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Venezuela durante la Guerra de Independencia
El Paraiso en Llamas:“De la Gloria los orbes están llenos”
Eduardo Casanova

Lunes, 29 de junio de 2009

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

Simón Bolívar, como todo caudillo, era ambicioso, pero es muy difícil que, aun en sus momentos de ensoñación más arrebatados, haya podido imaginar que su gloria se haría eterna y verdaderamente grande en Angostura, junto a aquel río maravilloso que, aunque en ese sitio se hace estrecho, en otros parece un mar. Un mar regado de hermosos pájaros, un mar que refleja los cielos y es el Cielo mismo. El Paraíso del Dante, a donde el Dante entra después de invocar a Apolo y pedirle inspiración, una inspiración que en realidad no era nada necesaria, como tampoco lo era para el caraqueño Simón Bolívar.

Porque luego de haber estado en el Infierno y en el Purgatorio, el caraqueño Simón Bolívar llegó por fin al Empíreo, guiado por la luz de unos ojos, no los de Beatrice Portinari, sino los del sueño que en una madrugada de julio de 1812 le había arrebatado por las malas a Francisco de Miranda, el de la América humana, libre y unida, poderosa y próspera. De lo que no pudo darse cuenta es de que estaba en el Cielo, y de allí en adelante, para volver a la tierra, todo sería descenso.

Ese año de 1818 fue, pues, el Cielo. Bolívar era el claro vencedor. En 1812 apartó del camino a Miranda, pero no mucho después, en 1814, estuvo a punto de ser apartado del camino por su tío político, José Félix Ribas, cuando el sobrino debió escapar, y lo hizo a duras penas, por Carúpano. Por suerte para él, casi inmediatamente el tío fue decapitado y ya no podría apartar del camino a nadie. Luego le tocó a Bolívar defenderse como fiera acorralada de muchos que sentían la tentación de algo que ha hecho daños inmensos a lo largo de toda la historia: el “¿por qué él y no yo?”. Es una pregunta que se hizo muchas veces Mariño, y que también se la hizo Piar, y que se la haría Páez, que sería finalmente el encargado de apartar a Bolívar, en enero de 1830. Pero en 1818 se había sometido al Libertador, que el 12 de febrero estuvo a punto de ganar la guerra cuando cayó por sorpresa, en Calabozo, sobre el cuartel general de Pablo Morillo, que andaba de viaje por la zona de los valles de Aragua y debió regresar a marchas forzadas a enfrentar la amenaza que para su ejército representaba aquella presencia inesperada de Bolívar en los lados de Apure. Y, a no ser por la terquedad de Páez, el Libertador habría destruido a Morillo, que pudo escapar, herido, hacia El Sombrero y refugiarse en Villa de Cura.

Perdida aquella oportunidad de oro, un par de derrotas le quitaron a Bolívar la iniciativa y las cosas volvieron a su nivel normal. Un hecho curioso se produjo en Ortiz, en el que los dos bandos se sintieron derrotados y dejaron el campo a la vez, los patriotas hacia un hato y los realistas hacia Villa de Cura. Luego fue el atentado contra la vida de Bolívar en un sitio con nombre de tasca: el Rincón de los Toros, el 16 de abril de 1818. Allí Bolívar se salvó porque había ido a hacer pupú, como cualquier mortal, a un riachuelo; por lo menos eso es lo que dice José Domingo Díaz, y luce muy posible. Bolívar era un ser humano, y “Sea Obispo o sea Papa, del cagar nadie se escapa”. Lo cierto es que uno de los venezolanos que aún servía en el campo realista, Rafael López, y que por evitar un encuentro con Páez se había desviado de su camino, se encontró con un regalo de los dioses: un par de desertores le dieron el “santo y seña” del día de las tropas que acompañaban a Bolívar. López ordenó a otro criollo realista con nombre de personaje de novela romántica, Tomás de Renovales, que capturara a Bolívar, pero el personaje con nombre de novela decidió, por su cuenta, que mejor que capturarlo era apartarlo del camino para siempre. Renovales y otros siete, luego de esperar que la noche se hiciera de ébano, llegaron a donde dormía Bolívar y dispararon a quemarropa a las hamacas. Allí murió, entre otros, Fernando Galindo, el mantuano que había servido de abogado defensor, nada eficiente, por cierto, de Piar. Bolívar se salvó porque, de nuevo, no estaba en su hamaca, según Lecuna, siempre fiel al Libertador, debido a que alcanzó a escuchar los pasos de los asesinos y rápidamente tomó las de Villadiego, y según Díaz porque estaba haciendo del cuerpo en un riachuelo. Haya sido lo que haya sido, inmediatamente después de los disparos y probablemente aliviado del vientre, don Simón logró montar su caballo, pero también el caballo fue abatido, y el atribulado Simón se quedó perdido en la más profunda oscuridad. Al amanecer, oyó otros disparos y se acercó al lugar donde se producían, sólo para escapar del sitio con otros derrotados y llegar a duras penas a Calabozo gracias a que uno de sus hombres, Leonardo Infante le facilitó el caballo de Rafael López, que por cierto tenía arneses de plata.

