinero, y muerte en la hoguera (pena que con carácter civil ya existía en las leyes castellanas del siglo XIII). Toda pena corporal llevaba aneja la confiscación de bienes, que pasaban al erario real, y de ellos se pagaba a los funcionarios de la Inquisición.

  • La proclamación del fallo inquisitorial se hacía en los Autos de fe, que eran actos públicos celebrados en los días de gran solemnidad religiosa. Comenzaban con una larga procesión por las calles de la ciudad, en la que intervenían los jueces y funcionarios de la Inquisición, las Órdenes religiosas de la localidad y los reos vestidos con el sambenito (algo así como un capotillo que cubría al acusado hasta la cintura).

Después, en una plaza escogida a este efecto, donde se levantaba un tablado, se leían las sentencias, se verificaban las abjuraciones y reconciliaciones públicas (de donde proviene el nombre de acto o auto de fe) y se entregaban al poder civil los condenados a muerte, que eran conducidos a la hoguera; pena que a veces se aplicaba en el mismo lugar después de leída la sentencia.


José Antonio Molero es profesor de Lengua y Literatura españolas y su Didáctica en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga.

 

 

 
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