Sección: Arte y Cultura
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
Venezuela después de la Independencia
El Paraíso Desperdiciado: Obertura
Eduardo CasanovaDomingo, 20 de septiembre de 2009
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
Desde que en 1813 apareció en los Llanos venezolanos la espantosa figura de José Tomás Boves, caudillo tropical, astuto, cruel, amoral, deshonesto y capaz de todas las maldades imaginables, en mayor o menor grado casi todos los hombres que han dominado el país han seguido, quizás sin darse cuenta, su modelo. La honestidad no ha sido una conducta a seguir, ni la caballerosidad ni la búsqueda del bien. Esa es una de las causas de que nunca se haya podido alcanzar la felicidad después de la Independencia. Es una de las causas, pero no es la única. No hay que olvidar que se trata de una república inventada por las armas, y no por el pensamiento.
El Paraíso Desperdiciado se propone recorrer el lapso de algo menos de dos siglos, desde que nació la actual Venezuela, en 1830, hasta el presente, en busca de claves que demuestren cómo la ambición personal de los protagonistas de la historia, casi todos armados, ha dañado en forma casi irreparable al país. Así se verá que, salvo unos pocos hombres de bien, Venezuela ha estado siempre en poder de los ambiciosos, los caudillos tropicales, que no tienen interés sino en ellos mismos, sus placeres y su poder. Más que ensayo histórico es un intento por responder una pregunta que todo venezolano –todo americano– tiene derecho a hacerse: ¿Qué pasó? ¿Por qué, lejos de conseguir la felicidad, los pueblos de la antigua América española, y en especial el venezolano, parecen haber caído en la peor de las desgracias luego de hacerse independientes y conquistar, al menos en apariencia, la libertad?
Ciertamente, lo que soñó el padre de la Independencia, Francisco de Miranda no es lo que existe hoy. Miranda creyó que la antigua América española se convertiría en un territorio de gentes felices. La Independencia de Venezuela la logró Bolívar con las armas y a partir de las ideas de Miranda, pero, lejos de conseguir la gratitud de su pueblo, fue apartado del camino por Páez y allí se estableció el patrón que desde entonces se ha seguido. Caudillo mata caudillo: Páez quita a Bolívar, Zamora, aunque muere en el intento, quita a Páez y pone a Falcón. Los Monagas quitan a Falcón. Guzmán a los Monagas, Crespo a Guzmán, Castro a Crespo, Gómez a Castro; es un juego de juegos. Y ello no ocurrió solamente en Venezuela, que fue la tierra más sufrida de la Independencia: casi toda nuestra América ha estado casi todo el tiempo en poder de los caudillos astutos, deshonestos, ambiciosos, desalmados, crueles e inescrupulosos. Algunos de esos caudillos han sido descaradamente tiranos, como Rosas, como Francia, Trujillo, Somoza, Pinochet, otros han sido dictadores “ilustrados” o “profesionales de carrera” como Guzmán Blanco, como Pérez Jiménez, Odría, Rojas Pinilla, y otros simples demagogos con tendencias autoritarias y la misma astucia y la misma deshonestidad de todos, como Perón, Velasco Alvarado, Fujimori, Fidel Castro y Hugo Chávez. En Venezuela, sólo en la democracia que nació en 1958 ese patrón ha variado, pues la sustitución se hace mediante votos, y el intento de volver al pasado que se inició en 1999 debería fracasar. Dictadura o democracia, nuestra América en general no ha sido tierra de políticos o estadistas, sino de “héroes” o villanos armados y siempre personalistas, ávidos de ser el número uno y siempre dispuestos a aplastar a los que se les aproximan con brillo propio. Y esa ha sido la mayor desgracia de nuestros pueblos: Caudillos dictatoriales o democráticos han actuado por ambición, por sed de gloria, de poder y de riqueza, y no por vocación de servicio ni por alentar el progreso y la felicidad de los pueblos. Y el resultado está a la vista. De José Antonio Páez a Hugo Chávez, en Venezuela la realidad ha sido terrible. Salvo tres o cuatro presidentes que han demostrado vocación de servicio y han contribuido al progreso del país, sólo ha habido ambiciosos, caudillos hasta crueles que han dañado a sus pueblos y a sus propios seguidores. Con la excepción de la transición de la dictadura gomecista a la democracia (1936-1948) y del período democrático (1958-1998), el país ha estado casi siempre en tinieblas. En 1998 hubo un terrible retroceso cuando subió al poder un caudillo demagógico, que aprovechó la decadencia de los principales partidos de la democracia para engañar a las masas y subirse al carro de las riquezas fáciles, el poder por el poder y la corrupción. No es difícil darse cuenta de que muchos de los elementos de aquel terrible José Tomás Boves de 1813 están presentes en Hugo Chávez entre 1998 y 2008.
Es importante no perder de vista lo planteado por Carlos Irazábal (Venezuela esclava y feudal, Reedición de El Ateneo de Caracas, Caracas, 1980, p. 21) en cuanto a que la Independencia sólo cambió la estructura política del país, pero no la económica, que permaneció casi idéntica hasta el advenimiento del petróleo en las décadas de 1920 y 1930. Posteriormente, con la democracia (1958-1999) se hizo un gran esfuerzo por avanzar en ese terreno, esfuerzo que se perdería con la falsa revolución impulsada por el gobierno militarista que se ha impuesto en el siglo XXI, que representa en realidad un grave retroceso en todos los terrenos de la vida venezolana.
Durante el período democrático Venezuela descuidó su memoria, pero desde que llegó al poder ese émulo de Boves que dice actuar en nombre de Bolívar, se ha querido deformarla y anularla aún más. Con este recorrido por casi dos siglos, trato de aportar mi mejor esfuerzo para contrarrestar todos esos años de descuido, o peor aún, de mala intención, que ha sufrido la educación en nuestro país. Aspiro a que muchos jóvenes, al leer lo que hoy presento, entiendan que el país, en manos de caudillos y de “líderes” carismáticos y ambiciosos, no tiene porvenir. Venezuela, y toda nuestra América, necesitan alejarse de esos personajes que engañan, y entregar la administración de su política a personas serias, honestas y decididas a servir a los pueblos, no a servirse de los pueblos. Sólo así podrán convertirse en realidad los sueños de Francisco de Miranda, esos que Bolívar hizo suyos y trató de que Sucre los realizara. Sólo así podremos tener en nuestras tierras pueblos felices.
Esa es mi intención al escribir El Paraíso Desperdiciado, que no es la obra de un historiador, sino de un simple escritor que quiere ser útil y contribuir con el porvenir de su gente.