Poco después, Páez iniciaría esa carrera a la que me he referido, cuando se hizo proclamar “capitán general” en combinación con un inglés de apellido Wilson, a quien Bolívar no quiso fusilar para que no hubiera otro caso Piar en el ambiente.

El 22 de octubre de 1818 se aprobó la convocatoria a elecciones para un nuevo Congreso, y en enero de 1819 Bolívar volvió a entrevistarse con Páez para asegurar su cooperación. Fue en esos días cuando en llanero mandó a que se ataran cueros secos en los rabos de varios caballos para que cabalgaran hacia el enemigo, hacia las fuerzas de Morillo, que se dispersaron ante la “carga” que se les venía encima. Allí fue donde y cuando nació la palabra “rastacueros”.

Después, Bolívar alternó sus tareas políticas con los ratos de placer que obtenía de la piel de Pepita Machado en el “morichal” de San Isidro, y preparó su famoso Discurso de Angostura, fuente inagotable de frases ingeniosas y profundas que demuestran la inteligencia del Libertador. Lo pronunció en febrero de 1819, y poco después se reunió de nuevo con Páez en Caujaral del Cunaviche. Ocurrió entonces, el 2 de abril de 1819, la famosa Batalla de las Queseras del Medio, o “Vuelvan Caras”, que según muchos mal pensados no fue “vuelvan caras”, sino “vuelvan, carajo”, lo cual no pasa de ser un divertido infundio, pues “volver caras” es una expresión militar que entonces ya se usaba para una determinada maniobra de caballería que consiste en dar inesperadamente un giro de 180 grados, que fue lo que hicieron los llaneros de Páez en esa ocasión, y varias veces para sembrar el desconcierto y el desorden entre los disciplinados realistas, que maldijeron su suerte y quedaron derrotados en el campo.

El 23 de mayo se produjo una reunión en pleno Llano, en una choza en ruinas, sentados todos sobre calaveras de ganado, en un sitio llamado Setenta, a orillas del río Apure. Y allí Bolívar dispuso lo necesario para hacer una Campaña Admirable, no rumbo a Caracas, sino rumbo a Santa Fe de Bogotá. En pleno tiempo de lluvias, cuando nadie creía que era posible, Bolívar escaló los Andes y derrotó a los españoles, que debieron huir como si hubieran visto el diablo. Entre las primeras acciones de esa campaña estuvo aquella en la que el Libertador capturó a Francisco Fernández Vinoni, el que lo había traicionado en Puerto Cabello, y lo ejecutó sin fórmula de juicio.

En su ausencia el Congreso también había querido alzársele, pero su presencia bastó para que las lanzas se rindieran. Los orientales creaban todo tipo de dificultades. Alzuru, de Margarita, y Urbaneja, de Barcelona, se enfrentaban a Urdaneta y Montilla, firmes partidarios de Bolívar. Y Alzuru, de Margarita, Urbaneja, de Barcelona, Urdaneta y Montilla, se enfrentaban todos a Uribe y a Zea. Más de uno de los orientales hizo un verdadero esfuerzo por desconocer la autoridad de Bolívar, de cuyas andanzas se tenían pocas noticias. Pusieron de jefe a Arismendi, que no quería a Bolívar, y Arismendi subió de nivel a Mariño en contra de Bermúdez, que se había transado con Bolívar. Y quién sabe qué habría pasado si Bolívar no hubiera llegado cargado de trofeos y alegría.

Llegaba en verdad al Cielo. A su Cielo, aun sin saberlo.

El 11 de diciembre, triunfante, regresó a Angostura y anunció el nacimiento de Colombia, que en realidad se produjo el 17 de diciembre, once años exactos antes de su muerte, de esa terca y laboriosa muerte que ya empezaba a perseguirlo: José Antonio Anzoátegui, el joven oriental que el Libertador había seleccionado como su posible sucesor, falleció de muerte natural, pero de repente, en Pamplona, el 15 de noviembre de 1819. Poco después Bolívar le encontraría sustituto en otro oriental que ha pasado a la historia como un verdadero santo.

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