Sección: Arte y Cultura
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Gonzales Salas, "Alijador "de la Cultura
Edmundo FontDomingo, 22 de noviembre de 2009
Duele ver a un intelectual de su talla abandonado a la buena de dios, nunca mejor dicho. Don Carlos González Salas, además de ser un consumado hombre de letras tamaulipeco, es un presbítero de la iglesia católica. Su prestigio como historiador se ve empañado, paradójicamente, por habitar en la periferia; sufre múltiples penurias, precisamente, por haberse quedado a vivir en el terruño y dedicar sus empeños vitales a la investigación y a la docencia, sin el respaldo de una digna jubilación. Argumento más: aquellos que dan la espalda al agudo centralismo de un país como el nuestro, son presa fácil del olvido. Y no quito el dedo del renglón; lo he escrito otras veces en relación a don Carlos, que es justo decirlo, asume su realidad con humilde espíritu cristiano, sin queja alguna.

Cuando hablo de abandono, me refiero también al desinterés de las instituciones culturales de los tres órdenes de gobierno y de los centros académicos. No se trata de ejercer la caridad, sino de la sabia “explotación”, si se quisiera ver así, del talento capaz de seguir rindiendo frutos de un hombre de 86 años, quien hasta hace muy poco mantenía intacta su extraordinaria disciplina de trabajo y su deslumbrante lucidez. El también poeta y narrador González Salas vive ahora aquejado por dolencias mal cuidadas, atado a su cama, sin recursos para rehabilitarse y con enormes deficiencias de visión. Solo cuenta con una persona entregada a sus cuidados domésticos, fungiendo a la vez como enfermera, pero sin asistencia mayor para organizar su trabajo, recibir dictado o mantenerle al día con la lectura.

En la provincia no suelen deslumbrar las luces del pensamiento. En el interior de muchos países donde se lee poco y mal, el prestigio personal se mide por las alturas a las que se puede trepar en la escala social. Importan más las habilidades del comercio o de la especulación financiera que cualquier disciplina creativa. La sabiduría humanística no se aplica a negocios redituables. Un poeta pobre es un pobre poeta, un bohemio deleznable para muchos. No se premia la sensibilidad, ni la profundidad, sino la ligereza y hasta la mediocridad. Coincido con un apreciable compañero de estas páginas de periódico. Nos hemos vuelto “Light”. Novelas, cuentos y ensayos se venden a públicos sin el mínimo rigor, ni exigencia. Los libros se han vuelto un producto de consumo más, de aventuras baratas mal escritas, intrascendentes, o lo que es peor, prevalece en el ánimo de la gente un género de la mercadotecnia editorial denominado “auto ayuda”. No se procura estilo ni belleza, ambas características de la literatura de hondo calado; el incauto busca solaz en el chisme de alcoba de los denominados “famosos”. Vivimos en el reino del “negro”, del redactor que presta su ejercicio de sintaxis y vocabulario limitado a figuras que alimentan egos y vanidades, además de su bolsillo, con historias inanes, iluminadas por los reflectores de famas pasajeras. Triste panorama donde un hombre de entrega intelectual no tendrá nunca cabida.

No tengo nada en contra de las figuras populares. Lo digo porque de niño admiré la especificidad física de nuestro gigante local. “Pepito, El terrestre” medía dos metros y treinta centímetros y su corpulencia fue única y notable. Se dedicaba a descargar barcos con su fuerza descomunal. Siempre me recordó al personaje de un bello poema del anarquista Joao Salvat Papasseit, titulado “Cargar madera en los muelles”. De allí que me haya gustado mucho verlo sentado, reproducido en bronce, de tamaño natural, en una banca de la Plaza de Armas de Tampico, el zócalo, pues. Solo que homenajes de ese tipo magnifican otros olvidos. A la par de nuestro coloso debían quedar inmortalizados también personajes entrañables de nuestra íntima marcha cultural, como la pareja de brillantes médicos valencianos que fueron los Ridaura, exilados españoles que tanto hicieron por la medicina y por la literatura, regenteando una librería con acervo inusitado para nuestro puerto. O también un personaje que abrió brechas a la comprensión de fenómenos estéticos y filosóficos entre nosotros, el autor del mural en mosaico veneciano de la catedral de Tampico, el hombre tan generoso que fue don Pepe Ruiz Díez, con todo y su legendario desaliño a cuestas. Su gran error fue convertir en café (Y hacer quebrar) la cantina más famosa del puerto jaibo, donde Humprey Bogart se bebió rones incontables con John Houston, durante la filmación de las primera escenas de “El Tesoro De Sierra Madre, 1947” de Traven, en la plaza de “La Libertad” (se non é vero, é ben trovato, como dicen los italianos). Y todo esto, para rematar con el bello homenaje en vida que representaría sentar, en bronce, a don Carlos González Salas, a lado del “Pepito”, ambos “alijadores”, el primero de una cultura primordial, la de la memoria de nuestras cosas más preciadas, las que hemos ido perdiendo…
POST SCRIPTUM: ya entrado en gastos, se me ocurre pensar en un museo imaginario de figuras de bronce que reprodujera instantes de la presencia en el puerto de Tampico de personajes históricos connotados. Habría que imaginar a Trotski, desembarcando del barco que lo trajo exilado a México; a Cesar Augusto Sandino, ahorrando pesos para financiar su revolución nicaragüense; a Rafael Alberti, asomado al camarote del navío del cual no se le permitió bajarse, por insidias de la “colonia” gachupina franquista (lo que provocó un soneto de infausta memoria contra la ciudad), y al propio Humprey Bogart, lustrándose los zapatos en la Plaza de la Libertad, para no hablar de un exultante Santa Ana y de un resignado Barradas firmando la capitulación definitiva…







